Desde que lo recuerdo soy una saborina, probadora, degustadora o chupachups,
como me decía mi mamá por querer saber a qué sabía esto o aquello. Había
desarrollado un gusto tan extremo por los sabores que mamá terminó llevándome
a mis cinco años con un médico que simplemente dictaminó que mis papilas
linguales estaban malformadas y que requería a la de ya, un ajuste quirúrgico.
Mamá, que se tragaba historias fantásticas como que los santos hablaban con los
animales o que eran alzados en las nubes al cielo, cayó en la trampa de ese
charlatán que no sólo le robó lo poco que ganaba como planchadora, también sus
ilusiones de que fuera una niña normal… ¡Pero era una chamaca normal, Dios
mío!
A los quince me salí de casa porque harta estaba de que mamá me pegara con el
matamoscas en la boca. Se le veía agotada de batallar conmigo. Volví nada más
porque no quería estuviera sola.
Una semana antes de que me fuera, mamá perdió tres clientas y eso la puso no
sólo histérica, también depresiva y desesperada.
Como otro de sus atributos eran los buñuelos, hojarascas y empanadas, nos
pusimos a trabajar duro para salir adelante. No sé cuántas cuadras caminé ni
cuántas puertas toqué ofreciendo buñuelos.
Agotada de medio día de caminar, me senté bajo la fresca sombra del Sabino que
estaba frente a la casa de la Jaca. Destapé el canasto mirando las cinco de las
quince piezas que llevaba. Tras llevarme un trozo a la boca lo sentí desabrido. Me
pregunté cómo era posible que nos hubieran comprado algo así, pero bueno, lo
desabrido lo descubrieron cuando yo ya me había ido. Algo tenía qué hacer para
darles un sabor distinto. Entonces metí uno de mis dedos en mi oreja y sacando
un poquito de aquello que cientos de veces había probado, lo unté por aquí y por
allá en las piezas restantes. Mezclando lo amargosito de la cerilla con lo dulzón de
la azúcar el resultado me sacó una lágrima. Me recordé probando los moquitos de
mis amigas Lolis y Maura; el salado sudor de Kike y Almagro; la tierrita salada bajo
de las uñas de Camelia y Brandon.
“Se me rompieron cinco mamá”, fue mi clara justificación para librarme de una
memorable paliza. Lo cierto era que los había dado a degustar a varios de la
colonia. Me había quedado atenta a sus gestos, reacciones, cambios de humor o
qué sé yo. Nada. Al contrario, se lengüeteaban los labios azucarados tímidamente
amarillentos.
Fue así que a lo largo de mi vida y por muchos años me la pasé degustando de
los mil y un sabores que podía encontrar a mi paso. Todo me era tan normal, tan
celosamente mío que fracasé como repostera institutriz porque odiaba me
preguntaran ingredientes y procedimientos… Y es que ¿Cómo diantres explicar
que el secreto de mis productos estaba en agregarle cosas que para la gran
mayoría estaban prohibidos?
A mis doce vendí más de cincuenta churros en el teatro del pueblo de la feria
mientras cantaba Mario Pintor. Mi caja ya estaba vacía y no faltaba quién me
tocara el hombro preguntándome si aún traía piezas en venta. Nada, ya no traía
nada. Sorprendida y con mis bolsillos llenos de billetes no dudé en volver al
basurero, hacerme de la confianza de un par de perros, mocharle las uñas,
llevarlas a casa, triturarlas con la canela y espolvorear sobre los churros. Tan
ingenua, inexperta y al mismo tiempo tan experimental, no imaginaba que con
todo y mis logros hasta ese momento, seguía en pañales.
Terminé en el CERESO de Sabinas por golpear hasta la muerte a tía Godínez y no
era para menos. Años tenía vendiendo tamales y que descubriera que el relleno
era de lagartija mezclada con pollo no era cualquier cosa. Así nomás como así y
sin avisar había entrado en mi casa y había encontrado los cueros de los lagartitos
secándose al sol. Ella no lo sabía, pero esa piel me servía, ya molida con jengibre,
para la salsa de chipotle.
A tía la tuve sentadita en el corral de las coquenas por un par de semanas.
Cuando comenzó a oler feo le comencé a echar estiércol encima. Ya podridita y
revuelta con todo, bien podría servir como abono a las plantitas de tomate y chile
piquín.
No sé si sería por puritita venganza de que la hubiera dejado sin uñas o no, pero
la Cochis, la perra más vieja de la casa, fue la que me aventó de puro trasero al
transitar por medio Cloete con la cabeza de tía en el hocico. Las pesquizas
llevaron a mí y a mi casa llena de cosas que para ellos eran extrañas. Lo que más
me dolió fueron las pérdidas. Muchas entregas de tamales sin cobrar, otras más
refrigeradas y tiradas a la basura porque según ellos los muslos de los gatitos no
eran comestibles.
Me condenaron a varios años de prisión y ya para los cinco todo mundo había
olvidado que allá afuera me decían Dulcina. Terminé como cocinera del penal y
hasta hoy, 2026, sigo dándole ese sazón a mis comidas que hasta el más
encopetado de este lugar en Piedras Negras a disfrutado de mis rarezas. Y es que
aquí, en el hocico del infierno, todo tiene un sabor especial, desde el sarro de los
sanitarios en los tacos de morita, las cascaritas de los pies hongudos en las
tortillas de harina y las flemas verdosas en los huevos estrellados… no, nunca fue
cuestión de sicólogos como decía mamá, sino de saber experimentar con los
sabores de las cosas que tenemos a la mano. A mi edad no hay nada que le
agradezca más a mi Santita Muerte, que me haya dado unas papilas degustativas
tan sabio das y experimentadas.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor





