Dulce fragancia
¿Alguna vez han escuchado el ruidito cuando el ácido quema algo? Sí, seguro que
sí lo han escuchado, es algo así como un ¡Pssssss! Un sonidito alargadito que
termina encorajinándome cuando deja de escucharse.
Salí de Mercantil Cárdenas con mi gotero en mano luego de haber recorrido todo
el mercado sin éxito. Me urgía llegar a casa porque la ansiedad me estaba
trastornando. Mamá Licha se había portado mal y yo, tan resentida, no se lo podía
permitir… y es que, quien tiene gente mayor en casa me han de entender. Son
personitas molestosas, no cooperan, colaboran o animan en nada. Ociosos hasta
decir ya no y eso sí, nomás dame esto, dame lo otro, quiero esto quiero aquello.
Entré en casa y ahí estaba, tirada junto a la estufa y mirando las vigas podridas
del techo. Odio mi casa porque se llueve toda. Es una casa vieja, creo que la más
mal cuidada de toda la colonia Nuevo León. Mamá engordó tanto hasta ser mucho
más que una puerca. Toda la calle Tacuba la conocen como la reina de las cerdas.
No es algo que yo diga, es algo que he escuchado en dimes y diretes. Mamá es la
reina de las cochinas y se volvió así desde que la despidieron de la escuela Ley
del Trabajo. Qué más da, tanto la escuela como ella ya están en ruinas.
Me gusta que mamá respingue cuando me escucha entrar. Sabe que su
escarmiento no debe faltar y que de no hacerlo me volvería loca. Aunque debo
confesar que antes de calmar mi ansiedad en la piel de mamá, lo hacía con los
gatos que atraía a casa, pero el pelambre de esos animales aparte de ser
apestoso al fuego, es muy estorboso. En la otra calle que se llama Avenida
Sabinas vive doña Otila. Su patio trasero y el nuestro colindan. Seguido viene a
reclamarme los malos olores que despiden los pañales sin lavar que lanzo así
nomás allá. Ella no sabe que yo sé de su pasado. Mamá y ella eran tan amigas
que compartían novio, cama y hasta ropa interior. Me habla muy golpeado, pero
nomás no sabe que a mí las palabras fuertes y los golpes son de dominio. Doña
Otila tiene una piel tan blanca que empieza a darme ansiedad. Es un ansia de
tocarla y ver si el pssssss es tan igual como el de mamá.
Hoy todo me salió mal. Le tuve que meter la fibra de alambre que uso para lavar
los trastos en la boca porque empezó a decirme que Dios me castigaría por
tratarla, según ella, peor que a un perro. Se me puso violenta. Le amarré las
muñecas y me le monté. Con mis rodillas ajustándole la cara le robé la movilidad.
Sus ojos enormes demostraban miedo, ese pánico sabrosón que tienen los que
saben que van a morir pero no saben cuándo y mucho menos cómo. En su caso ni
yo sabía cuándo se me iba a pegar la gana matarla. Y es que al hacerlo ya no
existiría la oportunidad de escuchar ese psssss tan adictivo.
Mi índice y pulgar le abrieron los párpados de su ojo izquierdo, acerqué lo más
que pude la punta del gotero y luego de un ligero apretón vi salir una hermosa ycristalina gota de ácido caer sobre la suave y ondulada córnea… ¡Dios! Ese
psssss fue tan distinto al que estaba acostumbrada a escuchar cuando la ponía de
bruces al suelo y su espalda me daba esas oportunidades. No sé, el intenso olor
del ácido y el aroma a quemado de ese cristal ocular fueron una delicia. Soporté
su enérgica fuerza intentando escapar, pero mamá ya es un costal de huesos.
Quise calmarle el dolor, porque hasta eso no soy tan mala con ella. Sin embargo al
vaciarle un chorrito de alcohol en la cuenca escupió la asquerosa placa dental.
-Ya no estarás sola, mamá. Te he conseguido compañía, lástima que ya no miras,
es doña Otila. Pero ni te apures de que puedan platicar porque ahora su lengua
está en la sartén para ser comida.
