La pluma del viajero

0
5

Más que indignada salí de Mercantil Cárdenas luego de no encontrar el marco
perfecto para la oreja de papá. Era su cumpleaños y no tener su regalo a tiempo
me ponía muy mal. Me restaban tres horas. Sin dudarlo trepé un bus Sabinas-
Rosita y tras un terrible traqueteo al pasar por Villa Cloete llegué a Sabinas.
Atentísimo, don Raúl Guzmán sacó de lo más profundo de su papelería justo lo
que necesitaba.
Papá debió ser cura porque era bueno para atender. No hablaba porque prefería
escuchar. No daba consejos a más que se los pidieran y yo, muchacha pedinche,
lo atosigaba con mis pedimentos. Papá sabe que es mi todo, por eso quiero poner
su oreja en un cuadrito. Ya la tuve disecando y preparando para que no perdiera ni
su forma ni su textura. Mamá es otra cosa, a esa mujer ya la puse en su lugar
porque ella no escuchaba, ella gritaba como trompeta de banda de guerra. Por
eso su boca, bueno, sus labios, los molí en el molcajete el martes, oh no, el lunes,
bueno, fue el día de Santa Sofía si es que no me equivoco. Me apalanqué sobre la
bola volcánica del molcajete para que quedara bien desmenuzada. Mientras papá
me decía “Vive tu vida con sabiduría”, ella lo contrarrestaba diciéndome “El mundo
está lleno de putas y ya no hay lugar para ti, yo fui la última” y sí, mamá era como
un grueso par de calcetas en tiempos fríos, todos se los ponían por calientitos… y
zúmbale, una cachetada porque le dije que su hermano me había piropeado; y
tómala, una paliza a cinturón por contarle de mujer a mujer que mi abuelito, papá
de ella, me espiaba en el baño; y zúrrala, una paliza con hortiguilla cuando me vio
con sus calzones puestos.
El pegamento blanco no es bueno para pegar piel, la cola loca sí, pero hay que
tener cuidado porque si se te pegan los dedos entras en pánico. Mamá me pegó
los labios con eso cuando le dije que había besado a Tadeo Dorantes. No lo
besarás más, me dijo. Y te jodes, porque así empiezan las putitas, primero de
besuconas y al final atragantándose de su leche puerca.
Cuando me vio casi en los huesos agarró la navaja con la que papá abría los
peces y me despegó los labios.
Papá no era un dejado, tampoco un sonso. Había trabajado en la mina por años
hasta que una piedra le rompió la columna. Por eso siempre estaba ahí, sentado
en la silla de ruedas capoteando las injurias y golpes.
Cuando a mamá se le calentaba el chocho papá y yo nos quedábamos solos.
Entonces empezaba lo bueno. Jugábamos baraja, dados y mi favorito, el ajedrez
hecho con figuras de carbón… ¡!Jaque mate!! Y el canijo siempre me ganaba.
Cosa curiosa, papá nunca fue violento. Su paciencia hartaba a mamá, pero me
colmaba a mí. Alrededor de nosotros podría haber una tormenta y nosotros
hacíamos cuanto podíamos para mantenernos serenos.

-Su conciencia la está matando, hijo. No le digas nada, déjala.
-Pero papá, lo golpea re feo con las sartenes, ¿Cómo cree que no me voy a
meter?
Y un domingo cualquiera la sartén en la que mamá hacía los huevos fritos dejó a
papá en el suelo. No había resoplidos ni pump pump en su pecho. Cual gato de
garras filosas me le fui al pecho a llorarle… ¡Papá, papá, despierta papá! Y no
despertó. Mamá me arrancó de él y me metió a punta de palote tortillero en la
letrina. Por la rendija vi a las claras cómo lo introdujo en pedazos en un costal de
harina y lo recargó en el tronco del mezquite. Lloré lo que María viendo a Jesús
todo madreado en la cruz. Cuando abrí los ojos seguía acostada en el suelo de
madera. Una serena cucaracha bebía una tímida gota de saliva que intentaba salir
de mi boca. Mamá estaba sentada en una mecedora de mimbre besando a Tadeo
Dorantes. Supe entonces las razones de mis castigos.
Cuando Tadeo se fue mamá se echó en la hamaca y se puso a roncar. Destapé el
techo de la letrina y a como pude me escapé de ella. Desolada caminé hasta
llegar al costal humedecido de sangre que guardaba a mi papito. Lo abracé
gimiendo y sintiéndome perdida, pero entonces mi mente se abrillantó y tras poner
el rastrillo de púas puntiagudas bajo la hamaca, me conseguí una cuchilla y así,
lentito, despacito y guiñándole el ojo a papá, me le fui a pura zaz y zaz, rasca y
jode, corta y sueña… y ¡Zaz! Que cae la malvada de la hamaca quedándose
clavada en el rastrillo. Cayó cuál puercota que hasta retumbó la tierra. Con la
herramienta clavada en la espalda y con un grito de dolor se puso en pie nada
más para dar un aullido de cuino y caer al suelo… y se acabó la peste negra.
Pendejita no soy, aunque tenga la cara. Sabía que la policía llegaría de un
momento a otro y llegó. Eran dos, pero los recibí a cuchilladas que nomás los
dejaron heridos… entonces les expliqué lo que estaban viendo para que cuando
fueran con el chisme con sus jefes, dieran mis razones.
De repente como que se iban, pero los traía de vuelta con un balde con agua.
-Ésta, señor policía, es la mano izquierda de papá. La puse en este cuadrito de
madera porque merece honores. Con ella me agarraba mi mano cuando niña para
enseñarme a escribir. En este cuadrito enmarcado de aluminio están sus cejas.
Batallé un poquito para cortarlas porque las guillette estaban muy oxidadas y no
cortaban bien la piel. Son las cejas de la complicidad. Papá las movía cuando
quería que le siguiera el juego.
Cuando la mujer policía terminó por morirse, todavía alcanzó mis explicaciones de
que yo no era yo. Es decir, yo Silvina, en realidad era Silvino. Mamá me había
convertido en Silvina desde chiquito. De a poquito y a puro alcohol, cortapluma y

gasas me había ido mochando el periquillo hasta desaparecerlo. Cuando por fin
no lo vi más, ella me llevó a Sagrado Corazón en Sabinas y le pidió al cura que me
hiciera todas las comuniones juntas, todo, confirmación y bautizo. Me llevó a
comer a la pescadería San Martín frente a la plaza y me dio un beso en la frente.
Estaba feliz de tener una mujercita en casa.
-No sé me muera señorita policía… caray, creo que ya te me fuiste… Total,
escúcheme usted, señor policía. Mamá me vistió desde siempre de niña y todos
sabían que yo era Silvina la bonita y ahora, entre más grande, competencia de
mamá.
La ventana se reventó en mil pedazos y muchas luces se me vinieron encima. Dos
perros me agarraron a mordidas y claro, asustada, sólo gritaba y gritaba.
Ya le expliqué a una y a otra señorita que viene a preguntarme siempre las
mismas cosas que no le diré más nada a más que me traigan el cuadrito de la
oreja de papá.
-¿Por qué colgar los dedos de los pies y manos con hilos?
-¿Qué no tuvieron kínder? ¿Qué preguntas son esas? A según son las estudiadas
que vienen a preguntarme y no veo más que taraditas.
-Señorita, por favor. Sólo responda a las preguntas.
-Es un móvil, ¿No saben lo que es un móvil? No, que va, ustedes el único móvil
que saben es el del crimen… los pies de papá siempre fueron presurosos a estar
conmigo y sus manos a protegerme mientras pudo. Sus dedos eran bondad, arte,
belleza ¿ Que acto más noble para un hijo que darle honores a un padre que hizo
hasta lo imposible por mantenerme vivo?
-¿Y qué hay de las salsas humanas?
-De su sabor sólo mis clientes podrán decirles lo satisfechos que estaban.
-¿Hechas con vísceras molidas en el molcajete?
-¿Las probaron? ¿Ustedes las probaron? Juzgan sin saber.
No sé cuánto tiempo voy a estar encerrada en este lugar, pero me consuela ver la
oreja de papá decorando mi jaula. Por las noches la descuelgo y rezo poniendo
mis labios junto a ella. Mis palabras viajan suaves por su tímpano, estribo y
yunque. Papá, mi ser auditivo, más grande que Dios, más cercano que cualquier
santo, más mío que ningún otro.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO