A LA MALA
La buena escuela viene de casa, por eso desde los dos años mi Calambres
aprendió la resistencia en todas sus expresiones. Era de la colonia Sarabia en
Sabinas y la palabra cobardía no existía. Atanasia me odiaba por cómo trataba a
su hijo, pero si ella quería estar conmigo con todo y chamaco, este último debía,
mínimo, atenerse a la vida tan distinta que llevaba con los apretados de sus
abuelos paternos quienes lo tenían.
Si naces hombre, debes aprender a ser macho, defender lo tuyo, tener lo propio y
si no lo tienes, quitárselo a quien sí lo posee y no lo merece. Yo no lo sabía, pero
los calambres que le resultaron a mi Calambres a los diez años fueron el resultado
de las horas que lo dejaba parado encima de las barras de hielo a sus tres años.
Sus pies debían ser resistentes, por eso, hacerlo caminar sobre comales, vidrios,
hielo y hasta veredas con chancaquillas debía tener un buen resultado. Dejarlo sin
comer, sacarlo a la intemperie cuando el granizo o mandarlo a traer leña sin
chamarra en pleno invierno, lo curtieron a la perfección. A sus doce le llevé a la
Mariscala, la puta más redomada del California en Sabinas. Esa no sólo le sacó
hasta la última gota de placeres, también le quitó lo acalambrado del cuerpo y lo
atolondrado de su alma. Cuando el Raidolito, relojero del Callejón del Carmen me
lo pidió para un rato de desfogue se lo presté a cambio de un par de azadones y
una pala. “El cuerpo te saca de apuros, Calambres” y sí, la venta de esas
herramientas me permitieron comprar cheves para la reunión de jueves con mis
amigos.
Le enseñé a defenderse a base de chingazos. Aprendió a usar cualquier arma
punzocortante y hasta de fuego. Lo obligué a empinarse hasta la mas fea del
barrio porque, como le dije, “Si un cabrón de otro barrio va a venir a chingárselas,
primero nosotros que son nuestras”. Enseñarle de todo fue una misión de
padrastro que me aventé sin arrepentimientos.
Un día simplemente se me desapareció y supuse que el chamaco se había ido a
poner en práctica lo aprendido. Me sentí orgulloso aunque Atana me mentara la
madre. La callé de una madriza y dejó de molestarme. Me enfurecía que me
reclamara luego de que había entrenado a su hijo para la vida.
El día de mi cumpleaños en el Casino Aurora se apareció con casi treinta años
encima, cara de angelito, cuerpo atlético y un auto que fue la envidia de todo el
barrio. Llegó al salón desatando suspiros y admiración. Miré a Atana y le dije:
-¿Lo ves, pendeja? Eso es lo que quería fuera tu hijo, todo un macho, como yo.
Escoltado por otros dos abrazó a su madre llorosa y me dio un cachazo que me
dejó tirado a un lado del pastel. Asustados, los invitados intentaron salir pero él ya
tenía todo planeado. Cerró puertas y se centró en mí.
Me arrastró al centro de la pista, bajaron la cuerda que se utilizaba para las
piñatas, me ataron las piernas y me elevaron.
-¡Qué siga la fiesta, que siga la música, a bailar, cabrones!- gritó.
Amedrentados, mis invitados entraron a bailar “El baile de la tortuga” mientras que
Los Barrón tocaban atemorizados. Mi cuerpo pendía aterrorizado esperando el
desenlace. Y vino lo peor. Me mandaron desvestir hasta dejarme en cueros y bajo
amenaza que nadie dejara de bailar.
-¡Dejen de tocar pendejadas y canten “El hijo de sú”!
Obediente, Alejandro, vocalista, atendió la solicitud. Cuatro
hombres enormes y grotescos me tablearon hasta el cansancio, incluso él, tan
indolente como yo mismo le había enseñado a ser, pidió me bajaran, me llevaran
al bar y me metieran a la hielera. Mandó llenaran con hielo y que nadie me sacara
de ahí en las próximas tres horas. El baile siguió, también la comilona. Los
invitados sólo querían irse y yo que terminara la pesadilla. Enteramente morado
me llevaron arrastrando hasta la pista para volver a colgarme de los pies.-¡El señor Filemón, que todos ustedes conocen, hoy cumple años. Él no me dio la
vida, por el contrario, se la quitó a quien me la dio echando su cuerpo a la laguna
de oxidación en Rosita, enseguida me quitó la mía a base de putizas. Ahora me
toca festejarlo pidiéndole me devuelva poquito de lo mucho que me arrebató. No
quiero su dinero, sólo su dolor.
Y enseguida me rebanó una nalga, me tasajeó los costados y finalmente me cortó
la lengua ante la mirada aterrorizada de quienes bailaban obligados “Manuelito
Barrios”
-¡No se asusten, señores, no duele por lo congelado que está!- decía mi entenado
con un micrófono en mano-Y lo confirmo porque él me golpeaba los pies luego de
horas sobre una barra de hielo… ¿No sientes nada, verdad? ¡Diles a todos que no
sientes nada, cabrón… ¡Bájenlo!
Y me arrastraron a un patio exterior en el que desnudo y frente a mí, detecté al
momento sus intenciones. Sólo estábamos él, yo, y el destino.
-Y bien, Filemon, porque no estará esperando que lo llame papá, ¿Cierto? Usted
me entregó a quien quiso. Me convirtió en puta de todos a cambio de cigarrillos,
palas, cerillos y hasta llantas pa la carretilla… ahora lo haré mío a cambio de nada
y por el puro gusto de divertirme. Tengo el poder, tengo la plaza, tengo el coraje, la
falta de miedo y de sentimientos. Soy lo que tú quisiste fuera y aquí me tienes…
¿Te gusto? Seguro te parezco guapo ¿Por qué esa mirada? A mí no me engañas,
siempre supe que se te aflojaba la reversa de cuando en cuando. Te gustaba ver lo que me hacían mientras te tocabas, así que, bueno, ahora me tendrás para ti
solito.
Lo que vino después quedó registrado en el libro de la deshonra y en lo más
hondo de mi cavidad natural de drenaje.
La ingratitud tenía nombre: El Calambres. Le había enseñado a ser autosuficiente
y ¿Así me pagaba?
Mi cuerpo desvirgado, herido de muerte y desnudo fue arrojado en la
pista. Todos bailaban “Levántate vivorón ” a mi alrededor y a punta de pistola
mientras que el Calambres se bebía mi wiski y se tragaba mi barbacoa… ¿Cómo
podría llamársele a los hijos ingratos? Ni un pujido me había aventado para traerlo
a la vida, pero con todo y eso lo había pulido para que enfrentara al mundo. Cómo
ha cambiado todo. Ahora los hijos no agradecen el que uno intente ajustarlos a la
realidad.
El Calambres no me quitó la vida, me tiene aquí, en El Gato Negro, una cantina de
mala muerte y tirado a un lado de la barra. Algunos me lanzan monedas, otros
pisotones y los más crueles suelen llamarme fenómeno. Pocos saben que soy el
padre del Calambres pero aunque lo supieran, él permitiría el abuso contra mí…
¿Cuándo me recogerá Dios? ¿Cuándo su misericordia caerá suave como un
lienzo sobre mí? ¿Cuál fue mi pecado?
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor
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