“Milagritos”
Cuando vi a Milagritos salir de la líquida cueva de su madre muerta, supe que
Santa Bayoneta de las mil batallas era una verdadera santa. Parecía increíble que
Macumbala, experta saca niños, se hubiera pasado más de medio día intentando,
por un lado, mantener con vida a mi mujer, y por otro, sacar de su vientre a
nuestra primera hija. Y vino a la vida la segunda dejando en el camino a la
primera. La dicha que me sobrevino cuando la partera me puso a la chamaca en
los brazos, fue mucho más que enorme. Lloré de la pura emoción de ver a Murcia
tendida en el tapete, toda despanzurrada y con la placenta derramada a cuajos
entre las piernas.
-La niña te nació con seis dedos y te durará seis años, si Dios quiere. Disfrútala.
Apenas se fue Macumbala y até con un rebozo a Milagritos al pecho de mi difunta
esposa y me la lleve a rastras hasta el corral de los cerdos. Murcia era un gigante
de la Patagonia y yo un enano de circo. Me gustaban grandotas y ese gusto me
llevó a la condena, por eso, Cuando Milagritos nació le puse así, porque el milagro
se había realizado y coronado con la muerte de mi violentadora.
Murcia me había hecho la vida de puerco. Aprovechándose de mi cuerpo
enclenque Me encerraba con ellos y me decía que era mucha mujer para mí, que
necesitaba un verdadero hombre con el que pudiera retozar. Dame la oportunidad,
le decía, pero ella sólo quería estar con el Mayo, un ferrocarrilero de Santa Costra
que tenía familia en el pueblo. Y desde ahí, desde el corral de los puercos nomás
la veía en el disfrute haciendo malabares en el columpio, la carretilla, en la carreta
y hasta en el abrevadero de las cabras. Ella no lo sabía, pero de buenas lenguas
me había enterado que el Mayo, así de macho como se veía, estaba seco de
hijos. Escupía pura babita sin bichos como decía su propia madre. Por eso,
cuando un día se le pasó atrancar la marranera y el Mayo la había dejado bien
borracha, me le metí entre las piernas y le dejé la horchata con todo y semillitas.
Re contento le arrejunté las piernitas, le subí el calzón y me retaché a la
porqueriza. Recontenta siguió con sus retozos y cuando se dio cuenta que un
renacuajo se le revolvía en la panza, le dijo al Mayo que cuál era el plan. Mi plan
es irme mañana mismo a El Pipián, le dijo, a muchos kilómetros de aquí, por fin
me llegó el cambio y mi base será allá. Me voy contigo, le dijo ella. Conmigo ni a
los corrales. Usted quería retozos, pues cumplí con mi parte.
Murcia lloró un tsunami y se secó como caña a cuarenta grados bajo el sol. Se le
veía la vida solo por la panza que llevaba y en la que estaba mi hijo.
Luego de arrastrar a Murcia hasta la porqueriza hice un pozo hondo y ahí la puse.
Le eché tantas piedras como pude para que no se le ocurriera regresar.
Pulgar, índice, medio, anular y meñique… y otra vez meñique. Ese dedito extra en
la manita derecha de Mila estaba muy coqueto, por ello le ponía anillos de
plantitas.
Me olvidé de Macumbala apenas se fue. Volví a acordarme de ella cuando Mila
cumplió seis años. Aquella frase colgada de “Si Dios quiere” agregada a su
sentencia de que sólo viviría seis años, se hizo realidad. Dios había querido que
mi hija se quedara y siguiera haciéndome feliz. Y es que en esos seis años
habíamos hecho de todo. Amaba las flores, correr por el monte y jugar con sus
mamás las cabras, esas que la habían alimentado así, colgada a sus ubres.
Un día Mila se me puso amarilla como cáscara de plátano y a los cinco días se
me murió en brazos de Macumbala.
-A mis 105 años he traído a casi todo este pueblo al mundo, pero nunca una niña
que viniera con todo y una corazonada. Ni aunque me la hubieras traído cuando
empezó, y ni aunque el médico te diera esperanzas, ella se iba porque se iba, por
eso te dije, disfrútala, ¿Lo recuerdas? Ahora me voy, pero escucha esto, cuando
vuelva a aparecer en tu vida sabrás al momento que no serán buenas noticias.
Cuando pasó el mes de muerta todavía se veía tan linda acostada en su camita.
Cada dos días le cambiaba de vestido porque los calores hacían que oliera mal.
Por eso traía del mercado pétalos secos de rosales, margaritas y jazmines.
También muñequitas de hojas de maíz y chimpancés de cáscaras de coco. La
peinaba con aceites de aroma y miel. Le platicaba lo que hacía en mi día y de
cómo ya estaba pensando en irnos a vivir a nuestro nuevo hogar.
El miércoles de ceniza lloré tanto. El maldito peine se atoró en un nudo del cabello
y se le torció la cabeza a mi niña. Su vieja piel del cuello ya no ayudó mucho y su
cabeza fue a dar al piso. En la caída se rompió dos dientes y sus ojos terminaron
de hundírsele.
¡Ay, no, Mila! ¡Mi niña, mi niña, perdóname!
Los guantecitos ya se mancharon. Y es que sus manos también se volvieron
aguadas, muy aguadas. Mila es algo así como un costalito de puros huesos…
¡Malditas moscas! Las tengo bien odiadas a las asquerosas. Ayer, por las prisas
se me olvidó ponerle el velo blanco y al volver, mi niña estaba testa. Su cara
estaba negra cuál antifaz de un demonio. Y otra vez volví a maldecirme porque las
estúpidas se atrevieron a dejar queresas cuál queso sobre tostadas.
Mila ya no tiene ojos. Se le fueron tan adentro que tuve que ir al mercado para
comprar bolones de cristal. Para el lunes celestes, para el martes verdes y así un
color por día. Ayer que rezaba a Santa Bayoneta y agradecía por estar conmigo
en todas mis batallas, la cabeza de Mila se movió hacia mí, sí, como si se sintiera
parte de ese agradecimiento. Pero ella no ha sido una batalla para mí, ha sido un
estado de paz sin contienda. Amo tenerla junto a mí y ella lo sabe.
Mila ahora está coja y además le falta un brazo. Olvidé cerrar la puerta de casa
mientras preparaba el fondo de la noria seca a dónde nos iríamos a vivir y un
coyote que ya tenía días merodeando entró y me mordisqueó a mi niña.
Desesperado nomás lo vi saltar por la ventana rota llevándose en el hocico una
pierna. Ojalá y las queresas se lo acaben a él.
Ahora recuerdo a Marcia viéndola secarse de tristeza. Me seco como ella por mi
niñita. Esta soledad me está volviendo loco pero ¿Sabes qué, Mila? nadie más se
burlará de nosotros. Ahora vives en mí. Tu cabello lo mezclé con fideo y me lo he
ido comiendo de a poquito, a puro sorbo para que me dures más. Tus huesos los
he estado haciendo polvo tallándolos con un rayador y así, espolvoreados, te he
ido saboreando en pan de maíz.
Macumbala no llegó a cumplir los 106 años porque cuando la vi venir por la vereda
supe que no traía buenas noticias. Ahora la tengo aquí, frente a mí y al fondo de la
noria. Quién lo diría, esa mujer que un día me trajera al mundo ahora yo la sacaba
de él. Venía a traerme malos vaticinios y no pudo ver que su fin estaba en mis
manos.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor
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