-¿De dónde sacaste este retazo de piel, Tony?
-¿Qué pregunta es esa, Rosana? De donde siempre, de los liachos que nos avientan los Tigrillos… ¿Estás bien, Ana? ¡Pero si estás sudando!
Volví dentro sentándome a la silla de mi máquina de coser, tomé el volante y subí el pie prensatelas. Saqué el retazo de piel y corrí a sentarme en el marco de la enorme ventana de marco viejo y cortinas ondulantes. Abrazada al recorte me eché a llorar sin desear encontrar consuelo. Podía olfatear el aroma de Juve en él y venírseme encima el resquemor al ver ese mal dibujo en tinta azul hecho en el pueblo de Tixtla. No había falla, era de él y esa estrellita de cinco puntas .
“-¿Qué es este dibujo, Juve?
-¿Cómo que qué es? Eres tú, Rosana, tú, mi estrellita, mi primer amor.
-Déjate de cosas. Sabes que mi trabajo no me da tiempo para quereres, ya luego veremos.
-¡Ira ve! No todo el que chifla es arriero, Anita. Dicen que esos de la hacienda en la que trabaja son muy amigos de los Tigrillos. No son de fiar, y lo sabe, ¡Vámonos para Chilpancingo! Allá tío Chabelino siembra mamey, nanche y ciruela. Prometo hacerte feliz, ya ves, hasta hice esta estrellita por ti.
-El amor que te tengo es mucho, Juvenal, pero hágase entender que aquí tengo a mamá y despegarme de ella no puedo.
-Nos la llevamos a Chilpa con nosotros… Rosana, ¿Usted sabe que la quiero harto, verdad?”
Juve se perdió en la arboleda de Chichihualco, o al menos eso creíamos. Luego de tres días sin saber de él, una veintena de personas nos hicimos a la tarea de ir a buscarlo por los caminos de Tlalchinihuizco, las canoas y el Artesanal. Juve era parte de las danzas de los Tlacololeros e iba de un pueblo a otro muy seguido. Tras dos semanas de búsqueda aceptamos el hecho de que alguna bestia lo había devorado o que simplemente se había ido a otra parte sin avisarle a nadie.
Un día cualquiera los Tigrillos invadieron como hormigas el pueblo y comenzaron los desmanes.
Cuando llegaron a casa, mamá les dijo:
-Llévensela, a ver si les sirve de algo.
Y yo, tan chica, me convertí en mujer de delincuentes. De un día para otro pasé de ser una jovencita que aprendía las artes textiles y de costura en la Casa de la Cultura, a hacer fundas para navajas, cuchillos o lentes. Horas y horas lavando trozos de pestilentes cueros que me llegaban enrollados y que pasaban a convertirse en artículos de uso diario.
En las calles ofrecía los productos bajo amenaza de que si volvía con las manos vacías me hacía acreedora a tremendas y memorables tundas.
Agobiada por el abuso un día me metí a la iglesia de Zumpango. Nunca había derramado mi alma en una plegaria como en esa ocasión.
“Ayúdame, Señor de las Misericordias, sálvame de los malvados y…”
Y una mano en el hombro detuvo mi plegaria.
-Hija, el Altísimo te bendice.
-Gracias, Padre… estoy desesperada y…
-Acompáñame.
Y estando en la sacristía sacó una Biblia de un cajón, le quitó la funda maltratada y me la entregó.
-Sé que trabajas la piel con maestría, hija. Hazme cuarenta de estas. Cada una llevará un nombre. Pronto iré a Roma y deseo entregarle un detalle a mis colegas en el Vaticano.
Supe entonces que los malvados habían secuestrado también a mi Señor de las Misericordias y que seguro hasta él, en su secuestro, la necesitaba.
-¡Tony, llévame a donde te dieron este trozo de piel, por favor!
-¡Eres mi mejor amiga, Ana, pero no puedo hacer eso! ¡Podría costarme la vida!
-Te guardaré el secreto, Tony, te lo juro… es más, te doy el beso que siempre me has pedido.
-¿De verdad?
-¡Sí, todo lo que quieras!
-¿Segura?
Y tras abrir la puerta del viejo aserradero tuve ante mí una veintena de cuerpos desmembrados y ahí, sobre una mesa, el cuerpo sin espalda de Juvenal Abunde.
Corrí hacia él y así, batido en sangre lo abracé llorando. A la puerta, Tony me miraba sin saber sobre mi desconocimiento de que aquello era algo tan normal para él.
-¿Lo conocías, Rosana?
Y no supe más.
Cuando desperté me ardía la entrepierna y Tony, echado sobre la mesa, dormía sin miedo a nada. Advertí que había echado el cuerpo de Juve encima de todos los demás como una basura.
Palpándome la popusa supe que Tony se había cobrado el favor con creces. Adolorida caminé trastabillando hasta llegar al taller. Mirando las montañas y abrazada al recorte me eché a llorar. Podía olfatear el aroma de Juve en él y venírseme encima el resquemor al ver ese mal dibujo en tinta azul. Ingenua confeccionaba artículos con piel de personas desaparecidas del pueblo y lugares aledaños.
Siempre fui una romántica. Amaba a los animales y saberlos sacrificados para convertirlos en lámparas, fundas o ropa, me ponía mal. Por eso, cada que metía un pedazo de piel pajo el pie de costura le daba un suave beso y lo bendecía muy a mi modo para que el resultado fuera bueno y los malos no me maltrataran… qué cosas, sin saber tal vez habia besado la piel de don Tino, el vendedor de leche del que no se había vuelto a saber más. Tal vez de Doris, Carmelo, Chichí Alcorta o Jaime Taraní. Pude haber besado y confeccionado cualquier cosa con la piel de mis pueblos, pero ver el deslucido tatuaje de Juvenal, ese al que me le hacía del rogar para no parecer facilota como muchas del pueblo, eso sí me pegó duro.
Cuando entraron los Tigrillos dos días después, nomás encontraron a Tony sin coyules y a mí, sentada en el enorme marco de la ventana viendo el infinito, empapada en sangre, pero acompañada de un Juvenal con su piel cosida rudimentariamente dónde nunca debió haber sido quitada.
Tres o cuatro lengüetazos de perros callejeros me hicieron reaccionar luego de haber estado tirada, quien sabes qué tanto tiempo, en las afueras de Tixtla. Llevaba conmigo un tiro mal aplicado en un costado y muchas ganas de vivir. Asustada y callándome lo que vi en aquel aserradero, trepé un camión cañero que me llevó hasta Tulancingo.
Sobrevivo gracias a mi arte textil, pero no puedo evitar pensar en que cada que fabrico algo con piel, esta pueda pertenecer a alguien que el crimen organizado haya desvivido.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor.
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