Teníamos mucha aura, sin duda. No había nadie como nosotros para impactar en
el parque en nuestras citas de las seis de la tarde. Éramos buenos para los video
juegos, pero también amantes del cine, por eso nadie nos igualaba en el farmear
porque mis poses de Dick Tracy, Robo Cop o Terminator resultaban con tanta aura
que no me costó nada acumular puntos y convertirme en uno de los favoritos. Lo
mismo pasaba con Raulin, Bebetuco y Jaime Chaires el “patas nejas”
El farmear fue mi pase definitivo al éxito. Por años había sido el pendejo del barrio,
el flaco alto que nomás no servía para nada y que se la pasaba en la esquina de la
lechería chiflando para citar a los cuates para ver qué desmadre hacíamos. Y sí
que lo hacíamos. En nuestra guarida secreta teníamos calzones multicolores,
celulares corrientes, joyas de fantasía y hasta balones de fútbol que les
quitabamos a los niños nomás porque se nos antojaba. Lo nuestro era patearle el
bastón a los viejos y verlos caer e irnos en correría gozándonos de su desgracia.
Caray, esa era nuestra vida.
Farmear nos hizo reyes, apenas nos veían venir y luego escuchábamos el
murmullo temeroso de los mentecatos del barrio porque sabían que les daríamos
una recia. Y si, los chavos que venían de Monclova traían buenas garras, pero no
pasaron de ahí. En pocas palabras sus gestos a la Mario Bros los hicieron quedar
por los suelos ante nuestra mímica peliculesca que seguía arrasando.
La noche del domingo y mientras hacía mis magnánimos gestos detectivescos,
llegó papá encabronadísimo. Me tomó de la gabardina , me sacó de la pista y me
llevó a empujones sin dejar de llamarme “Don nadie”… y nadie fue él cuando
subestimándome no esperó de mí un derechazo que lo llevó al suelo. Todos
exclamaron ¡Ohhhhhhhhhhhh! Y Volví a la competencia nada más para coronarme
como el mejor farmador aura del barrio.
Cuando el barrio te respalda con sus aplausos ya la hiciste. En nuestro caso
ganamos tanta fama en nuestro mundito que las morritas nos buscaban y nos
dábamos gusto entre las tumbas del panteón. Ahí desfogábamos toda nuestra
aura intercambiándonos a las chicas como si fueran objetos.
La magna competencia de Farmear aura que se programó para puro especialista
nos puso atentos y dispuestos a ganar. La cita era en el cerro de la Concordia y a
puertas cerradas. Ahí no abría favoritismos ni nada por el estilo. No habría porras
ni nadie gritando nuestro nombre.
Camino allá pensaba en la joda que me había tocado al nacer en un hogar en el
que mis papás estaban empecinados en que estudiara, trabajara y fuera un
hombre recto. Si me vieran bien a bien en una buena competencia de Farmear,
me entenderían. Papá sabría que su jodido trabajo de albañil o parcha llantas no
valía más que pura mierda en comparación con mi triunfo como farmeador.
Cuando llegamos al cerro ya estaban ahí los Trakis, Los Jonis y los Tailandeses,
los tres grupos de farmeadores que venían de fuera. Estos no eran cualquiera,
eran equipos que por buenos estaban ahí.
-Cambio de planes, muchachos- nos dijo un hombre que bajó de un auto- el
evento se llevará a cabo en el estadio Lampazos, pero no se apuren, nosotros los
llevaremos.
Trepamos en un camión de mudanza y tras un tiempo lo bastante largo abrieron
las puertas poniendo ante nosotros un lugar que todo parecía menos un estadio.
Mientras bajábamos un vozarrón rompió lo solemne de nuestra llegada.
-¡Para que estén enterados, este es un campo de trabajo! ¡Olvídese de pendejas
competencias descerebradas! ¡Aquí se viene a trabajar!… Y ojo, al que pretenda
huir, cosa que de nada le servirá porque hay mucha seguridad, se le triplicará el
jornal.
A mis diecisiete años lloré lo que nunca, y siempre en secreto porque ser
descubierto haciendo pucheros o renegando, te hacía objetivo a trabajos más
pesados. Así, entre azotes y mucha violencia aprendí a echar de menos los
almuerzos de mamá y los intentos de papá por hacerme hombre responsable. Y
es que ya pintaba para convertirme en un drogadicto y enorme carga para la
sociedad. Me hormigueaban las manos por robar, manosear muchachitas y
torturar maricones, pero de golpe y de la peor forma aprendí a fabricar y cargar
bloques por más de un año. Otro año más pizcando tomate ante los manoseos
hirvientes de un sol implacable. Mal vestidos, malcomidos y apenas en un respiro,
nos fueron dejando tirados luego de cuatro años por aquí y por allá.
No tengo ni idea dónde quedaba ese campo de tortura en el que más de una vez
había pedido a Dios me salvara. Mismo sitio en el que al mirar la luna a las cuatro
de la mañana, todavía estaba ahí pelando cacahuates y descascarando nueces.
Recordaba las palizas que le di a papá y las bofetadas a mamá. Más que rey de
Farmear, era el rey de los desgraciados. Hacía lo que se me pegaba la gana
sacándole provecho a mi fuerza y altura, ambas cosas muy bien aprovechadas por
mis captores.
Unos buenos para nada habían tomado cautivos a otros buenos para nada más
jóvenes. A veces me encuentro en la calle a uno que otro de los que estuvimos
prisioneros por delincuentes y al igual que yo, guardan silencio. Cada uno tiene
una historia y al final terminamos sin nada, despreciados y sin aura.
Toqué a la puerta de la casa y papá abrió.
-Aquí no te quiero. Esta ya no es tu casa.
Cuando le conté lo que había vivido, ahí de pie y con mucha prisa para que no me
cerrara la puerta, al final me miró con sus ojos remojados.
-Tu madre murió hace tiempo. Solo quiero vivir mis últimos años en paz. Tú no me
la darás- y me cerró la puerta.
Por más de ocho meses mi vida fue pedir caridad y ver el rechazo de una ciudad
que sabía quién era por mis muchos males. Espiaba en las esquinas esperando
que los vecinos tiraran comida para los perros para ir a recogerla y alimentarme.
El día de las Coliflores de los Abajeños papá me encontró tirado en una banqueta
en las afueras de la lonchería de don Jacob. Se puso en cuclillas y me hizo a un
lado el graso y casposo copete que me tapaba los ojos. Lo reconocí al momento
quedándome callado. Sentí el dorso de su mano pasando por mi mejilla y su
mirada recorriendo lastimosamente mi cuerpo de ropa percudida.
-Tengo un trabajito para ti, Mauricio. Anda, ponte en pie, sígueme.
Fui tras él como un fantasma. Al girar por Pimentel vi la larga procesión de las
Coliflores. Recordé las muchas fechorías que hacía durante esas fiestas.
-Cuando volviste a casa dijiste que te habían obligado a levantar paredes y cargar
adoquines. Tenemos por misión hacer esta casa. Somos cinco trabajadores,
contigo seis. No te llevaré a casa pero aquí hay donde quedarse. Gánate el
sustento y Dios proveerá.
Y Dios proveyó cuando a los seis meses papá me pidió volver a casa. Ahora
llevaba un aura más clara. No me fue sencillo lograr que papá me sonriera, mucho
menos que me abrazara, pero cuando por fin lo hizo, sentí un claro chispazo de
amor en mi interior como jamás lo había sentido. Esa era la verdadera aura que
necesitaba en mi vida, esa y ninguna otra.
Autor: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor
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