“El refrigerador”
Tabita es la más engorrosa, Sebastián, es la que traigo entre ceja y ceja y es a la
que quiero darle su escarmiento, por eso es que te pido me traigas eso que te
pedí. Esa vieja le grita a su hija Almita para que por favor venga por ella, ¡Sácame
de aquí, Almita, no me dejes, hija! Pero la estúpida anciana no sabe que la
mentada Alma no tiene ni alma pues nos la ha dejado asilada como se abandona
una bolsa con ropa vieja.
A decir verdades, no sé qué diantres hago aquí, Sebas. Tú sabes, me gradué con
honores en la universidad Panamericana de enfermería y hasta salí con pase
directo a la Clínica Louis Pasteur y claro, todo un brillante futuro en la gran ciudad.
Pero mamá estaba vieja y toda inútil. Ser hija única ya no era nada benéfico como
lo había sido años anteriores. Obvio, acabé sumida en una profunda depresión de
verme al espejo y encontrarme hecha una piltrafa… ¡Por qué yo, chingada
madre!… Puto destino de mierda terminar convertida en cuidadora de una anciana
a la que todo le caía mal y por ende se la pasaba cagando y cagando. Sabía que
mamá envejecería, pero no convertida en un costal de huesos llorando por todo y
suplicándome que no la estrujara. Y es que no cooperaba. No era ni para levantar
aunque fuera un poquito la cadera para ponerle el pañal. En resumidas cuentas
arruinó mi destino, perdí mis becas y ese pase directo al Pasteur.
Cuando mamá murió hice efectiva la cremación que ella misma había pagado y
eché en el jardín sus cenizas. Le dije “Sí, mamá, sí, llevaré tus cenizas a
Pátzcuaro” nomás para que dejara de joderme.
Caducas mis credenciales de enfermería después de casi diez años inactiva, me
contrataron de enfermera en este pestilente asilo que por más que aseamos, el
olor a ancianos alcanforinos lo llena todo. Soy toda una esclava trabajando en un
turno nocturno de pesadilla. Ignoro los llantos, los gritos, las súplicas.
-Dame un poquito de agua, Dulcina, por favor.
-¿Pa que se orine? Claro que no. Aguántese la sed hasta en la mañana que venga
Regina, ella sí les tiene paciencia.
-Sólo un poquito, mi garganta está seca.
-Si sigue molestando la voy a meter a la hielera, ya le dije.
Mis remedios a viejas y viejos necios son acertados. Pambas a los quejones, y
eso es divertido, muy divertido. Ya nomás no dicen nada. Nomás sienten el rebotar
de mi palma en su calva y se quedan calladitos. A la que se me pone gritona le
doy sus baños de agua hirviendo o sopas más que calientes. Algunos dicen que
los viejos son como los niños, pero no en todo. Los bebés lloran y no se callan,
pero a los ancianos basta con que los asustes y hasta tiemblan los babosos… por
eso me tienen respeto, saben que conmigo no juegan.
-¡Cállese, don Julio!
-¡Me duele el diente, chamaca! El dolor se me va hasta los pies. Dame una pastilla
o algo.
-Mire, ese diente no tarda en caérsele, ya deje de estar de molestoso… es mas,
espere, vamos a acabar con esto de una vez.
No soy dentista, pero de un jalón le arranqué el diente al viejo que del dolor nomás
mencionó a su hijo a gritos, pero ese otro también nomás vino a dejarlo aquí.
La vida no es fácil aquí, Sebastián, por eso me urge que vengas por mí y nos
vayamos lejos.
*
Sebastián me dejó el refrigerador listo. Hoy la Tabita sabrá quién soy… pero lo que
nunca logré saber era quien era verdaderamente la desgraciada de Tabita que,
apenas pudo, me golpeó con la plancha tan duro que nomás sentí cuando caí al
suelo. Enseguida vi a dos o tres ancianos caminar hacia mí y después de ahí,
cuando volví a abrir los ojos, todo lo veía en blanco. Estaba atada y enfriada. No
tenía mucho ahí y sentía cómo la temperatura iba gradualmente bajando. Me supe
metida en el refrigerador en el que iba a meter a Tabita. Segura estaba que había
escuchado alguna de mis pláticas con el Sebas y jugándose el pellejo me golpeó
dejándome fuera de combate. Quise gritar, pero estaba amordazada. Cada hora el
frío era más intenso, también mi arrepentimiento de todo lo que por años había
hecho con los ancianos. Dejé de sentir los dedos de pies y manos. Me dolía la
espalda y sabía que en pocas horas mi sangre se congelaría y mi cabeza
estallaría, no, no, aquello no podía estar pasando, pero pasó.
Cuando me rescataron mis piernas estaban moradas e inservibles. Igual mi brazo
derecho y mi oído izquierdo. Pasé a depender de otros. Mis deseos de que los
viejos fueran condenados, fueron desestimados. Cuando los ancianos pusieron
una contrademanda apoyados por los estúpidos de sus hijos, terminé en prisión
con toda y mi discapacidad.
Mi compañera del otro turno contó mis modos disciplinarios y eso me hundió más.
En prisión fui abusada por otras internas que al verme vulnerable hacían conmigo
lo que se les antojaba. Sebastián dejó de visitarme y mi amargura se triplicó
deseando morir. En sí la muerte sería un premio, y yo no estaba para ser
congratulada.
La chica nueva se me queda viendo con lástima. A mis ochenta vine a dar a este
asilo en Saltillo. Hubiera preferido los abusos de las internas en el cefereso porque
aquí son malvadas. Me ponen horquillas en la lengua porque no dejo de gritarle a
Sebastián, ¡Sebastián, carajo, ven por mí Sebastián!… Ya sé que Sebastián murió
hace como diez años, pero espero y venga del más allá y me lleve, que acabe con
esta tortura de saberme golpeada por estás mujeres… ¡Sebastián, Sebastián!
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor
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