La pluma del viajero

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La mamá de Casio entró al salón, caminó hacia el escritorio y me tomó de los
cabellos. Escandalizados y sin saber qué hacer, mis alumnos, algunos, se echaron
a llorar y otros tantos a salirse del aula. Cuando el salón se vació, solo quedó
Casio Sesaty hasta el fondo y en su butaca de siempre. Apegado a su carácter
sereno se limitó a observar aquella penosa escena en la que su madre, la señora
Otila Campos de Sesaty simplemente tenía a su maestra en el suelo y sin poder
defenderse.
Casio siempre fue mi niño triste, callado y sumergido en esos libros que atendía
en horario de receso porque jamás lo vi relacionarse nunca con nadie.
-Vamos, Cas. Es bueno hagas amiguitos. Hay tantos niños allá afuera. El recreo
es para eso, descansar un poco, comerte tu almuerzo y seguir con las clases.
Anda ven, te mostraré algo… ¿Te gustan los canguros? A mí me encantan.
Fui su maestra en primer año en la escuela Club de Leones y me lo volví a
encontrar en cuarto y quinto año. Cosa rara, con todo y que no había sido mi
alumno en algunos años, nunca lo había perdido de vista. Era tan enigmático y
buen estudiante que no era difícil augurar su futuro. Tez aperlada, alto,
medianamente grueso de cuerpo y ojos negros, siempre lo visualicé como un
médico, catedrático o distinguido instructor en alguna empresa. Otra cosa, siempre
olía exquisito. Lo saludaba cuando me lo topaba y siempre dejaba un “Qué tal,
Sesa?” aunque de antemano sabía que solo tendría de vuelta un “Buen día,
maestra”.
Quinto año marcó mi llamamiento como maestra. Ese 19 de noviembre fue un
antes y un después y en medio de la turbulencia terminé en intensas y puntuales
citas con sicólogos.
La señora Otila era una dama respetable. Al igual que su hijo poseía una
apariencia de seriedad que empujaba al respeto. Siempre bien vestida hablaba lo
necesario en las juntas de padres de familia y al momento de decidir sobre tal o
cual actividad sus respuestas eran tajantes, siempre un Sí, estoy de acuerdo o un
No, no quiero ser parte. Sus respuestas dejaban un ambiente frío e incómodo. Tan
incómodo como volver las actividades de padres e hijos en algo tenso y
desastroso.
Las actividades por fiestas revolucionarias del 20 de noviembre me traían loca.
Nuestro cuadro gimnástico, luego de mucho esfuerzo estaba casi listo.
-Por favor, niños. Es un cuadro tan divertido que debemos sonreír. El público debe
ver que disfrutamos con lo que hacemos. Sonreír, sonreír… vamos , una vez más
y terminamos con los ensayos, pasado mañana será un día muy cansado, pero
quedaremos satisfechos… ¡Brazos arriba, izquierda, giren las motas, las

bastoneras, alcen bien esas piernas, marchando, marchando, sonrisas, esas
sonrisas! ¡Montalvo, esas brazadas! ¡Jiménez, enderézate, esos hombros atrás,
bien, bien! ¡Sesaty, Sesaty, esa sonrisa, sonrisa, no, no, no , eso es una mueca no
una sonrisa!
Luego del ensayo y ya en el salón convivimos comiendo bocadillos y refresco. Fue
sin duda una tarde en la que dejé de ser maestra para ser amiga de los chicos.
Siempre fui de las pocas tutoras que veía más allá en mis alumnos. Tras de ser
estudiante siempre había una historia y debido a mi forma de ser muchos alumnos
terminaban considerándome una maestra buena.
A diez minutos de la salida ya se sentía la inquietud en mis alumnos. Enfrascada
en la revisión de exámenes ni cuenta me di cuando la señora Otila entró en clase,
me tomó de los cabellos y me sacó del escritorio llevándome al suelo.
-¡Más le vale dejar en paz a mi hijo! ¡Estoy cansada de su acoso!
Tirada en el piso y con mi traje antes impecable y ahora roto y empolvado metía
mis manos intentando esquivar los arañazos y golpes de la madre de familia.
Cuando los directivos entraron se encontraron a la madre llevando de la mano a
su hijo y a una maestra vulnerada que no deseaba otra cosa que desaparecer.
-Quiero unos días -pedí a puertas cerrada.
-Ahora, imposible -me dijeron -tenemos la celebración del día de mañana.
No tengo ni idea cómo es que soporté ese evento en el que había trabajado tanto.
Y es que todo mi grupo, con todo y lo colorido de los abalorios, íbamos ahí,
marchando cuál máquinas, desolados y destruidos. Había contagiado mis
sombras a mis muchachos y así desfilamos como un pueblo echado de sus tierras
y a media noche.
Y desaparecí. La institución me dio un par de meses para que atendiera mi salud
mental porque aquello me habia dejado devastada.
A mi regreso a las aulas Casio había dejado la escuela y mis ataques de ansiedad
se habían duplicado llevándome a medicarme en exceso.
Caray, quién iba a decir que la maestra Tabita, la entusiasta, la que iluminaba con
su actitud cualquier actividad ahora estuviera ahí, sin luz y cumpliendo por cumplir.
-No buscamos tu opinión, mamá, -me dijo una de mis hijas -celebraremos tu
jubilación porque te lo mereces.