-Papá, usted sabe que lo amo.
-¿Me amas? ¿Qué clase de tonterías son esas? Siempre has sabido que los
cariñitos para mi son puras mariconerías. Además, si así fuera me hubieras
evitado la pena de salirme mujercito y no varón como yo, como tu abuelo, como tú
bisabuelo.
-¡Tranquilo, papá, no haga esfuerzos!
-Esfuerzo el que hago para tolerarte frente a mí… ¡Lárgate, lárgate, afeminado de
mierda! ¡Doctora, doctor, alguien que me atienda!
-Papá, papá, sólo quiero autorice el trasplante de riñón para que salga de esta.
-¡Estás pero bien bruto si crees que voy a aceptar tu pinche riñón de mala suerte!
¡Prefiero morirme, Paulino, morirme a aceptar el órgano de un maricón!
Y mientras mi hijo Paulino salía llorando del consultorio llegaron algunos
enfermeros para atender mi llamado. Y sí, generaciones y generaciones de
hombres de campo rajándonos el lomo bajo el sol para que al final terminara
siendo yo el padre de un desviado.
-¡Quiero una prueba de paternidad, Obdulia!
-Tulio, el niño tiene siete años ¿Qué prueba quieres? Está cagadito a ti. Tus cejas,
el color de los ojos y hasta el lunar en la nalga, ¿qué más quieres?
-¡Siete años y mira las pendejadas que anda haciendo!
-¡Es solo un niño, Tulio, por Dios!
-Tú lo has dicho, ¡Niño, niño, varoncito, machito! Pero no, esa cosa camina raro,
sus pasito de brinquito y sus maneras de hablar no son de hombre.
La recepción del riñón fue favorable aunque hubiera pagado una fortuna por él.
Raymundo, el Gallero de Palaú, el ladrón más conocido en toda la Región
Carbonífera me lo había cedido. A un pelito de papusa de puta estuve de haber
llevado dentro el órgano de un jotón.
Apenas vi a Paulino con pulseritas y no lo pensé dos veces. Lo saqué de la
secundaria y lo envié a las minas de Hércules, lejos y dónde estuviera rodeado de
hombres.
-Vas recomendado, pero no para estar de flojo. Allá si harás lo que por naturaleza
te corresponde hacer, trabajar y trabajar.
Apenas lo tuve fuera de mi radar y la paz volvió a mí. Nadie más vería a un “rarito”
en mi casa. Sabía que entre más creciera la cosa se pondría más roja, así que sin
más le dije a Obdulia que le diera vueltas cada dos meses y evitar que viniera acá.
-Paulino se nos casa, Tulio.
-¿Qué? ¡Seguro con otro “marisco”!
-Ay, Tulio, qué bárbaro. Pau ya tiene veinticinco años. Ya no es el niño que viste la
última vez. Años han pasado y ni una foto has querido ver de él. Estamos viejos,
Tulio. Te morirás amargado y sin ver a tu hijo. Siempre lo juzgaste mal, y aunque
él hubiera optado por casarse con otro chico, yo, como su madre respeto su
decisión.
-¡Pinche tapadera! De no haber sido por mí, ese cabrón hubiera terminado siendo
la vieja de todo los cabrones del barrio.
-¡Entiende, necio! Juzgaste mal. El león cree que todos son de su condición.
-¿Estás diciendo que soy marica?
-…
-No me salgas con pendejadas, Obdulia. Siempre te he demostrado que soy un
verdadero macho.
-Ay, Tulio, mejor no le muevas…
Enfurecido me le fui al cuello a esa mujer que había compartido conmigo casi
treinta años. La tumbé al piso, le propiné tres puñetazos y la mandé a la cocina
para que me hiciera de cenar.
Apenas abrí los ojos por la mañana y encontré mi cama vacía, mi último lonche
sobre la mesa junto a mi casco y un escrito hecho de prisa que a la letra decía:
“Escupiste al cielo, viejo. Cuando empezaste a maltratar a Paulín no supe qué
hacer y le pedí consejo a mi suegra, que en paz descanse. Tu madre me dijo que
te entendiera, que habías tenido una infancia difícil. Claridosa me contó lo que te
hiciera el sacerdote aquí en Palaú y de cómo años más tarde y de eso no hace
mucho, no sé qué tanto le hiciste a dos monaguillos en Viesca. Te salvaste porque
ni chance les diste para encontrarte. Todo me lo he callado y tú has vivido odiando
lo que fuiste, eres o sabrá Dios si seguirás siendo. Apenas supo nuestro Pau que
estabas que te morías, viajó de lejos para salvarte la vida y tú nomás lo echaste
del hospital. Que lo que te reste de vida sea para arrepentirte de lo que nos has
hecho”
Temblando, sudando y haciendo bola el recado, lancé el lonche contra la pared,
tomé el casco y me fui a la mina.
Dejé de ser yo porque así nomás como así mi pasado se me había venido encima
de golpe. Y ahora ahí estaba, con un riñón nuevo y la posibilidad de una vida más
prolongada, pero sin mi esposa.
Las noches se me volvieron un infierno recordando mi agria actitud contra mi
mujer pidiéndole recordara, le rascara al pasado, que viera si acaso en su
genealogía hubiera existido en algún tiempo remoto algún mariposón que hubiera
acarreado, con sus genes malditos, la desgracia nuestra… cuando supe que mi
mujer sabía todo cuánto me había pasado en mi niñez creí que vivir para mí era
ganancia. Merecía todos sus desprecios, pero ella no lo había hecho. Había
peleado la buena batalla soportando mis estupideces, culpando a su sangre de lo
que yo llamaba desgracia y sin querer aceptar que todo el odio que guardaba era
por mí mismo.
Mi camino hasta Torreón donde sería la boda de Paulino fue de puro llorar
amargamente. Sudado y mal fajado llegué a la boda en cuya entrada estaban los
novios. Sus sonrisas lo decían todo. Mi mujer y los padres de la chica estaban
felices y yo, que debía estar ahí, con ellos, solo miraba aquello como algo que me
era prohibido. Y pasaron junto a mí sin reconocerme bajo una lluvia de arroz y
pétalos blancos. Busqué el momento para acercarme y pedirle perdón, hablarle de
mi pasado y de todos los horrores que había sufrido.
Y cuando decidí tomar mi lugar, hacer remedio, curación a mi pasado, un guitarreo
silenció todo. Un sacerdote joven pasó junto a mí, me tomó del hombro y me dijo:
-Con permiso, Señor Tulio, bendeciré a los novios-, y pasó de largo.
Con mis pies claveteados al suelo, no podía creer que aquel otrora monaguillo al
que había obligado a estar conmigo fuera a casar a mi hijo. Algo tan indigno no
podía estar pasando. Aquello era algo sagrado y un maricón no lo perjudicaría. Y
decidido a pararlo di un paso adelante, pero dos brazos fuertes me obligaron a dar
dos pasos atrás y otros muchos más rumbo a la cárcel.
Jamás volví a ver ni a mi esposa ni a mi hijo. Sigo encerrado en el penal y todo por
mi intolerancia. No volví a tocar mujer en mi encierro, pero apenas se enteraron
los internos de los abusos contra los monaguillos en Viesca y me convertí en
mujer de todos. A mis cincuenta y siete no aprieto ni los puños, me cago porque
mi esfínter perdió sus fuerzas y no soy más que una funda para quien desea
desfogar sus inmundos deseos…
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE





