La pluma del viajero

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“BARBULIAS”

Apenas me enteré que había muerto la señora Betina, mamá de mi jefe, cancelé la fiesta de cumpleaños de mi esposa, le llamé a los empleados de la empacadora y les dije que a la de ya se vistieran de negro y desembolsaran quinientos pesos para arreglos florales.
Más de uno se me puso al brinco, pero la autoridad que tenía me ponía en posición de poderles decir que estaba en juego su pellejo como empleados si no me obedecían. Esa misma tarde ajusté en secreto el ahorro voluntario de los trabajadores y de a puro pellizquito de nóminas contraté al mariachi Voces de San Juan para que se hicieran presentes a la hora del entierro.
-¿Cómo a qué hora te desocuparás, Ernesto?
-Sorda no estás, Teresa. Si te dije que cancelamos el evento de tu cumpleaños es por algo importante.
-Amor, respeto el dolor de tu jefe, pero eso es ajeno a nuestras cosas de familia.
-¡Qué jodida egoísta eres, Tere, verdad de dios que sí.
Molesto la dejé con un palmo de narices porque traía un mundo de pendientes.
-¿Qué pasó, Neto?
-Señor, apenas me enteré. Créame que me puede el deceso de su señora madre. Usted sabe que…
-Ernesto, son las tres de la mañana. Dormido deberías estar. Mañana hay que estar al pendiente de todo en la empresa.
-Usted ni se apure por eso, señor. Ya me ocupé de todo y…
-Hasta mañana, Ernesto. Intentaré dormir un poco…
-¿Gusta le traiga un café o algo de por aquí cerca?
-No te preocupes, estoy bien.
-Mañana, luego del sepelio vendré por Malandrín, lo llevaré al veterinario para que usted ya no se ocupe de eso. Igual le compraré alimento para que…
-Ernesto, por favor. Agradezco tus atenciones en este momento, pero todo está en orden,  ¿Está bien?
-Sé lo mucho que significaba la señora Betina para usted y…
-Mi madre estuvo convaleciente por más de dos años, le dimos calidad de vida.
Me despedí de ella como era debido y se ha ido a una edad respetable… bueno,
te veo mañana.

-Está bien, señor… ¿Quiere venga por usted? No es buena idea maneje en su
estado.
-¿Mi estado?
-Perder a una madre no es cualquier cosa y…
Que el señor Romualdo me cerrara la puerta en mi cara no me ofendió porque su
situación lo justificaba. Me dolía tanto su pérdida que me quedé sentado en el umbral rogándole a San Juditas que le diera paz a su atormentado corazón.
-Señor, no puede estar usted aquí- me dijeron un par de guardias de seguridad.
-Soy la mano derecha del señor Aldo y…
-Pues fue el mismo señor Romualdo quien nos acaba de pedir que lo desalojemos de aquí.
-El señor Romualdo me necesita y…
-Señor, por favor.
Teresa no me abrió la puerta y me fui a casa de uno de mis hijos. Por la hora y sin mucho ánimo de escucharme me hospedó en una de las habitaciones de mis nietos. Los niños lloraban porque los habían despertado y mi nuera, siempre paciente, me hizo por vez primera un gesto de mal humor que tomé con asombro.
Apenas amaneció y me fui a la empresa. Ordené colocaran un enorme moño en la puerta principal y otro más pequeño en la oficina del jefe. Entré a discreción a sus documentos y extraje una imagen de doña Betina. Ordené una ampliación enmarcada y en una hora ya estaba en la iglesia rociándola con un poquito de agua bendita. Los ojos se me cerraban, pero tuve la entereza de llegar a las siete de la mañana a la funeraria y preparar todo.
Cuando el patrón llegó, se sorprendió al escuchar un primer guitarrazo del coro Galilea, del templo Luz del Mundo. Los conocía y me pareció buena idea.
Entonaron “Recíbeme en tu reino, Señor de Señores” haciendo llorar a propios y extraños. Todos los trabajadores iban de negro como les había ordenado y al frente y junto al féretro un enorme arreglo floral etiquetado con un listón con la leyenda “Ernesto y su gente con usted, señor Borbolla”.
Apenas se sentó junto a su esposa me le aparecí con una taza de café y unas rosquillas que ambos rechazaron. Le hice una señal a Galindo para que se llevara las cosas. Le ofrecí mi pañuelo a la señora que lloraba serena y tras ponerme en cuclillas les di mi pésame a ambos.
-Diosito les de consuelo, señor. Usted sabe que…

-¿De dónde sacaste esa fotografía de mamá, Ernesto?
-…
-Hay cosas a las que no tienes acceso y lo sabes.
-Pero mírela que bonita está. Me tomé la libertad de llevarla al templo y ponerle agua bendita, señor.
-Mamá ni siquiera era católica, detestaba a los curas.
-Apenas llegue al cielo San Pedro la convencerá y se salvará, ya verá, patrón.
Tomé por responsabilidad poner orden en la sala impidiendo que los niños
corrieran por doquier y ordené a los trabajadores que sirvieran a los presentes
bebidas y panecillos.
-Mas temas de adoración, por favor- les pedí a los del coro.
Mientras el cortejo fúnebre se conducía al cementerio, yo ya daba órdenes a los
enterradores y al mariachi. Había mandado poner toldos pues el sol estaba en su
esplendor. Apenas se aparcó la carroza pedí a los compañeros que bajaran todos
los arreglos y al coro que cantara más temas.
Me le acerqué al jefe. “Ánimo, don Romualdo” y le abracé. Con leve movimiento
brusco buscó deshacerse de mi abrazo. Lo entendí, estaba pasándola muy mal.
-No chingues Galindo, te dije claramente que le dijeras a los compañeros que para
ahorita todos vendríamos de saco- le increpé al tiempo que con una señal le pedía
al mariachi que empezara a cantar.
-Ernesto, apenas nos alcanzó para darte pa las flores ¿Cómo vas a creer que
compraríamos sacos? Además jamás hemos usado uno.
-Pinches jodidos.
-Pos sí somos, qué quieres que hagamos.
Cuando vi llegar al cura le dije que no era necesaria su presencia, que la señora
no era católica y que yo me encargaría.
-El señor Borbolla me habló está mañana y me pidió que…
-¿No escucha lo que le estoy diciendo? Mi patrón está tan dolido que no sabe lo
que anda haciendo, pero gracias padre.
Llegado el momento me abrí paso y parado frente al cajón metálico me aclaré la
garganta y comencé a hablar.

Luego de casi media hora mi esposa me hacía señas de que concluyera, que
terminara. Pero había tanto por decir para animar a mi jefe que seguí.
-¡Bájenla!- pidio don Romualdo.
-Pero señor, la gente quiere ver por última vez a doña Betina.
Los enterradores, que ya estaban cerca, se detuvieron por un momento.
-Bájenla, muchachos-insistió.
Apenas comenzaron el descenso y el hombre comenzó a llorar amargamente.
-¡Alto, el señor debe ver a su madre por última vez- les dije a los enterradores.
Con la caja a medio foso y los brazos de los trabajadores en tensión por el peso,
pararon por un momento.
-¿Qué te pasa Ernesto? ¡Bájenla, señores!
-Pero, señor, usted debe… – y al intentar ponérmele en frente resbalé, perdí el equilibrio, empujé a un enterrador con el que fui a caer encima de la caja que fue soltada por el resto y hasta el fondo fuimos a dar. La caja se abrió, el cuerpo de doña Betina se salió y quedó en posición fetal junto a mí.
Desde ahí, desde un abismo preparado para seis criptas hacia abajo, miraba el rostro desesperado de don Romualdo y al resto en crisis.
Yo no sé si doña Betina fue recibida por san Pedro y la pondría a salvo, pero a mí nadie me puso a salvo. La caída me rompió el cuello, la cadera y terminé usando muletas. Mi cabeza cuelga como una papaya y Galindo me visita pa prepararme alimentos y platicarme como va todo en el mundo.
-¿Te digo algo, Neto?
-No me hagas hablar, sabes que no puedo- balbucee.
-Tú sí que estás jodido, y bien pinche jodido. Mi familia y yo no tenemos todo, pero sí lo necesario. Por un momento llegué a pensar que por no tener un saco blanco estaba jodidísimo, pero luego entendí que no. Soy buen cristiano, por eso estoy aquí contigo, compartiendo en ratitos tu jodidencia. Sólo ten animo, compañero, mucho ánimo.
Obvio, luego de aquel accidente mi esposa me dejó porque siempre creyó que su hombre estaba más enamorado de su jefe que de ella. Perdí a mis hijos. Me despidieron por haber alterado nóminas y por el abuso infernal contra mis trabajadores. Galindo tomó mi lugar, pero nunca le guardé rencor.

Me decían Barbulias y yo ni lo sabía. Siempre quería quedar bien con mi jefe y ser barbero me calzaba bien. Habían sido años de ser su protegido hasta que mi torpeza de caer al pozo por necio me puso en evidencia. Con mi cabeza colgando miro por la ventana y pienso que Dios fue injusto conmigo, ¿O no?

Autor: Juan de Dios Jasso Arévalo
El viajero vintage
@derechosreservadosindautor

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