“Cayendo en cuenta”
Apenas murió mamá y todo cobró sentido. La casa se convirtió en el receptáculo del amor porque todo me hablaba de ella, todo, pero en particular la cocina. Ese lugar era su
imperio, un nicho sagrado en el que sólo se accedía cuando ella no estaba y siempre con la debida precaución de no mover nada y mucho menos romper por accidente alguno de aquellos muchos detalles que la embellecían.
Por muchos días miré por la ventana y al fondo del patio ese árbol en el que cada mañana mamá salía a colgar las jaulas de los canarios. Le había puesto nombre a cada uno y cosa curiosa, las avecillas parecían entenderla. Escuchar su canto mientras desayunaba se volvió mi acto más sagrado después de hacer yoga e intentar en esas rutinas,
conectarme con ella. Y de pronto estaba ahí, convertida en
toda una hortelana buscando en el mercado fertilizantes
porque eso era lo que hacía ella y era todo un deber
mantener ese jardín que rodeaba al árbol de los canarios,
lleno de vida. Deseaba a toda costa conectar con su espíritu
al clavar mis dedos en la tierra húmeda, al ponerle alpiste a
los pajarillos, rociar las plantas o limpiar a conciencia su
cocina.
La soledad y el dolor de no tenerla me convirtieron en un ser
solitario y triste. Leía con entereza Los Salmos y Proverbios
en la Biblia porque para ella era sagrado y necesario antes
de iniciar el día. De tres cucharadas de chocolate en la
leche pasé a una. “No es necesario tanto polvo”, decía. Pero
para mí era un gusto. Ahora ya no estaba y su deseo se
volvió mandamiento. Y sí, de pronto comencé a apreciar los
saleros, la azucarera en forma de gallito y hasta el diseño en
el mango de las cucharas y tenedores. Me parecía absurdo
el que desayunara sus panqueques con los cubiertos de
alcatraces y la cena con los de diseños de flor de lis. Así era
ella de detallosa, analítica y bellamente organizada.
Cuando sus ojos se comenzaron a nublar, sus piernas a
tornarse encleques y sus manos torpes, mi vida comenzó a
tomar un tono gris. Adiós a mis rutinas de fortalecimiento
espiritual porque obligada estaba a ver por ella. Mis
hermanas, Cuca y Artemisa simplemente se habían
desterrado dejándome sola y cargando cn una mujer que
desde que amanecía hasta que anochecía me requería.
Llegar a odiar mi nombre fue el resultado de una tortura y
abuso que no me correspondía, o por lo menos no sólo a
mí. “Cleo, mis pastillas, hija”; “Mis pantuflas, Cleo, las quiero
cerca, amor”, “Me toca baño, no se le olvide Cleo”; y así, hora
tras hora, día tras día, semanas tras semanas hasta
convertirse todo aquello en más de cinco años en los que
mis caminatas matutinas con mi perrita Cloe, mis lecturas de
Octavio Paz tomando café y mis sesiones de yoga quedaron
arrecholadas en algún rincón de mi ahora miserable vida.
Cuando el cuerpo de mamá por fin quiso dejar de ser
funcional, creí en Dios.
-Enterraremos a mamá con tío Claudio, Cleo, ¿Cómo ves?
-Me da igual, Cuca. Lo único que quiero es ponerla bajo
tierra y resucitar.
Las jornadas del dolor y previas al entierro se dejaron ver
cuando mis hermanas, sumidas en una enorme
desesperación, lloraban encima del ataúd. Gemían echadas
en ese cajón que yo había pagado y se ponían al pecho
gladiolos ajenos. Quienes nos acompañaban miraban
compungidos a ese par de actrices agonizantes. La fría era
yo mirando todo a distancia y sin expresiones. No era
necesario llorar porque mamá no me había dado
oportunidad de hacerlo. Su lenta enfermedad de los huesos
y la pérdida de su memoria me ataron irremediablemente a
ella. Tiempo para agarrar albums de fotografías y recordar
tiempos lindos, no había. Ellas, mis hermanas, iracundas se
reprochaban una a la otra cosas sin sentido en su intenlito
por poner a salvo su conciencia.
Años después y debido a una venta de banqueta, una mujer
se acercó para preguntarme sobre el precio de un viejo
cuaderno de notas. Cuando ella misma se dijo de qué era, lo
abrí , hojee y comencé a devorar toda una rostras de
pequeñas notas en las que expresaba su amor por nosotros.
Me volví adepta a ese cuaderno que se volvió una sana
costumbre de analizar sus pensamientos. Mamá nos amaba
pese a nuestros estúpidos arranques de inmadurez. Nomás
por eso digo que apenas mamá murió, pero tiempo después
resusitó para darnos nuestro merecido.
Mamá se ha ido pero sigo colocando su loción en mi ropa,
cocino lo que ella y hasta sus costumbres la tomé para mí…
Que mis hermanas se desterraron, cierto, pero ya no me
importaba ser una chica ejemplo del barrio, tampoco.. Hoy
no soy más que el ejemplo vivo de aquella mujer que un día
deseé muriera ya poder así ser libre.
Abri la ventana, volaron los canarios y al día siguiente los
encontré muertos en la ventana. Este era su hogar.
Y así, igual yo morí el día que mamá fue sepultada. Las
razones ya se las dije y las que no expresé son quizá las
que más me atormentan.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosresevadosindautor.
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