La pluma del viajero

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Ese día por las prisas y el pendiente de entregar mi mega trabajo del sistema
planetario, salí de casa tan de prisa que la calle Constitución me resultaba a la
distancia tan larga como la tripa de un gato despanzurrado.
Nunca fui de malos olores, pero jamás me atreví a desafiarme intentando salir sin
desodorante, una pizca de talco en los pies o crema en mi piel. Era mucho más
que atenta con mi cuerpo pues se rumoraba que por ser un tanto rellenita los
aromas podrían intensificarse. Muy independiente de eso, mi madre, observadora
y siempre pulcra, decía que una mujer siempre, y subrayado siempre, debía
presentarse ante los demás como una auténtica joya.
Zancada de avestruz, braceo de nadador y frente sudada como el más veloz de
los atletas, llegué al portón de la escuela Sabinas ante el inminente recuerdo de
que había olvidado cepillarme los dientes. Parada frente a la maestra Rosalinda,
quién custodiaba la entrada, la miré aturdida entre un me voy o me regreso, pero
ese regreso significaba dos cosas: No entregar mi trabajo astronómico luego de un
horrible desvelo, y otra y más poderosa, el regaño de mamá por no haber
planeado bien mi día desde temprano.
Decidida di un paso adelante y sin pensarlo más di un paso adentro y corrí al
salón. Me sentía radiante por fuera, pues mi piel rubia y mi cabello igualmente
brillante me favorecían. Hablé poco la primera parte de la mañana. Abrir la boca
significaba una posible detonación de malos olores y entonces sí me convertiría en
el hazmerreír de todos.
-Buenos días, niña Ruth- me saludó doña Martha, vendedora tras la barda de la
escuela.
-Buen día, señora, ¿Tendrá chicles de menta?
-Sólo Totito y motita.
Sabía que esas gomas de mascar resultaban ser efímeras, de un ratito, algo de
nada, pero de eso al peste, opté por comprar una veintena para mantenerme
abastecida.
Discreta me mantuve durante la clase de matemáticas, español y Ciencias
sociales. Me sentía extraña e insuficiente porque era de las que siempre se
mantenían participativas.
¿Mi maestra? Caray, anhelaba ser como ella. Estricta, sabionda y de mirada
penetrante. Algún día llegaría a ser como ella porque lo que menos deseaba era
ser una carga para una sociedad ya de por sí cansada de cosas malas. Le decían
La muñeca e imaginaba por qué. Siempre guapa, pasos seguros y cara de modelo

de revista. Muchos decían que era mucho más que regañona y déspota, pero
como siempre fui cumplida, para mí no era más que una mujer inspiradora.
-Bueno, en la clase de ayer hablamos de las diversas penínsulas que hay en el
mundo… Tadeo, ¿Podrías citarme una de ellas?
-Arábiga, maestra.
-Cierto, y que es de las más extensas.
-¿Alguna otra, Abigail?
…
-No te escucho Abigail Centeno… cítame un par de penínsulas del mundo.
…
El rostro cereza de Aby denotaba que no tenía idea de lo que le estaban
preguntando. Yo las sabía, todas, pero sentía que me atolondraría con el chicle en
mi boca.
-Burra como siempre, Abigail… Mauro, a ver si tú si sabes algo.
-La Patagonia, maestra.
-Me sorprende tu respuesta. Nunca hemos hablado de La Patagonia pero veo que
has leído algo de ella; sin embargo, no es una península, es simplemente el cono
sur del continente americano.
-Península de Alaska, maestra- dije poniéndome de pie -también Labrador, Kenai,
Florida, Baja California y Yucatán, esas son las de América del Norte.
-Excelente, Ruth -dijo caminando hacia mí.
-Ahora que si hablamos de América Central y del Sur, está La Guajira de Colombia
y Venezuela y la de Taitao en Chil…- y justo ahí mi lengua no soportó más traer
esa bolita de goma rebotando entre paladar, mejillas y dientes. Sin esperarlo ni yo
misma el chicle salió expulsado cayendo justo en el empeine del pie derecho de la
maestra y de ahí al suelo… ¿Alguien sabe lo que es la eternidad? ¿Han
escuchado cuando alguien dice que el tiempo se detiene? Eso justamente pasó
cuando la mirada de satisfacción de mi maestra pasó en segundos al de la ira. En
momento alguno alcé la vista, pero lograba escuchar el murmullo de mi
compañeros y el movimiento molesto de los dedos de la maestra. Sin más se puso
en cuclillas, tomó la goma y la pegó en mi copete.
-Serás muy inteligente, Ruth, pero también una asquerosa e indisciplinada.
Siempre has sabido que en mi clase no se permite el chicle, ¿O no lo sabías? – y

regresando a mí volvió a presionar la goma en mi cabello -¡Ahora sal del salón,
cochina, casi estoy segura que por no lavarte los dientes usas esos repulsivos
dulces!
Y salí del aula recluyéndome tras uno de los gruesos pinabetes. Desde ahí podía
escuchar el cotorreo del loro del zapatero y sin poder contener mis lágrimas…
¿Qué había sucedido? Yo, la más limpia, la más dedicada y siempre de puro
diez, estaba ahí, llorando y con una goma rosa pegada a mi cabello.
Yo no volví a la escuela, pero tampoco la maestra. No tuve la dicha de contemplar
nada, pero me contaron después que La Muñeca quedó como eso, como una
muñeca vieja tirada cerca del río Sabinas. Mis tías Lourdes, Tabita y Alondra, de
las llamadas Topas, apenas se enteraron le dieron una arrastrada que jamás
olvidó. Creo que finalmente la cambiaron a Saltillo o no sé a dónde. Siempre supe
que lo que hicieron mis tías fue muy extremo, pero por otro lado la humillación que
padecí fue tan imborrable que pasé meses sumida en una tristeza muy profunda.
Creo que lo que más me pudo esa mañana, fue el no haber podido terminar de
citar el resto de las penínsulas y el haberme quedado con las ganas de presentar
mi maqueta del sistema planetario.
La Muñeca, mi maestra de quinto año a la que tanto admiraba, me inspiraba y que
terminó siendo un monstruo que aparecía en mis pesadillas llamándome
asquerosa, pestilente, sucia, puerca. La veía enrollándome en una infinita goma
de mascar como si ella fuese un arácnido asesino… pero el tiempo es sabio y la
madurez te sana. Fui maestra, directora y dirigente de una sección escolar. Me
tocó estar presente en una entrega de reconocimientos a maestros jubilados. El
suyo pasó de mis manos a las de ella y mirándome a los ojos me dijo con sus
labios viejos y mirada profunda:
-Ruth Cansino, la aplicada y mejor vestida del salón. Siempre tan hermosa,
muchacha. Tú sí que eras una muñeca de niña.
Sentí un enorme bloqueo en mi garganta. Ella seguía siendo ella, toda una
avejentada muñeca que seguía teniendo esa voz carrasposa que inspiraba
respeto.
Cuando murió en 1996 fui a su sepelio. La vi tras el cristal y me sentí bendecida
de haber sido su alumna. Después de aquella amarga experiencia había duplicado
mi higiene y me había comprometido a ser mucho más, toda una muñeca de pilas
en toda la extensión de la palabra.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE

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