Cuando nos avisaron que muy probablemente le cortarían los pies a papá, supe
que la felicidad existía, que la redención era tan real como que apenas tenía veinte
años y toda una vida para gozarla en libertad.
“La probabilidad de que su señor padre pierda las piernas por su enfermedad es
muy elevada”, dijo el médico ese bendito veinte de julio de 1990, y lo recuerdo tan
bien porque apenas llegué a casa redondeé el día en el almanaque con un marca
textos para tenerlo por siempre presente.
Clarina y Amada se habían echado a llorar en pleno pasillo de la clínica y claro, yo
también. Corrí al baño cubriéndome la cara ocultando mi fingido dolor, pero
apenas estuve dentro, ese estado de aflicción pasó al del gozo. Y es que no
podía creer que después de cinco años de tortura por fin había llegado el día de
mi independencia.
Estudiar artes era una meta tan directa y punzante que nada podía obstaculizarla.
Mis hermanas, ambas maestras en funciones, les iba bien en sus vidas de
casadas, pero el llamado de que papá se había puesto mal por un problema de
mala circulación nos puso a las tres en jaque. De un día para otro abandoné mis
estudios en Saltillo y volví a Nueva Rosita a enfrentar lo desconocido.
Toda mi secundaria y preparatoria habían sido allá y volver a una ciudad que
recordaba muy poco, no me cayó nada en gracia.
-Clarina y yo nos ocuparemos de todo, Pau. Tú te encargarás de darle masajes en
las piernas, ponerle las cremas relajantes y platicar con él. Las curaciones las hará
Julissa, una amiga enfermera. En pocas palabras, no harás más que hacerlo sentir
bien.
No había nada que decir cuando Amada era peor que un cacique, bueno, aunque
ella siempre lo justificó como “cuidar de nosotras” luego de la muerte de mamá.
Mi encuentro con los pies de papá fue brutal. Jamás había reparado en ellos en mi
vida. Visto sí, observado no.
Amante de la limpieza desde adolescente, para mí el cuidado de mis pies y manos
era imprescindible. Pero siempre fui tan quisquillosa y asquerosilla con los pies y
manos de los demás, que hasta papá la llevó. Jamás había visto unos pies tan
maltratados como esos. Los hongos se los habían descascarado tanto que hasta
colorados estaban. Sus uñas eran largas y sucias y si hablamos de sus talones,
más de cinco callos secos amparaban y testificaban una vida de trabajo.
-No tienes qué ser tan brusca, hija. Ese callo está muy infectado y me duele
demasiado.
-Usted sabe que enfermera no soy y que hago lo que puedo.
-No te molestes, hija.
-Pues no me salga con eso, como si hiciera fiesta cada que le hago curaciones.
Son un fastidio.
-Sé que es cansado para ti, hija, pero…
-¿Y si se duerme? Así descansa usted y descanso yo.
Y se dormía. Odiaba el horrible aroma de los medicamentos, la pestilencia de la
podredumbre y la visita ocasional de una enfermera que siempre terminaba
haciéndome sentir una inútil.
Y más de cuatro años de mi vida se me fueron en estar escuchando peticiones de
pásame esto, pásame lo otro, llámale a la enfermera, al médico, a tus hermanas,
reza por mí… y entonces dije ¡Basta, basta! ¡Son más de cuatro años, papá,
cuatro años cautiva!
Una horrible noche invernal, mientras el hielo se juntaba en el techo de todas las
casas, fui en busca de un par de cobertores a la bodega. Ese sitio en particular no
lo visitaba porque me traía recuerdos muy crudos de mamá y sus castigos.
Trepando sobre una banca estiré la cobija viniéndoseme encima un cuaderno tan
grueso que al darme en la frente me abrió una herida. Lancé tantas maledicencias
como jamás lo había hecho. La frustración, el coraje y la soledad contenidas a lo
largo de los días me hicieron explotar.
-¡Hija qué pasó!
-Ni me pregunte.
-Ve a un médico, por favor.
-No exagere… Mejor duérmase que mañana es la operación.
Me hice las curaciones yo misma y en media hora ya limpiaba el sangrerío que
había dejado en el suelo. Fue ahí cuando reparé en ese enorme cuaderno que
resultó ser un viejo álbum de fotografías. Lo llevé conmigo a la sala y sentada me
puse a mirar ese pasado que no tenía idea que existía, bueno, por lo menos antes
de mis cuatro años que no recordaba nada.
Se destapó entonces una caja de Pandora de la que salieron no sólo fotografías
de nuestros cumpleaños, también de esas muchas veces en las que papá me
llevaba a caballo, en mula o bicicleta a la pizca de nueces, melón o sandía. Fotos
y más fotos mías bañándome en sus brazos en el río de San Juan, la cascada de
Múzquiz y hasta en el Puente Quebrado. Curiosa volví al closet y tras buscar y
rebuscar entro todo aquello me enfrenté a un ayer que valía mucho más que mi
hoy. Cajas llenas con mi ropa de bebé, mis juguetes favoritos y hasta el fondo,
como para que nadie lo descubriera, un diario de mi vida escrito por papá. En él
aparecían mis pies calcados a pluma y a su alrededor notas motivadoras. Frase
tras frase fue hilando una manta que al final terminó ahogándome en un
sentimiento tan turbulento que me obligó a ir y pararme frente a él. Estaba dormido
y yo parada en el marco de la puerta. Por vez primera veía ese rostro viejo como
algo valioso. Todo parecía cobrar un sentido tan humano y en ese lento proceso
de cocción emocional me di cuenta de lo horrenda que era mi alma.
Cuando amaneció, papá estaba nervioso.
-No quiero perder mis piernas, hija.
-Te entiendo, papá, pero es lo que los médicos recomiendan.
-¿Y tú qué recomiendas?
Quedé callada por un momento mientras lo veía sentado en la orilla de la cama.
Miré sus pies que en nada se parecían a los que había recibido años atrás.
Entonces me arrodillé y puse mis manos en sus rodillas.
-Opino que sería una lástima dejar de ver estos hermosos pies que me enseñaron
a caminar, correr, andar en bicicleta, montar a caballo, trepar la carreta de la
abuela, nadar en el río, ir tras las palomas en el parque, saltar y atrapar nueces…
Y sentí su mano en mi cabeza. Me llevó hacia sí reposando mi mejilla en su
costado. Lloré por un rato sin que ambos dijéramos una palabra.
Sonó el teléfono, mis hermanas, ya en el hospital esperaban mi llegada con papá.
-¡Tiene qué haber otro remedio!- dije antes de que empujaran la camilla hacia el
quirófano.
-¿Has enloquecido, Paulina? El médico sabe lo que hace.
-¡Y yo sé lo que siento!
Mi intenso y escandaloso berrinche hizo que se pospusiera la intervención y que
se buscara una segunda opinión. Y sí, un médico particular nos informó que aquel
mal era tratable y que no entendía las razones por las que iban a cercenar.
Me olvidé de las artes por una temporada muy larga y mi único arte lo vacié en
todas mis ganas por estar con él y hablarle tanto hasta empalagarlo con mis
ocurrencias y mis modos tan teatrales para contar las cosas.
-¡Habla, Pau, habla más, hija!
Los pies de papá son movidos por dos columnas gruesas y resistentes que son
sus piernas. Rememoro mi infancia y toda ella está llena de paseos, correrías y
aventuras. Esos pies proveyeron de alimentos las viandas en casa. Jamás hubo
escasez pues él siempre supo mantenerlas abastecidas… ¿Cómo es que había
olvidado esos tiempos de infancia? En definitiva ese álbum fotográfico me había
dado tan tremenda aporreada que no me quedó deseo de ninguna otra cosa que
estar ahí, con él, con mi Tarzán de mis siete años, mi Capitán Garfio de mis ocho
y mi príncipe de mis nueve que me rescataba del árbol donde me trepaba.
No, no soy como Botero pintando gordas o Picasso complicados trazos cubistas,
soy una pintora que expresa en sus obras lo que significan los pies del ser
humano en el mundo. No, no es un fetiche íntimo como lo han insinuado algunos
reporteros, tampoco el que sea el resultado de mi intento de ser pedicurista, no.
Pinto piernas y pies porque son los vehículos, los medios, el transporte que nos
lleva a descubrir el mundo, a las personas. Son el instrumento motriz que nos lleva
a dar un paso al frente.
-¿En qué basa su arte, señorita Said?
Me quedo callada un momento. Veo la espalda de papá allá entre la gente
mientras su mirada perdida está en “La senda del goce” un cuadro que pinté hace
un par de años. Es tan enorme, colorido y lleno de detalles, que me tardaría un
rato en describirlo. Es su favorito. Me dice que puede leerlo sin problema. Ya lo
creo que sí, su simbolismo es tan nuestro que no existe misterio en él para
nosotros.
La vida da muchas vueltas, pero no tantas como las que dio mi padre con sus
benditos pies para darnos absolutamente todo lo que mis hermanas y yo
necesitamos.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE





