La pluma del viajero

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El Keke se me había metido entre los calzones y él lo sabía. Tan recatada traía mi
historia por dentro. Cada que me lo encontraba en el pasaje Merco o en el
Mercado Juan H García me bisbiseaba cosas. Cosas que en apariencia yo
ignoraba pero que en la intimidad me las tomaba muy enserio.
El Keke era un bueno para nada. Lo había visto entrar y salir con vasijas de la
pescadería El Buzo, pero también cargando cosas del herbario San Rafael.
También bajándose del camión que traía mineros y de cargador de frutas en
Merco. Era un nadie que duraba nada en los trabajos pero que tenía un algo que a
todas luces parecía solo ver yo. Cosa curiosa, nadie lo deseaba porque era justo
eso, un indeseable… pero yo lo quería calladamente para mí, sí, tenerlo bajo mis
sábanas y hacerlo mío. Lo imaginaba tocar suave mi ventana, asomarme y verlo
ahí, con sus pantalones rotos del encuarte que me hacían imaginar cosas sucias.
Lo que no sucedería en la realidad, sí en mis fantasías y así, encendida de deseos
le abría la ventana para dejarlo hacer conmigo lo que se le viniera en gana. Y todo
acababa en un delicioso desastre dejándome temblando en mi soledad y con mis
sábanas empapadas de mis propios líquidos.
Tanta fantasía había en mí que podría ser suya en cualquier momento. Era un
apestoso aprovechado que al verme ceder seguro me llevaría a cualquier callejón
de la Morelos, Comercial, o en el peor de los casos a La casa de huéspedes, nido
de cualquieras.
-Ya ni la amuelas Lourdes. Tengo esperándote desde el mediodía, casi dan las
cuatro.
-Anduve ocupada, Fidel.
-Me dejaste con la comida hecha. Terminé comiendo solo.
-Fui a la casa de mamá y ya sabes, me agarré a la plática.
-Qué raro, tu hermano vino por el azadón y preguntó por ti. Que tú mamá se puso
medio mala.
-…
-Dime la verdad, Lou. Yo sé que no merezco estés conmigo, que ya no soy el de
antes y que ni un suspiro te saco, pero no seas mala conmigo. Mejor irme y hacer
mi vida…
-¿Vas a empezar?
-Cualquiera en mi lugar se sentiría igual.

Tan bueno como era, Fidel me dejó ir a ver a Leo Dan a Astro feria. Tan mala
como era me dejé llevar y tras de salir del concierto, un simple rozón a mí brazo
por parte del Keke me encendió los ánimos.
-¿Quiere que la encamine, señora?
-Voy a esperar la combi aquí en el gimnasio, gracias.
-Traigo una bici con parrilla. En 10 minutos estará en su casa.
Y trepé abrazándolo con fuerza. Quise que aquella travesía no terminara nunca
porque prendada iba de su adictiva loción de Avón.
Bajamos por calle 9 y al llegar a la altura de las funerarias viró en dirección a Los
Filtros sin pedirmelo.
-Conozco un lugar donde podemos platicar, pero si no quiere la llevo a su casa.
Mi silencio lo interpretó como un sí y sí, terminé dejándome llevar como resultado
de tantas imaginaciones de cómo sería aquel primer encuentro.
Detuvo el pedaleo en un paraje medio iluminado por la suave luz de la luna. Me di
cuenta de su intensidad cuando lo vi quitarse la camisa dejando al descubierto
algo mucho más deseable que lo que me había inventado. Pasó lo mismo cuando
lo vi sin pantalones. Justifiqué lo asqueroso y maloliente de sus pies, axilas y boca
porque todo el resto lo ameritaba. La sierpe que atrapada estaba en ese calzón
percudido pintaba para ser violenta.
Se me vino encima sin mediar palabras. Me dejé desprender de mi ropa como
cualquier campesino le arrebata las hojas a un elote. Fidel me cayó al recuerdo
cuando el Keke hundió su cara entre mis pechos. Escapé por un momento del
apestoso, pero un abrazo me llevó a él. Tirados en el pasto fui secuestrada por
una horda de pensamientos. Mientras el Keke se dedicaba en convertirme en una
más de sus putas, Fidel estaba ahí, con sus ojos tristones y sus muchas ganas por
hacerme feliz.
-Llévame a casa.
-Estamos a medio palo, cómo vas a creer.
-¡Llévame a casa!
El vago me miró algo sorprendido al tiempo que se ponía de pie y su piola perdía
fuerza. Metido en sus pantalones y sin dejar de mirarme con resquemor trepó su
bicicleta y se fue. No me dio miedo quedarme sola, sentí que estaba más segura
así que con esa cosa mugrosa a mi lado. ¡Y es que era un malviviente! ¿En qué

diantres estaba pensando? ¡Bien pudo haberme matado, arrojado en cualquier
tajo!
Volví a casa caminando y con los tacones en las manos. Qué cosas, pensaba en
Fidel y en el gran hombre que era, bueno, que seguía siendo.
Cuando pasé por el Buzo, una tercia de borrachos me echó rechiflas, pero de no
ser por el Chácharas que me conocía desde niña y que también pasaba por ahí,
los hombres dejaron de molestarme.
-¿Cantó la de Mariza?
-Sí.
-Como que no te gustó el show, Luli. Es para que vinieras contentísima.
-¡Cómo vas a creer, Fidel! Estaba en un lloro cantando “Como te extraño”
-¿Y me extrañaste?
-Ya vas a empezar.
Y no, no lo extrañaba, no en ese momento en el que mientras cantaba “Mary es mi
amor” pensaba en el perverso del Keke… ¿Y qué vino después? Sentir la
brutalidad de un desconocido intentando invadirme me hizo reaccionar y desear
desaparecer. Entonces apareció Fidel sintiendo que lo extrañaba. Fidel, el mejor
amante, el hombre que sin entrar en mí me hacía llorar y abrazarlo como una
demente.
-¿Cantó nuestra favorita?
-Sí.
-A ver, ¿Cuál es?
-¡Qué tonto! “Pídeme la luna”… casi amanece, ¿Cómo vas? ¿Se te quitó el dolor
de panza?
-Mucho mejor.
Cuando salí del baño tetas al aire y gotitas de agua por todo el cuerpo, Fidel me
miró inquieto. Bajó la cabeza y se hizo el loco mirando por la ventana y el tímido
amanecer.
Trepé la cama, me le monté como hacía mucho no me atrevía y le besé la frente.
-No me trates como un niño.
-Bueno, entonces trátame como a una mujer.

-…
Cuál buzo en los arrecifes navegué bajo la sábana hasta encontrar nada. Cerré los
ojos e imaginé su ahora inexistente piola.
-Sal de ahí, Luly- y lo escuché sollozar.
Sin rendirme le besé su profundo y velludo ombligo, su extraviada cicatriz entre su
mínima vellosidad rizada y oscura, sus gruesas piernas de vikingo, chamorros y
pies hermosos. Sus tetillas, alzadas y rojizas siempre habían sido un detonante a
sus emociones de hombre y sabía que llegar a ellas debía ser el fin de un todo. Y
llegué hasta ahí haciendo fiestas en redondel en ellas con mi lengua juguetona.
Despierto el Goliat se levantó de la cama, apagó la luz y lo sentí desnudarse
olvidándose Y fui suya, sí, invadida por sus gruesos dedos, ensalivada por sus
labios de molusco y fuerza bruta.
-Gracias por estar conmigo, Luly. Otra en tu lugar ya se fuera ido con cualquier
otro… ¡Maldito cáncer, maldito cáncer!
-¡Tranquilo, amor! ¡Pero estás vivo, vivo!
-¿Qué hombre quiere estar vivo sin…?
Y le tapé la boca con un beso. Me arrepentí de mis atrevimientos con el Keke y
entendí que mi verdadero compañero de vida estaba ahí. No, la falta de un
miembro viril nunca debió haber sido justificación poderosa para haberme
equivocado. Fidel me hacía tan mujer como el que más y mi fidelidad, ahora
resquebrajada por mis perniciosos pensamientos y actuar debían restaurarse.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
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