-Tómalo del hombro, Lucía. Manuel, pásame la pomada de la bolsa.
-¿Ésta?
-¡Ay, Manu, qué inútil! ¿Cuántas pomadas ves ahí?
-¡Tampoco le hables así a Manuel, Ofelia. Él qué va a saber de medicinas.
-¡Pues por eso, es para que ya supiera cómo cuidar a papá también!… ¡Mira, y
todavía se queda viendo! ¡Esa caja azul! ¡Pásamela, con una chingada! ¡Pero
sácala de la caja, carajo!
-Ofelia, ya basta. Si no quieres curar a papá nosotros vemos la manera, no es
necesario estés insultándonos a todos.
-¡Valla, mira nomás quién salió al rescate! Tú sigue lavando los platos que no hay
uno limpio en toda la cocina. Hay tienen a papá comiendo en cualquier vasija
como un cerdo… así que, Mariana, sigue en lo tuyo… ¡Agárralo, bien, Lucía,
sujétalo de lado, de lado, de lado!… ¡Ay, no, Lucía! ¿Es en serio? ¿Tan buena
para nada?
-¡Ay, no, si vas a estar así, mejor hazlo tú sola!
-¡No lo sueltes, Lucía, no lo sueltes! ¡La sonda, cuidado con la sonda!… ¡Mariana,
ayuda, ay no, mira nomás el miadero que se hizo!… ¡No te quedes ahí parado,
Manuel! ¡Reconecta la sonda!
-¡Pues yo no sé cómo, Ofelia!
-¡Tullido, cabrón! Sujétalo de aquí, Mariana, sujétalo bien, deja conecto esto, ¡Pero
nadie se mueve!
-Ofelia, qué bueno estés aquí pero no así. Mejor vete…
-No te me pongas llorona, a ver, a ver, con permiso, dame espacio, dame
espacio… Tú no me vas a decir qué es lo que tengo qué hacer y que no. Ya me
sacaron de la casa, ya me hicieron viajar más de quince horas desde la Ciudad de
México, ahora se aguantan. El que haya estudiado enfermería no significa que
tenga que estar limpiando mierdas de alguien que me mandó fuera a estudiar.
-Ofelia, ya. Sabes que papá está consciente.
-¿Y? Mentira no es, ¿Verdad, papá? Te ofendiste porque te dije que quería ser
modelo. Me dijiste que era oficio de putas. Me mandaste lejos. Te contenté con
menciones honoríficas, estar siempre exenta, graduarme con honores.
-Ofelia, para. Mejor vete…
-Mira Mariana, te la pasaste media vida dándole el trasero a medio pueblo, luego,
cuando te enfermaste de eso que nomás les da a los pecadores viniste toda
arrepentida con tu mamá, pero ya no la encontraste porque se te murió de tantos
corajes que le hiciste pasar. Así que no me vengas ahora con tus aires de
santurrona que nomás no te ajustan.
-¿Qué te cala, Ofelia? Que papá dejara la casa y la tlapalería de Múzquiz a mi
nombre? ¿Es eso?
-…
-¿Es eso, verdad?
-¡Coopere, papá! ¡Apóyese en sus brazos, levanté la cadera así no podré ponerle
el pañal!
-¡No lo estrujes, Ofelia! Quítate, hazte a un lado.
-A mi no me empujas, pendeja, no soy la Ofelia de antes, quítate a la mierda.
-Lucía, ve con doña Coco y llama a la policía, corre, corre.
-¡Ah, qué estúpidas me salieron! ¡Tú que sales, Lucía y yo que le encajo esta
aguja a papá en el pecho!
-¡Ofelia! No hagas tonterías… ¡mira cómo tienes a papá temblando!
-No me conocen, no me conocen, así que mejor relájense… ¿Papá, qué fue eso?
¿Otra vez te cagaste? Ay no, ya me agarraron de su puerquito.
-¡Cállate, Ofelia, a ver dame chance, yo lo cambio. Ya en la noche me ayudas a
bañarlo.
-Que te ayude Lucía, yo estoy aquí para lo de sus curaciones y nada más. El viejo
pesa tanto como su vida de pecados, ustedes encárguense de eso.
Manuel estaba medio pazguato, bueno, así se veía, la realidad era que le había
tocado vivir en tiempos de la inutilidad. Se la pasaba jugando Pac Man y
escuchando música. Por eso, cuando lo encontramos temblando bajo el comedor,
me le fui a Ofelia como leona.
-¿Qué le hiciste a Mane, Ofelia?
-A ese atolondrado no es necesario hacerle nada, solo se tulle.
-Algo le hiciste, Ofe, dime.
-Con una chingada, no le hice nada. Y déjame en paz, que le acabo de poner el
medicamento a papá.
Cuando la policía llegó por mí, Lucía les abrió la puerta. Encontraron a Ofelia
bañada en sangre, a papá muerto de un infarto, a Lucía enmudecida y a Mane de
nueva cuenta bajo la mesa mordiéndole una oreja a un Bugs Bunny.
Duré seis meses encerrada. Mane no ha vuelto a hablar desde entonces, tampoco
Lucía. Ambos vieron cuando Ofelia, montada en papá, lo cacheteaba y tiraba sus
cabellos con furia. En momentos lo ahorcaba con la sonda, en otros con un pañal
sucio embadurnándole la cara. Mane parecía atolondrado pero había dejado
grabando una cámara escondida y eso había permitido ver con toda claridad
cuando había entrado yo para tumbarla de la cama, darle una tremenda golpiza y
dejarla al borde de la muerte.
Se determinó que todo había sido en defensa propia e intercambiamos lugares
apenas salió a luz el vídeo. Ofelia, a quien siempre llamamos hermana, pasó a ser
media hermana, bueno, eso éramos, pero hacía tiempo que habíamos dejado el
“medio” para ser familia. Lo cierto era que Jamás había perdonado a papá por
haberlos dejado para irse con la otra, es decir, con mamá. Nosotros, bastardos,
pasamos a ser los enemigos y así nos trataron por años. Y justo cuando la
repentina enfermedad de papá apareció, algo nos unió por una temporada. Pero
los rencores de su parte surgieron y con ello el infierno.
Ahora cargo con las miradas entristecidas de papá cuando nos miraba guerrear en
su lecho. Él no murió de viejo, ni por enfermedad alguna. Seguros estábamos de
que se repondría. Papá murió de un infarto, de ver tantos desencuentros y claro,
por la violencia que por días su hija le infringió. Murió de pura tristeza ante la
visión de hijos maltratándolo, vulnerándolo, aborreciéndolo.
Cuando la situación de las propiedades se solucionó al año de la muerte de papá,
el licenciado me entregó los documentos y una carta sellada.
“Mariana, dejo estas propiedades en tus manos porque aún cuando fuiste en tu
juventud un alma inquieta, sé que el tiempo y este viejo que empieza con
achaques algo te ha cambiado. Ahora quiero que leas bien esto. Laurentina, la
mamá de Ofelia, es tu madre también. Naciste al año después de ella. Lucía y
Manu nacieron cuando tú tenías dos años. Esos cuates te hicieron la vida feliz.
Cuando Laurentina se consiguió otro hombre, me echó de la casa con ustedes
tres. Ofelia creció creyendo que yo la había dejado o que había preferido a
ustedes sobre de ella. Nunca fui padre ausente, siempre estuve al pendiente de
ella hasta que terminó sus estudios. Con la que creíste tu mamá no tuve hijos,
pero fue feliz criándolos a ustedes. Ofy siempre me ha despreciado y humillado
donde quiera que me ha visto. Ojalá y nunca tenga que depender de ella. Cuida
de tus hermanos y nunca olvides cuando yo ya no esté, los tiempos que pasamos
juntos como familia.”
Ya lo dije, Lucía y Manu siguen ahí, en esa institución para personas especiales.
El trauma fue tanto que ambos se desconectaron de la realidad para quedar ahora
sí, yo sola y sin nadie, ¿Por qué, papá? ¿Imaginas la infancia bonita que
hubiéramos pasado con mi hermana? Tantos lugares que fuimos, tantas
reuniones, Navidades, Días de Reyes, cumpleaños. Fechas y fechas sin ella.
Ahora está en prisión y por más que busco el modo de acercarme me rechaza.
Sueño con el día en que me dé un abrazo y me dé la oportunidad de decirle que
somos hermanas de verdad y no de mentiritas como siempre creímos.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
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