La Pluma del Viajero

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Doña Carmelita

Apenas salimos del banco y le dije a mamá, Espéreme aquí, déjeme ir por agua.
Mamá tenía cincuenta años, pero su enfermedad la hacía ver de noventa.
La verdad olvidé por completo que la había dejado sentada en esa banca a un
costado del templo y me fui a vivir la vida. A mamá no le restaba más que un mes
de vida, según los médicos, y eso lo sabíamos todos mis hermanos. Siempre
creyeron que por mi cara de pendeja se burlarían de mí, pero no fue así. Harta
estaba de atenderlos todas la fechas especiales pues eran unos tacaños que sólo
llegaban a devorarlo todo. Odiaba a mis sobrinos pero tenía que poner mi cara de
felicidad para que mis hermanos no se ofendieran. Apenas les dije que mamá
estaba enferma, todos desaparecieron, pero yo, dolida, me puse a arreglar todo.
Bendita mi madre que sabía lo que tenía porque sus huellas fueron suficientes
para dejar todo a mi nombre. Lo cierto era que a mí me habían recogido de la
basura y no era su hija, pero había vivido ahí desde bebé.
Nunca fui la favorita de mamá, pero sí la taradita que hacía todo. Yo sabía que un
día tendría mi recompensa por eso cuando mis hermanos quisieron echarme
abogados, ya todo estaba vendido. Las tres casas de mamá ya estaban habitadas
por nuevos inquilinos, había traspasado talabartería y había vendido los doce
caballos que mamá cuidaba celosamente.
A los siete años alguien me contó que mamá no había muerto y que seguía
vagando por el pueblo donde la había dejado. Tonta no era, por eso todos los
trámites los hice en un banco lo bastante lejos de mi ciudad. Cosa rara, ni mis
hermanos se habían ocupado en buscarla.
Luego de aquel chisme me olvidé del asunto, pero cuando volví a Pihuamo por un
asunto de trabajo, vi a mamá en harapos, platicando con las palomas y
contándoles lo mismo que me contaba a mi todos los días… pero qué carajos, olía
a horrible y sus dientes habían desaparecido. Ni yo me lo creí, pero sentí lástima
por ella. Eso me llevó a comprarle una torta y dársela. Me la aceptó sin mirarme.
Comenzó a comerla con voracidad tirando más de la mitad al suelo.
Sentada en una banca la miré ir de un sitio a otro hasta finalmente terminar bajo
un árbol tapándose con el pestilente cobertor que cargaba.
No sabía qué me tenía ahí, pero ahí estaba viéndola conversar con los gatos.
Curiosa me acerqué.
-¿Cómo se llama usted, señora?- pregunté para asegurarme que no supiera quién
era yo.
-Carmelita, me llamo Carmelita.
-¿De dónde es? Nunca la había visto por aquí.

-De Machala, pero mi hija me dejó aquí.
-¿Su hija?
-Sí, mi hija Rosalinda.
-¿Pero por qué la dejó?
-No sé, solo me trajo al banco y me dejo aquí. Se llevó todo mi dinero, pero eso no
importa. Yo la quiero a ella.
-Pero ella es mala, ¿Para qué la quiere?
-Porque es mi hija.
-¿Y no tenía más hijos?
-Sí, bueno, no son míos, yo los crie, sólo ella es mi hija.
Tal revelación me dejó fría, pero mamá estaba enferma. Nada de lo que decía
podía ser real.
Dos días fui a verla y al tercero me la llevé a mi departamento. Ahí la bañé, vestí y
comimos hasta hartarnos.
-¿Por qué me ayuda, señorita?
– Es de buenos cristianos ayudarnos. Le gustaría quedarse a vivir conmigo. Vivo
sola y me haría bien su compañía.
-Me gustaría, ¿pero si mi hija vuelve y no me encuentra en la plaza?
Me dolía que no me reconociera, pero al mismo tiempo lo agradecía pues, de
saberlo, sabría que era un monstruo por haberla abandonado a su suerte…
bueno, ¿Realmente debía sentirme como un monstruo?

AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor.

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