La pluma del viajero

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“Sin pechos”

Dicen que sin pechos no hay paraíso, pero Rubeola, sin tenerlos, me lleva a él. Mi
concepción de belleza jamás se ha regido por lo exterior y eso ha sido de siempre.
Rubeola no es simplona, sólo sencilla, cabizbaja e introvertida. Pocas veces
sonríe porque tiene un diente roto, pero hasta en eso hay belleza. Es nacida en
piscis y por lo tanto, llorona, romántica, dada a bañarse en el río y a leer poesía en
voz alta cuando nadie la ve. Me gusta espiarla cuando se da sus chapuzones
porque de voluntad propia no se deja ver. Su pudor es tan excesivo que aunque
seamos esposos, solo se desnuda con la luz apagada o con la iluminación de una
tenue candela. Es mi esposa, claro, pero jamás la obligo a nada porque el amor es
precisamente eso, querer estar, ser parte compartir con gusto y no porque sea una
responsabilidad. Sonará sucio a los recatados, pero nos gusta acariciar despacio
esas partes de nuestros cuerpos que nos hace respingar. A mí me agrada me
toque el huevillo izquierdo, mas no el derecho. Hacerlo me pone a mil de intenso y
eso, a Rube, siendo ella tan callada, le gusta mucho. Bueno, y es que el que sea
tímida no significa que deba de dejar de ser mujer. Ella igual que cualquier otra,
por naturaleza desea, anhela, le palpita el pecho cuando sus sales salen a
borbotones de su divina cueva de Circe.
Yo sé quién es mi Rubeola, por eso sé dónde llegarle para conducirla por los
caminos de los placeres honestos. Digo honestos porque en realidad no somos
atletas del sexo, tampoco mezquinos ni perversos. Somos sólo dos personas
rebuscándonos secretos, indagándonos misterios. Somos dos atolondrados que
nos gusta llevar las cosas como en un maratón y no como en una carrera de cien
metros. Odiamos lo exprés porque nos exigimos en silencio tiempos, y para
tiempos, mi Rubeola se los merece todos. Creo que sus pezones son el detonante
de sus delirios y eso lo sé perfectamente, por eso me ocupo de ellos como si
fueran la gema a pulir a conciencia. Exploro su territorio como un matemático,
como conquistador llegando a tierras nuevas. Y así me ocupo en desmontar el sur
de su territorio sin perder de vista aquellas colinas que se miran a lo lejos y muy al
norte aguardando mi llegada. A diferencia de ella yo no me rio de que su aureola
derecha sea un poquito más clara que la izquierda. Ella sí se burla de que uno de
mis amigos cuelgue más que el otro.
Los pezones de mi Rubeola son pequeños y rosados. Nada qué ver con los de la
Tanaya, la piruja más perversa del barrio. Esa se burla de mi Rube tachándola de
mojigata y mudita. Pero qué abismo hay entre una y otra porque la Tanaya está
más colonizada que nada, incluso yo pisé ese territorio hace algunos ayeres
porque según ella me enseñaría lo que era bueno. Pero salí corriendo de su cama
cual gato perseguido por un perro callejero. Y es que la Tanaya es voraz, mañosa
y gritona. Mira que se le había ocurrido meterse mis dos cositas en su boca y
hacer con su lengua un juego que me mantuvo horrorizado y sin movimiento…¡Suelta, Tanaya, no chingues, suelta!… Y no soltaba, pero apenas lo
hizo salí de su cama dejándola con ganas de más y yo con deseos de no volver a
verla. Tanaya es grotesca. Los dedos de sus pies son gruesos como zanahorias y
sus piernas como troncos de nogal. Sus pechos enormes globos de fiesta y sus
pezones negras zarzamoras clavadas en aureolas oscuras y amplias como
cráteres lunares.
Llegar a las colinas de Rube era la meta anhelada. Todas mis pasiones más
efervescentes las dejaba para ese momento porque sabía que ella explotaría
cuando mis dedos ensalivados juguetearan con ellos. Ambos sabemos lo que es
la felicidad nata. Ni ruidosos ni escandalosos. Los tiempos perfectos no son los de
Dios, sino los nuestros.
Tanaya sabe que prefiero a Rubeola que a ella, por eso se ha encargado de
molestarla y hacerla sentir pequeña. Mi tarea es engrandecerla y no como un acto
de motivación, porque en verdad es enorme.
Desde el día que el bisturí cercenó las colinas de mi Rubeola, ella se convirtió en
una sombra. La enfermedad no sólo le robó el apetito, el cabello y el color rosadito
de sus mejillas, también sus pechos infestados de veneno.
-Soy un insecto, amor. Anda, ve tras Tanaya. Ahora ella me lleva la delantera con
sus delanteras bien puestas y sanas.
-¿Todo este tiempo has pensado que he estado aquí por tus tetas? Lo mío contigo
va más allá que el cuerpo, Rubeola… ¿Me notaste menos amoroso esta noche
que cualquier otra?
-No te mientas, Dolce Marino. No hay paraíso sin tetas y en este jardín del Edén
que creamos juntos, éstas ya no existen.
A veces me dan ganas de mocharme los higos y estar a la par con ella, y se lo
digo llorando porque de verdad me duele no lograr convencerla que ahora sus
cicatrices son hermosas. Y sí que lo son porque ahora puedo escuchar su corazón
más cerca. Ahora mismo ella estaría muerta. Qué más da que en nuestro paraíso
no haya tetas si ella sigue aquí, junto a mí.
Ayer fue nuestro doce aniversario y la encontré en nuestra cama vestida como una
odalisca. “El recuento de los daños” sonaba en el tocadiscos y un libro de Ágatha
Christie con un separador entre las sábanas revueltas. Enmudecí al verla
contorsionarse intentando mantener la peluca en su lugar y un extraño sostén con
rellenos. Quedarme boquiabierto y sin expresiones le hicieron sentir avergonzada.
Todo aquello era innecesario porque ni su calva ni su pecho arrasado me
disminuían en nada el amor.

Había noches de entrega y muchas risas, pero también tardes cargadas de
amargura y desasosiego. Implacables, los días fueron convirtiendo a mi mujercita
en una flor marchita, una rosa de pétalos medio oscurecidos, pero con el mismo
aroma suave a mujer digna y hermosa.
-Imagíname entera y hazme tuya antes de irme, Dolce Marino.
-No me digas eso, por favor, tú no irás a ningún lado.
-Anda, que me evaporo. No te entrometas con el hado, porque es implacable.
Las hojas secas despiden humedad por la llovizna que se empieza a venir. Salí
de casa a recolectar pétalos de girasol porque si algo tengo, es intentar volver
mágico todo lo que tenga que ver con mi mujercita. La bañé y su cuerpo huele a
naranja. Entre los dedos de sus pies puse los pétalos amarillos y, caray, se le ven
hermosos. En su ombligo deposité una canica roja y cortas guías retorcidas de
buganvilia blancas en sus piernas.
-Déjate de cosas, hombre, pareces santero.
-Y tu una visión de Remedios Varo.
Como niebla bajando de la montaña viajo por el debilitado y hermoso cuerpo de mi
pintura surrealista. Su respiración se vuelve agitada cuando mi aliento sopla y
husmea su vellocino azabache. Intenso y cuidadoso me dedico a hacerla mía
aunque ella ya no pueda ella hacerme suyo. Me gozo se verla sonreír cuando mi
nariz navega por sus costados, su espalda, alrededor de su cuello, sus tobillos. Me
lleno de verla feliz y en esa felicidad termino besando su dinamitando pecho sin
senos. Lo beso como si estuvieran ahí, como si jamás hubieran desaparecido. La
siento vibrar, decir mi nombre a pedazos y apretarme los brazos como cuando
Afrodita la invade transformada en líquidos salados escapando entre sus piernas.
Rendidos miramos por un rato el techo. Miro de reojo su rostro y sé que se me va.
Saco de debajo de la almohada “El misterio de las siete esferas” de Ágatha
Christie y pegando mi oreja sobre sus pechos invisibles leo la última página.
Apenas me alcanza a oír. Leída la última línea me apretó mi mano derecha
llevándola hacia su devastado pecho. Entonces el director de la vida bajó la
batuta, se silenció la orquesta, se cerró el telón y la sala quedó enmudecida.
He llorado tanto esta noche gritando su nombre a un lado de su cuerpo inerte.
Dicen que sin pechos no hay paraíso, pero Rubeola, sin tenerlos, me llevó una y
otra vez a él sin que la serpiente osara molestarnos.
Hoy sólo soy una ridícula sombra de lo que fui porque sin ella simplemente no soy
nada.

AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor

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