Uno pone y Dios dispone, y así fue, yo puse mis manos sobre las sentaderas de
aquella chica y Dios dispuso “para mi bien”, que fuera a dar a la cárcel.
Yo nací de buenos padres y recibí por tanto la instrucción de dirigirme en la
sociedad sin saciedad, sin ambiciones de maldad como muchos. ¿Fanático?
¡Jamás! Siempre he sido cauto para ser religioso moderado, creer, servir, adorar e
irme a dormir en paz.
La palabra servicio fue un chip que me injertaron apenas llegué al mundo. Mamá
me enseñó a compartir mis alimentos con Manuelita, la niña del ejido que nunca
llevaba para su recreo; también con Lauro, el niño nuevo al que La Topa, un niño
mucho mayor que nosotros le quitaba su café y sus taquitos.
En la secundaria y apegado a grupos juveniles me inyectaron el “Si lo haces a los
demás, se lo haces a Jesús”. Ver a Cristo crucificado me dolía mucho y me hacía
odiar a sus captores. Anhelaba cargar su madero, darle a beber una buena
limonada hasta allá arriba en la cruz. Y daba servicio a mis vecinos; organizaba
actividades para apoyar a Cachalo, el ciego al que le faltaba todo en su casa, y
claro, ir a visitar a la vieja Arabela y leerle algo positivo.
A mis treinta, apegado al cristianismo moderado vi morir a mis padres sin sentir
tanto dolor. No por insensible, sino porque las promesas de eternidad con las que
había crecido me dieron ese solaz necesario… pero uno pone y ese de arriba
dispuso que después de mi desayuno ligero de papaya y uvas moradas, saliera de
casa, como siempre, lleno de fe.
Era un martes nublado con un chipi chipi tan grato que miré al cielo y recuerdo
haber dicho “Gracias, Jesús, por tanto”.
Inquieto miraba mi reloj pues iba tarde a lo que sería una sesión de adoración a la
que no solamente iría a cantar Amatista Jordana, mi favorita intérprete cristiana de
adoración, también venía de Houston, Texas, Abraham Caravaza, el predicador
más espiritual que conocía.
Había llegado temprano a la base, pero ya pasaba un bus y otro sin detenerse
debido a llenos totales. Tanto yo como los demás estábamos desesperados bajo
un inclemente sol de 40°.
Cuando por fin se detuvo uno, ayudé a una anciana a subir los tres escalones que
para su edad eran trepar Chichén Itzá; le di el paso a un vendedor de fresas ante
la molestia de un par de chicas que desesperadas ya deseaban subir. Llegado mi
turno me hice a un lado y dejé pasar a la primera jovencita que sonriendo me dio
las gracias. Cuando subió la segunda, un mal paso en el tercer escalón la hizo
resbalar, ir hacia atrás y venírseme encima en una caída mortal. Distraído y en un
segundo atisbo al reloj hice tan mala maniobra que terminé sujetándola de cintura
y pompis. Todavía de que había caído en el pavimento encima de mí, muy
indignada comenzó a gritar que la había tocado indecentemente. Sus alaridos
atrajeron a los curiosos y desprendiéndose de esa turba como si fuera una criba,
una docena de mujeres comenzó a patearme, arrancarme la ropa y arrastrarme
hacia un poste de cables de luz. Los golpes y el griterio me parecieron eternos.
Cuando abrí los ojos mi cabeza colgaba como una papaya madura. Mi saliva me
sabía a sangre y la fuerza que otrora poseía se había esfumado dejándome atado
frente a una multitud dispuesta a destrozarme.
Un grupo de policías se abrió paso entre el gentío, me desataron y aunque
intentaron darme seguridad, podía sentir los golpes a mano abierta, escupitajos y
maledicencias.
Sin abogados de oficio y a expensas de una chica insensible, terminé encerrado
en Piedras negras donde al llegar, ya todos sabían que no sólo había toqueteado
a una chica en un bus, también la mentira de que le había mostrado los higos e
invitado a probarlos.
Un juicio largo y sin esperanza me mantuvo encerrado en un asqueroso lugar en
el que no sólo me convertí en ramera de todos, también en un acérrimo enemigo
de quién me había abandonado a mi suerte.
Y carpetazo, fui uno de esos casos olvidados en los que nadie se acuerda de ti y
nadie le apuesta a poner en riesgo una carrera de abogado por defender a un
abusador.
A los veinte años de estar encerrado y como había pasado en otras ocasiones, se
nos invitó a asistir a una sesión de culto. Hacía años que la palabra Jesús no
pasaba por mis labios y mucho menos mis rodillas tocar la tierra para brindarle
una oración.
La sesión inició a las cuatro de la tarde con un coro de jóvenes que no voy a
negar, me hicieron memorar a mí mismo y a esa edad alabando al indeseable.
Terminada esa pequeña alabanza salió al púlpito una hermosa mujer vestida de
blanco. Irradiaba una luz tan hermosa que invitaba al arrepentimiento. Su
testimonio y sus maneras de predicar me rompieron, fue un deshielo que nunca
imaginé pasaría.
Cuando se terminó el culto quise hablar con ella, darle las gracias y contarle mi
vida. Accedió bondadosa y solicitó alejar los custodios alegando que Cristo la
protegía.
-Fui cristiano.
-Nunca has dejado de serlo. Esa luz en sus pupilas lo gritan. Cristo le ha tocado
hoy.
-Y sí que lo ha hecho. Prométame que no será la última vez que venga.
-Hay un convenio con el penal de una visita por semana. Gracias por contarme su
vida y créame que Jesús llevará sus cargas, romperá esos grilletes que lo apresan
y saldrá de aquí como Lázaro.
-¡Hosanna, grande Jesús!
-Jesús ha vuelto a su vida, hermano.
Es curioso, pero esa misma noche le pedí a Dios perdón por todo cuánto había
blasfemado. Le agradecí derramando mi alma por el envío de esa mujer que cuál
profetisa y ungida me había sacado de un negro pozo de abandono.
Luego de medio año de preguntar por aquellas sesiones lo único que recibía por
respuesta era que a la pastora le habían surgido imprevistos.
Encaminado y con los ríos de agua viva llenándome, soporté y sorprendí a todos
cuando propuse una reunión cristiana. Yo tenía el conocimiento y podría hacerlo.
No se me negó y tuve diez sesiones con más de cincuenta internos alzando los
brazos.
A ocho meses del encuentro con Cristo me dejaron libre. Busqué el templo Sinaí
pues anhelaba ver a la pastora.
-Ya no es pastora, hermano, pero pásale, bienvenido.
Luego de una semana de asistir, el nuevo pastor me dijo:
-La hermana Briseida entregó el apostolado. Supimos que se encontró por
accidente a un hombre al que ella había condenado al encierro por más de veinte
años y no pudo con el pasado. Tuvo un proceso pero ella optó por buscar el modo
de liberar a ese hombre. Se corrompió y cayó en lo más bajo para lograr sacarlo.
Cuando lo supo libre se fue a su pueblo en Michoacán. No hemos vuelto a saber
de ella.
Jesús alivia los pies cansados y ese viaje a Pátzcuaro valió un alivio de él.
Encontré a la hermana Briseida en el mercado vendiendo aguas frescas. No me
reconoció de momento.
-Véndame una de horchata.
-Sí, señor.
-Caray, está tan fresca que es como un río de agua viva.
Y volteó a mírame con atención. Abrió la boca, se tapó con ambas manos y corrió
calle arriba. Le di alcance con todo y que mi cuerpo ya no estaba para correrías.
-¡Perdóneme, perdóneme, perdóneme!
-Por eso he venido hasta acá, hermana Briseida, no a perdonarle porque sólo el
Altísimo perdona, pero sí a darle un abrazo y agradecerle mi liberación.
-Es lo menos que…
-¿A costa de qué?
-Le dije que Jesús rompería esos grilletes y…
-Mire dentro de usted, hermana. Mire adelante. Yo no le reprocho los veinte años
que estuve preso, solo le agradezco que como a Lázaro permitió mi liberación.
Cuando cumplí cincuenta años fui con mi esposa a Morelia de vacaciones. En un
cartel se anunciaba una lluvia de milagros en el estadio Iturbide. Entre los
predicadores estaba ella y otros más. Fui y alcé los brazos, canté con el alma y
sentí y vi milagros. Al final la busqué y ese abrazo eterno que me dio es algo que
llevaré por siempre en el alma. Muchas veces me he preguntado ¿Qué tan fuertes
somos para decir: “Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen?
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
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