La pluma del viajero

0
20

“De Retache”

-¡Ya, Camilo, ya te di lo que querías! ¡Déjame ir a casa, por favor!
-¡Miren al mariquita, lloretas, tilico y de pilón jodido.
-Ya déjalo, Cam. La mujercita está que tiembla de miedo.
-¿Lo defiendes, pendejo? ¿quieres que también te de en tu madre?
-Ya lo madreamos, le quitamos su dinero, café y lonche, ¿Qué más le podemos
hacer? Dejémoslo ahí tirado donde está.
-¿Te digo qué más le podemos hacer?
-…
La mirada de Camilo Sifuentes, tan ardiente como era se clavó en la cara fría e
incrédula de Tavito Rocha.
-Y lo harás tú.
-No mames, Cam. Una cosa es chinguetearse a un compañero y otra matarlo.
Matarlo, caray, la palabra así de solita me ensombreció el alma, me secó la lengua
y me acalambró las piernas.
-Toma.
-No lo haré, Camilo. Somos camaradas de desmadre pero apenas tenemos quince
años, ¿Quieres morir encerrado?
-Sólo atrapan a los pendejos, y pendejos no somos, ¿O tú lo eres? Así que, toma,
esta navaja tiene tanto filo que de un piquetito este wey quedará más tieso que
una piedra. Lo enterraremos en la colina y ni quién lo eche de menos.
-No lo haré, Camilo, y hazle como quieras.
-¡Che mariquita de mierda! Entonces los mataré a los dos.
Tavito era moreno, alto, fornido, ojos orientales y cabello Marley. Siempre tuvo
buenas notas y no era de pugna. Le hacía segunda a Camilo para sentirse
protegido porque malo no era. Podía ver en su rostro la misericordia que sentía
cada que Camilo lo obligaba a maltratar a otros, entre esos, yo. Cuando vio a
Camilo venírsele supo que era momento de decisión y su decisión fue sacar
fuerzas y defenderse.
Camilo, rabioso y de tez amarillenta y pecosa sabía lo que hacía y tan diestro dejó
la hoja ir en pleno hombro de Tavito. Inconforme le dejó caer una roca en la
cabeza dejándole exhalar un leve quejido.

Llorando y tartamudeando lo vi venir contra mí. Un navajazo en la cabeza, otro en
un costado y un último en la pantorrilla me dejaron desangrando y sin sentido.
Esa es mi historia de supervivencia víctima de un “Hijo de papi” que lo tenía todo y
que se divertía haciéndoles la vida de infierno a los que tenían poco. Si cuento
esto es porque sobreviví al ataque. Y el sobrevivir no me hizo valorar la vida
porque ya desde antes la valoraba. Y lo hacía porque tenía unos padres presentes
y hermanos amistosos. Me callaba el maltrato por miedo, por el horror de ver
cumplidas las amenazas de Camilo contra mi familia.
¿Por qué el cinco de julio es importante para mí? Porque ese día me reencontré
con Camilo. Yo no lo hubiera reconocido si él no lo hace primero. Me tocó el
hombro, me volví y se presentó.
-Seguro te acuerdas de mí.
-Caray, no mi amigo, pero igual refréscame la memoria.
-Haces bien en no recordarme.
-Soy malísimo para memorizar rostros, pero igual dime, no pasa nada.
-Camilo Sifuentes.
Su nombre cimbró al momento todo a mi alrededor. Mis trabajadores me miraron
perder el color y hasta me preguntaron si todo estaba bien.
No necesitó ni necesité que me dijera o yo le peguntara qué hacía ahí. Yo había
sido contratado para reparar unas rejas metálicas en el reclusorio y ellos estaban
en hora de visita familiar.
-En un par de meses salgo. Treinta años aquí y haberme entregado a Jesús me
han hecho ver las cosas de otro modo.
-Mira, eso es bueno. Tengo buenos recuerdos tuyos- le dije levantándome la
playera y mostrarle la cicatriz en la espalda.
-Eres resistente, pero no tienes para qué traerme al recuerdo mi pasado.
-El pasado arrastra consecuencias, Camilo. Hay cosas que dejaste pendientes
afuera.
-Caray, veo que eres de los muchos que prefieren verme encerrado que libre.
-No tengo por qué dudar de tu cambio, solo digo que muchas decisiones del ayer
seguirán cimbrándonos el resto de la vida. Depende de cada quién si intenta
resolverlas o no.

-Agarraste buen trabajo.
-No terminé ni la primaria porque las heridas que me dejaste me tuvieron en cama
mucho tiempo. Pero aprendí el oficio de un tío y ya tengo mi compañía.
-Al menos tienes algo, alguien. No me espera nada ni nadie allá afuera.
-Ni yo. Ya han pasado cuarenta años de aquello, nunca me casé, mis hermanos
migraron, mis padres murieron y sólo vivo con un amigo. Pero qué raro, decías
que lo tenías todo y un papá muy rico.
-Ellos siguen siendo ricos. Hasta mi propia madre renunció a mí, y la entiendo.
– No te será fácil sobrevivir afuera con tu historial, pero el Jesús que te has
inventado para calmar la conciencia de tus delitos puede que te ayude.
Me alejé de él pero él no de mí. Toda la semana que duraron los trabajos lo
descubrí observándome. Esa maldita mirada que cohibía y que no había logrado
olvidar. Era un pendejo declarado y no lo decía yo, eran sus propias palabras
llegándome desde mi infancia. Su declaración a Tavito de que sólo a los pendejos
atrapaban estaba ahí y me daba gusto. Los monstruos no debían estar
encerrados, sino muertos. Su presencia era apabulladora, colosal y molesta. Me
cuidaba porque esa bestia podía actuar en cualquier momento. No creía nada sus
convivencias jugando básquet, baraja o predicándole a un grupo de delincuentes.
¿Cómo era que nadie lo había matado en la cárcel?
Un martes primero de septiembre tocaron a mi puerta. Era Camilo y otro hombre
vestidos de traje y con un maletín en mano. No eran de cobranza alguna, sino
predicadores. Pretendían que los dejara entrar, pero les dije que no creía en Dios
y que siguieran su camino. Cuando el compañero de Camilo advirtió a alguien en
silla de ruedas dentro de la casa, me pidió darle una bendición.
-No creo en charlatanerías. Si Dios existiera, no hubiera permitido que un
monstruo me atacara y me quitara un riñón y que a este hombre lo dejaran con
medio cuerpo funcionando.
El hombre me miró con compasión.
-Lo lamento tanto. Soy visionario y Jesús me está haciendo sentir que ha
castigado al culpable. Usted debe perdonar para ser redimido.
-¿De verdad lo cree?
-Testifico de ello.
-Que me lo diga su “Hermano Camilo”, que fue quien puso a este hombre que he
cuidado por años, en esta silla.

Camilo miró a Tavito con asombro y su semblante cambió drásticamente. Dio dos
pasos atrás y salió de casa.
Gracias a Dios no volví a saber más nada de ellos por un buen tiempo.
-Tengo qué pagar-me dijo Camilo una tarde que nos encontró en el parque-déjame
hacerlo. No vengo en nombre de Dios ni de ningún santo, vengo en nombre de
Camilo Sifuentes.
-El puro nombre no te deja bien parado.
-Entiendo tu furia, yo estaría igual.
-Desaparece y acepta que eres un vómito del peor de los monstruos.
Entonces Tavito gimió. Años sin hacer ninguna expresión y de pronto estaba ahí,
intentando decir algo a como podía. Camilo se arrodilló y llorando le pidió cientos
de perdones. Tavito intentaba mover los brazos y vi en ello una respuesta
inequívoca a lo que podía pasar. Con ayuda de Camilo lo llevamos a valorar y a
tener la esperanza en que al menos podría recuperar un poco su movilidad.
El milagro se dio cuando del balbuceo pasó a exhalar expresiones cortas, a
señalar esto o aquello, a caminar torpemente en andadera y a medio sonreír. Las
terapias a las que le apostamos todo empezaron a dar resultados. Parecerá un
chiste pero Camilo terminó viviendo con nosotros cuando los del templo lo echaron
cuando no quiso predicar más para ellos. Me costó trabajo aceptarlo, pero había
hecho tanto por Tavo que tuve que creer en base a los hechos que ya no era el
mismo.
El por qué terminé cuidando al Tavo, es otra historia, pero de que los designios de
ese ser en el que no creía pero que Camilo me enseñó a creer, eran misteriosos,
de eso no quedó duda. El malnacido que nos arruinó la salud terminó cuidándonos
hasta el final, y digo que hasta el final porque yo ya no funciono bien con mi único
riñón y él siempre está aquí, atento, medicándome, llevándome a la clínica sin
descuidar en nada a Tavito. Dios es grande y de eso no me ha quedado dudas.

AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO.
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor

Mantente informado las 24 horas, los 7 días de la semana. Da click en el enlace y descarga nuestra App!