La pluma del viajero

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“-¡Qué ves, Tipi, dime qué ves!
-¡Veo a mamá corriendo hacia mí!
-¡Qué más ves¡ ¡Pela el ojo, qué más miras!
-¡Es ella, capitán Campana, es ella! Corre encima de un asno amarillo con
retorcidos cuernos de venado.
-Es ella, te lo dije. Pronto llegaremos a la tierra Nostra donde mami te espera con
sopitas de letras y machaca con huevo”
Salí del consultorio con la indignación al tope. Monté mi bicicleta y viajé calle abajo
sabiendo que nadie tenía derecho a romperme la ilusión.
“-Que nadie te estorbe el destino, Tipi. Que nadie te diga que el capitán Campana
es malo, porque malo no soy, ¿verdad?
-No, no lo eres, y menos cuando trepamos la barca que nos lleva a un viaje en el
que al final encontraremos a mamá”
La pensé mucho para subir a la loma de la Santa Cruz porque un callo me estaba
molestando desde hace días y la bicicleta estaba averiada.
-Hola, capitán…
-¡Hija, desátame, sácame de este lugar!
-Pero capitán, es nuestra barca. Hemos viajado en ella por años.
-¡Por eso! Estás violando las reglas de alta mar. Nunca debes ir contra el que guía
el barco.
-Usted, capitán, dejó de darme la bebida que me permitía ver a mamá y por ello
me revelé.
-¡Suéltame, Tipi, Prometo dartela!
-Es demasiado tarde, ahora quiero me diga dónde está mamá.
-Un capitán jamás revela sus secretos.
-Y una hija tampoco olvida a su madre.
Hace veinte años que estoy en prisión y todo porque mis huellas estaban por
doquier luego de salir del consultorio de la doctora Imelda. Tenía días de que a
fuerza de palabras me había convencido de que mi capitán Campana me había
estado engañando desde que era una niña. Le creí y luego de verlo borracho y
acostado en la cama, le di tan tremendo golpe con una pala que terminé atándolo

y metiéndolo en la tina que por años fue nuestra barca rumbo a la tierra Nostra
donde según estaba mamá.
Cuando la policía entró en casa me encontró echa un cuero lleno de huesos.
Había estado comiéndome la costra de la madera del piso, verduras podridas bajo
los muebles y la grasa pegada a la estufa. Mi cabeza había terminado atorada
entre una pata de la mesa y la de una silla. Mis fuerzas eran tan pocas que ni de
ese simple atoro podía escapar.
-¿Qué es peyote? No sé de qué me habla- dije iracunda en una de las muchas
pláticas con la doctora Imelda.
-Tranquila, Titi. Mira, relájate. Sé que es difícil creerlo, pero todo cuanto me has
estado contando apunta a que papá ha estado jugando sucio contigo.
-¡Cállese, cállese, cállese!
Papá se llama Timoteo y mamá, Piedad. Por ello me llamaron Tipi. Mamá salió a
ordeñar una vaca porque yo quería chocolate. No volvió más.
Lloré mucho pero papá me decía que seguramente se había ahogado en un
enorme lago de leche y que el único salvador podría ser Tacotillo, el asno viejo en
el que cargábamos la leña.
-¡Ven, Tipi, bebe este atolito y vayamos en busca de mamá.
Y me trepaba en esa tina blanca de marmolina que para cuando acordaba se
convertía en una barca enorme en la que mi capitán Campana me orientaba,
llevaba, instaba a soñar en colores.
“-Explícame este bonito barco azul que me dibujaste, Tipi.
-Mi capitán Campana me dice que mamá aparecerá en una mañana azul. Le puse
su vestido rojo porque es su favorito”
A mis quince seguía llorándole, igual a mis veinte. Ahora mi capitán me gritaba
¡Estira la cuerda para que suene la campana, estirarla, estirarla!
Embutida en visiones y tomada en altamar por mi capitán terminé agredida y
finalmente pidiendo limosna en las calles de mi pueblo.
-Pasa, muchacha, pásale con confianza.
Imelda exprimió mi pasado, mi presente y moldeó mi futuro.
Mi capitán Campana murió atado y ahogado en la tina, en nuestro barco, en
nuestro sitio seguro.

No cavé tanto donde habían estado las vacas. Apenas me dijo dónde la había
enterrado y fui a rascar la tierra seca. Abracé la destrozada calavera de mamá y la
besé como cuando le besaba la frente de niña.
La policía no sólo me salvó del atoro de entre las patas de la silla y la mesa,
también los huesos de mamá con los que dormía abrazados.
Aquí en el penal no hay peyote ni huesos. Sólo las palabras de la doctora Imelda
diciéndome que le permitiera ayudarme. Pero mi capitán era mi capitán y no me
haría daño.
Mi bañera era esa barca de ilusiones, esa en la que mi capitán Campana me
instaba a jalar esa cuerda entre sus piernas para que sonara tan fuerte que mamá
pudiera escucharnos. Segura estaba que la encontraríamos en alguna isla llena de
pegasos, en la selva amarilla, en la montaña de malvavisco.
-¡Dame a beber, capitán, dame a beber!
-¡Estira la cuerda, Tipi, que se escuche fuerte el tañir para que mamá escuché!
Pero mamá estaba bajo tierra y yo simplemente en una bañera percudida tras
años de abusos ¡contra mí! ¡Dios mío! ¡contra una niña que se había convertido en
mujer de una bestia en alta mar!
Pago una condena que no me cuesta porque vengué a mi Piedad, a mi mamita
que me daba mi machaca con huevo, atole y sopita de letras con la que
armábamos palabritas y más palabritas. Ahora mamá vive en mi alma y el capitán
Campana en mis recuerdos. Lo recuerdo gorgoreando intentando respirar. Lo
recuerdo suplicándome no le arranque las uñas con las pinzas, pero más amo
recordarlo con las piernas abiertas sin esa cuerda que me obligaba a jalar para
que mamá nos escuchara.
-¡Púdrete, capitán Campana, ahógate en lo más hondo del infierno!
Y me he despertado en mi celda gritando y bañada en sudor tras horribles
pesadillas… pero luego me doy cuenta que estoy bien, que estoy a salvo y que
mamá vestida está con su vestido rojo de encajes.

Autor: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
El viajero vintage
@derechosreservadosindautor
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