La piel de la señora Otila es mas clara que la tuya, mamá. Seguro ha de ser
porque como era rica nunca se asoleaba. El psssss sobre su piel es más exquisito
que el tuyo, pero volvemos a lo mismo, el tuyo es más ruidoso porque es más
corriente. El de ella es más fino, pero al final de todo el olor a piel horneada de una
o de otra es igual de penetrante y delicioso… ¿Te acuerdas cuando quemabas las
colillas de tus cigarros en el cuello de mi perrita Lalis? Decías que eso la haría
más agria, agresiva, peleonera y estar siempre a la defensiva. Eso nos daría
protección. Ahora que hago lo mismo contigo veo que no resulta porque tú no te
has vuelto agria, ni agresiva ni peleonera. Tampoco estás a la defensiva. Bueno,
tus ojos se ponen enormes cuando me ves llegar, pero en sí el que te queme no te
hace protectora de esta casa. Seguiré probando con la señora Otila, ella no es
nada escandalosa.
Cuando mi Lalis se murió te encaré, ¿Lo recuerdas, mamá? Te eché en cara tus
falsas promesas de que crecería robusta como toda una heroína canina. A cambio
recibí de tus bofetadas. Después descubrí que te gustaba escuchar ese psssss
quemando pelambre y piel.
“-No llores, Lalis, dice mami que es por tu bien. Tendré qué sujetarte ¿Lo
soportarás, cierto?… ¡No, no aúlles!… ¡Mamá, date prisa!”
Pero no te dabas prisa, mami. Te quedabas ahí inhalando ese olor a cuero
quemado mientras que ella, mi Lalis, aullaba desesperada… ¿Qué era yo sin
saberlo? Cómplice, estúpida, crédula de todo cuanto me decías… pero pasado el
tiempo y los años, presa de ti al cuidarte y darte hasta lo más mínimo, descubrí
que era tan parecida a ti. Descubrí que extrañaba esa exquisita pestilencia de piel
quemada y al aplicarlo en ti se convirtió en mi más dulce droga. Ahora en tu
arrugado cuerpo no hay espacio. Otila ha entrado al quite aunque sus hijos que ya
la buscan ni se imaginan que esté aquí.
Ahora que vivo sola amo mis juegos de mesa. Afortunadamente La espalda de
Otila era tan amplia que pude rescatarla. Luego de la cena extiendo mi Otila sobre
la mesa, paso mi mano sobre el cuero endurecido y enseguida saco mis
cigarrillos. No fumo, pero me gusta consumirlos ahí. Mamá ya no vive, pero me
gusta recordarla fumando, elegante toda ella. Aunque luego odie su recuerdo.
Ayer tuve que desenterrar a mamá de debajo de la estufa. Olvidé quitarle los
anillos y ahora que casi se me acaba el dinero los necesito.
Cosa curiosa. Me dio nostalgia verla con las cuencas cargadas de carne podrida,
pero igual me nació besarle la frente.
-Qué te cuento, mamá. Casi me acabo la piel de Otila, por cierto, su cuerpo lo
puse en el baúl donde tenías las fotos de mis abuelos. Pero te cuento que Dorita,
a la que le comprabas Avon, empezó a venir a casa. Tiene pechos muy grandes y
un vientre abultado. Se me antoja… ¿Será buena idea? ¡No, mamá, no me digas
que no! ¿Por qué no? Me volveré loca si no escucho ese pssss quemando la piel,
ese aroma necesario… ¡Eres egoísta, mamá, muy egoísta! No volveré a sacarte
de aquí jamás, no tendrás más besos de mí en adelante… ¡Egoísta, egoísta!
¿Recuerdas cuando me pediste atara un cordel a la pata de Lalis y llevarla
arrastrando hasta el monte de girasoles? Hice lo mismo contigo, no sé si se te
concedió verlo, pero me regresé cuando los perros de Lucio comenzaron a
olfatearte y a venírseme encima. Agradece que descansas en casa… pero está
bien, haré con Dorita lo que se me venga en gana y al final, cuando sus ojos se
cierren, la echaré aquí contigo.
Dorita se puso de acuerdo de algún modo con las ratas. Una de ellas me mordió
cuando bajé al pozo a sacar el cráneo de mamá para pedirle perdón por lo último
que le había dicho.
Estoy infectada de algo pues mi cuerpo se está pudriendo. Huelo feo y tengo días
sin comer. Mi casa está llena de cucarachas y mosquitos. Los vecinos empiezan a
asomarse, a curiosear. No paso de esta tarde, eso es seguro. Si tan sólo pudiera
escuchar por última vez ese psssss quemando la piel, si tan sólo tuviera eso.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor





