A empujones metí la llave oxidada en la cerradura, empujé la puerta con el
hombro y entré en casa de las machorras. Salva de Dios y a sabiendas que aquel
rincón había sido un caldero del pecado, no había otra cosa en mi cabeza que
destruirlo todo. Tía Mamba y tía Caye habían sido para mí y desde que me había
entregado a Cristo, un par de mujeres que vivían de sodomizarse y entregarse a
los pecados mas asquerosos.
-Duele, pero es un dolor engañoso.
-Pero son mis tías, pastor.
-¿Sabías que ese “Pero” saliendo de tu boca es una duda contundente a la
voluntad de Jesús?
-Es que siempre han vivido ahí, pastor.
-Hermana Trudis. Es sencillo. Dé al César lo que es del César y a Dios lo que es
de Dios. Si esa propiedad es suya y sabe que el rebaño que pastoreo no tiene
cobijo, está en sus manos protegerlos.
Cuando mamá se envenenó por amor, en Villa Agujita, mis tías se encargaron de
cuidarme. Tía Mamba era la hermana de mamá y había conocido a Caye un día
de feria en Cloete. El flechazo había sido tan certero que según lo contaban ellas,
a las dos horas de haberse visto en las tazas locas ya habían decidido compartir
su vida. Nunca vi rara esa relación. Se amaban profundamente y no cabía duda
que el amor se materializaba en ellas. Eran el servicio andando y nadie en el
barrio les tenía sentimiento adverso, al contrario, cuando llegaron a la vejez les
tocaban la puerta para ver si no necesitaban algo.
A mis treinta y cinco años Jesús tocó a mi puerta y yo, necesitada de su magma
bendita me entregué a él. Mis tías estaban contentas porque nunca habían
logrado que yo saliera de casa. Se me había ido buena parte de mi vida estando
con ellas, viendo televisión, leyendo libros y aprendiendo manualidades.
-Anda, Gertrudis, ve y has amigos. No lo sabes, capaz que hasta el hombre de tu
vida está ahí.
-¡Ay, tía Caye, claro que no!
-Algo has de encontrar, mija. Empápate de Jesús y si te va bien, también a
nosotras nos iluminará.
Y Jesús me tocó. De ser una ermitaña pasé a ser una mujer de vestidos largos,
buena para memorizar escrituras, darle duro al pandero y que por ser de las
mejores voces en la adoración, terminara al frente del coro Emaús.
-No pueden entrar- les dijo el pastor a mis tías en la celebración de “Los siete
candelabros”.
-Son mis tías, pastor. Bueno, mis madres. Ya le conté que me criaron desde bebé.
-Y esta es la casa de Dios, Gertrudis. No porque seas un excelente miembro de
nuestra congregación puedes violentar la pureza de este recinto.
-¿Pero qué han hecho ellas, pastor?
-Fornicado, han fornicado por años, hermana Trudis.
-¿Qué?
Esa tarde canté sin voz, escuché el mensaje de salvación sin querer ser salva y
dudé si Jesús en realidad me había tocado. Me había podido ver a mis tías irse
con los ojos llorosos mientras yo, de pie y al lado del pastor no había hecho más
que asentir a lo que él decía.
Ya en casa ellas me hicieron entender que no pasaba nada, que fuera feliz porque
ellas juntas ya lo eran. Sus palabras me dieron consuelo.
El Domingo de Resurrección el pastor dio aviso de que seríamos desalojados del
predio en el que por más de diez años se había elevado clandestinamente el
templo.
Mi adhesión a Jesús nunca fue a medias tintas. Vivir en pureza fue una meta tan
rígida que solía leer la Biblia hasta cuando estaba en el baño. Mis duchas eran de
prisa para no tocarme de más y despertar el cuerpo a deseos impuros. Comencé a
ver los demás con asco porque de verdad eran eso, vómitos del Diablo. Desde el
momento que no tenían a Cristo en sus vidas, los convertía en almas perdidas.
-Tías, Jesús me ha dicho que no debo seguir viviendo en el pecado.
-¿Cómo, hija? ¿Qué has hecho?
-Yo nada, pero ustedes viven en pecado, tía Mamba y corro peligro al estar aquí
con ustedes.
-¿Estás tratando de decir que te irás de casa?
-No, tía Caye, ustedes se van.
Y sin esperarlo ellas puse frente a sus ojos una carta de desalojo.
¿Qué es esto, Trudis?
-Soy mayor de edad y siempre supimos que alcanzada esa edad esta casa era
mía.
-Pero nadie te la está quitando, hija.
-Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. El César dice que por ley
es mi casa y Dios por su lado, quiere que lo adoremos aquí… así que tienen dos
meses para salir. Apenas quede vacío trabajaremos en meter todo el mobiliario
del templo aquí.
Inconmovible vi a mis tías abrazarse y llorar desconsoladamente. Mi Jesús me
había hecho tan fuerte que al ver a dos pecadoras llorando, no me era nada.
Lo que más me encantó fue que las aguas de El Mar Rojo se abrieran gracias a
mis oraciones de fe. Mis tías no pusieron resistencia y a la semana estaban
camino al asilo que el pastor había logrado conseguir para ellas.
-Si Cristo Jesús la viera a los ojos, hermana Gertrudis, sería transfigurada en algo
sagrado. Y me atrevo a decir que para eso no le falta mucho.
-Gracias, Pastor. Jesús me ha dado tanto que poner a su disposición lo material,
es lo menos. Usted me ha permitido estar en su casa por más de dos meses y eso
es mucho.
-Si usted será mi diaconisa mínimo debo ofrecerle mi casa.
-¿Cómo? ¿Su diaconisa?
-¿Duda de su pureza?
-No, ser célibe es un honor.
-Serás mi quinta diaconisa, pero no por ello menos importante- y me tocó la cara
con suavidad- y recuerde que en lo material hay comodidad. Ya ve, hace unos
días todos estábamos arrodillados en el suelo suplicándole a Jesús nos ampara, y
miré, hermana, Jesús la iluminó y ahora tenemos lugar para el templo.
-¡Gritemos, Jesús puede, Jesús es poderoso, pastor!
-¡Amén, amén y amén!
Al día siguiente entré en casa. Qué diferente se veía todo. Dos meses en casa del
pastor me había abierto los ojos a la luz y ver las fotos de mis tías por doquier me
daba asco.
En dos horas vacíe la sala, el baño y lo que había sido mi habitación. La casa era
grande y de cuando en cuando me detenía a visualizar dónde pondríamos el
púlpito, dónde construiríamos la pila bautismal, el aula de los niños y la de los
jóvenes. En eso estaba cuando sentí unos brazos fuertes apretujándome la
cintura. Al volver mi rostro descubrí al pastor.
-¡Pastor, me asusta!
-Qué le asusta, hermana, si en una semana seré su Señor… pero si le incomoda,
perdón, me disculpo.
-No, pastor, cómo va a creer.
-Hermana, Gertrudis, pasé de rápido para traerle este documento en el que usted
está de acuerdo en que aquí sea casa de adoración. Estas prisas me traen loco.
-Oh, sí, pastor, claro que sí- y le extendí mi firma.
-¿Necesita ayuda, hermana? Le puedo mandar a los muchachos.
-Cuando tenga todo listo le aviso para que me ayuden a subirlo todo.
-Oiga, hermana, ese cabello suelto y su piel sudada la hace ver como aquellas
israelitas que cargaban sus cántaros caminando desde lejos. Se ve hermosa.
Lo vi entonces desabrochando su camisa. Atónita y nerviosa lo vi desnudarse sin
entender qué significaba aquello. Jamás había visto a un hombre desnudo y él lo
sabía. Acercándose me besó suave y sus dedos duchos a desabotonarme el
vestido. Ver mis pechos nuevos y bien alzados lo encendieron tanto que sus
manos comenzaron a viajar por todo mi cuerpo. La soledad de aquellas paredes lo
permitían todo.
-Pastor, pero esta será la Casa de Dios.
-Lo será, aún no la consagramos.
Y entre jadeos y apretujones sentí a la bestia entre mis piernas. Era una mezcla
de gratitud de estar con el elegido de Jesús y al mismo tiempo deshonrada por
hacer aquello sin la ceremonia correspondiente. Él gozaba, pero yo no, y en eso
de que la lengua del diablo intentaba entrar en mí, alcancé a leer en el documento
una línea que decía:
“… por ello cede los derechos de la propiedad al ciudadano Mateo Abimael,
Cervantes Garcés”
Aquello no tenía nada qué ver con lo que él me había dicho. Y en un momento de
terror y saberme vulnerable ante un peligroso estafador, me enderecé, me subí los
calzones, me ajusté los cordones del vestido, rompí en pedazos el documento y le
pedí que se fuera, que necesitaba orar.
No volví a orar. Tampoco volver a templo alguno. Esa tarde noche me eché a llorar
en el suelo como jamás lo había hecho. Entré al cuarto de mis tías que era el que
me faltaba vaciar y ahí terminé por destruirme. Fotos y más fotos junto a ellas.
Imágenes en fiestas, viajes a Guadalajara, Torreón, Tlaxcala. Paseos al río,
cumpleaños. Mis primeros pasos, mi andar en bicicleta, patineta. Mis saltos a la
cuerda, mis caídas en el bebeleche y claro, todos mis reconocimientos de
aprovechamiento. Jamás había visto a mis tías como monstruos asquerosos hasta
que me presentaron a Jesús. Entonces me sequé las lágrimas y trepé la bicicleta
en la que pedaleaba tres kilómetros cada día para llegar al templo. Habían pasado
dos meses que no veía a mis tías y el asilo quedaba del otro lado de la ciudad.
Tía Mamba estaba ahí, en una silla de ruedas, en una esquina y en una postura
de plátano maduro, encorvado y casi podrido. Su mirada estaba cavada en el
suelo y entre sus manos una medallita de tía Caya.
-La señora Arcadia murió hace una semana- me dijeron las encargadas- desde
entonces hemos batallado con la señora Mambalia. No come, no convive. No
quiero ser pesimista pero morirá pronto. Eso es muy común aquí.
Caminé en su dirección y al ver mis pies alzó perezosamente su cabeza. Sus ojos
estaban hundidos y sus labios escoriados. Caí de rodillas maldiciéndome por
estúpida, por creer que Jesús detestaba a ese par de mujercitas que lo único que
habían hecho era cuidar de mí, amarme, darme absolutamente todo. Me recordé
dándole mi virginidad al mismísimo demonio vestido de pastor, y con todo y que no
había logrado su propósito, me sentía una puerca… ¿Pero ella? Yo le había
quitado al amor de su vida. Tía Caya no había soportado la desilusión y un paro
cardíaco se la había llevado… ¡Tía, tía, tía Caya! ¡Ay, nooooooo, tía Caya,
perdóneme! Y así fueron mis clamores por mucho tiempo ante la mirada triste y
silenciosa de tía Mamba, esa tía que jamás volvió a hablar y que se me murió al
mes en su cama, de ladito y con una foto arrugada entre sus manos.
La encontré endurecida al amanecer. La ventana estaba abierta y las cortinas
flotaban rozando su cuerpo inmóvil. En el marco de la ventana estaba una de las
gallinas coloradas comiéndose un grillo y cosa curiosa, me di cuenta que en una
de las esquinas del cuarto había un nido de golondrinas.
Le abrí las manos y tomé la foto. En ella aparecíamos las tres trepadas en una
carreta cargada de calabazas. Tía Mamba siempre hablaba de ese día de cosecha
como algo bonito, y seguro lo fue.
“Quitemos pétalos a los girasoles, juguemos al Me quiere no me quiere” decía tía
Mamba… pero yo me echaba a llorar cuando caía en que alguna de ellas no me
quería… y ellas habían llorado mucho cuando les grité:
“¡Cómo las voy a querer siendo lo asquerosas que son? ¿No entienden que están
en pecado? ¡Ser machorras las llevará al infierno, tías! Arrepiéntanse antes que
llegue el día final!… Y llegó el día final, pero para mí.
El día del entierro de tía Mamba, diluvió. Una mujer me tomó del hombro y me dijo:
¿Qué hace usted aquí? Todos los vecinos visitamos a doña Mamba y Caya en el
asilo y nunca te vimos ahí. Hija malagradecida.
Y salí corriendo del lugar arrastrándome entre las tumbas, vomitando mi miseria,
asqueándome de mi misma. Juré odiar a Jesús para siempre, vivir sola hasta
podrirme… y no me he podrido. Tengo años deshojando, no girasoles, sino la
maldita Biblia. Tengo años empacando aquí en Súper Gutiérrez recibiendo
centavos, centavitos y miradas desdeñosas de gente que me ve como una
miserable… Jesús me debe una disculpa por haberme puesto en manos de ese
miserable… ¿Qué soy? ¿En qué terminé?
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
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