-¿Cómo?
-¡Sí, Denisse, perdimos a Beto Betico, perdimos a Beto Betico!
-¡Pero cómo, doña Tini, si no hace ni media hora los vi pasar por aquí por la
tienda!
-Pues fuimos a la lechería y así nomás de pronto ya no lo vi.
-¡Ay, no, Dios bendito! ¡Pues vamos a buscarlo!
Y cerrando la miscelánea nos echamos a una búsqueda tan frenética como
inútil.
De esa tarde en adelante vi a doña Tini convertirse en una pasa, en la llorona,
en la perra que aullando echa de menos a sus cachorros. Y es que tras la
fallida búsqueda en terreros, ribera del río y hasta en el basurero municipal, mi
fiel amiga Tini dejó de ser quien era. Sus ojos comenzaron a hundirse y sus
brazos a debilitarse. Nada había que la sacara de su ensimismamiento, de sus
miradas perdidas en la nada. Ya no era aquella Tina Abrego que salía bien de
mañana a darnos ya no sólo los buenos días, también su pan recién horneado
por ella misma. Tina era el amor de todos. A sus sesenta años su vida era Beto
Betico, ese nietecito que le había dejado su hija cuando luego de un difícil
cáncer de estómago, había muerto un martes cualquiera de junio. Tinita había
llorado mares, pero tenía tantas vecinas buenas que tras echar montón nos
ocupamos de consolarla y hacerle ver que la vida seguía.
Beto, Betico, ¿Quién no quería a ese chico tan servicial? Se metía
dondequiera. Ya alguien le daba un taquito, más allá un cafecito y yo, en mi
tiendita, un juguito de naranja. Siempre tuve miedo de que Betico se afeminara
porque en el pueblo no había niños, sólo él y las tres niñas de Julia Briones y
las otras dos de Ambrosia a la que le decíamos La Sonámbula. Hombres no
había porque todos se la vivían en la mina de oro a muchos kilómetros del
pueblo y venían cada seis meses y solo por un par de días.
Bruno, papá de Beto Betico nunca se fijó en mí con todo y que a escondidas
me le metía en sus pantalones. Nada serio quería conmigo, solo besuquearme
y salirse de mi papusa antes de dejarme algo de su vida dentro. Así era cada
que venía. No me gusta llamarme a mí misma pichicatera, pero eso era. Me
conformaba con eso tras dejarlo entrar por los corrales tras la tienda, quitarme
la ropa y hacerme suya. Sabíamos que hacíamos mal porque Soraya lo
esperaba con la raya y claro, con esas caricias que le pertenecían.
-La Soraya se va a petatear pronto, Denisse, y usted bien sabe que aquí en el
pueblo nomás ella y usted son las que me cuadran el ojo. No me quiero
arriesgar a que alguien se agencie de su cuerpecito, usted es mía y téngalo
bien presente.
-Se la da de muchas habladas, Bruno, pero nomás no me deja nada. Ya ni le
pido billetes, que la tiendita me deja bien, pero pues déjeme algo suyo dentro,
que sola no quiero quedarme un día.
-¿Ya vamos de nuevo con eso?
-Pues sí, además, la Soraya ya anda en días pa que se muera y yo no veo el
día en que me deje panzona.
Beto Betico no era mi hijo, pero al igual que todos, lo quería mucho. Hasta
callos me salieron de andar por las calles de los pueblos vecinos gritando
¡Beto, Betico, hijo! Y es que todas lo llamábamos así. Hasta fiesta le hacíamos
cuando cumplía años y así había sido hasta que se nos había desaparecido.
-Dele de sorbos, Tinita, de sorbos chiquitos aunque sea, usted sabe que el té
siempre hace bien.
-No te me apegues , Denisse, siento que me moriré pronto y no quiero que
sufras tanto.
-No diga eso, ¿Cómo va a creer? ¿Qué haremos todas sin Tina?
-Nomás te encargo a Betico, por favor.
-No es de buen gusto diga eso, Tini.
-Búscalo, yo sé que lo encontrarás.
Muerta la Soraya, Bruno desapareció. No sólo se me habían secado los ojos de
tanto llorar, también la popusa porque no volví a desear hombre alguno.
Me olvidé de buscar a Betico porque al Betico lo había tenido yo desde el día
uno. Si el Bruno no me había dejado nada dentro, entonces me quedaría con
algo de lo que me hubiera echado afuera y el cariño de ese niño sería mío.
Lloró, sí, y mucho.
-Calla, Betico, ahora yo seré tu madre.
-No, quiero ir con má.
-Tu má se ha muerto, pero ahora todos los chocolates, dulces y jugos que hay
en la tienda son tuyos. Esos si están sabrosos, no como la podrida de tu
mamá… ¿Sí sabías que tenía cáncer, verdad, Beto?
-¿Qué es eso?
-Se estaba pudriendo por dentro que hasta a ti te podría contagiar. ¿Te
imaginas contagiado? Tu piel se caería en pedazos. Perderías cachetitos, pelo,
dedos, tus brazos. Todo lo irías dejando regado por la calle … así que fue muy
bueno que ella se haya muerto.
Betico no se contagió de nada, pero sí lo invadió la tristeza. Se convirtió en una
marioneta de hilos flojos cuyos ojos comenzaron a hundirse y su piel a llenarse
de salpullido. En menos de un mes, con todo y que intentaba alimentarlo, pasó
a ser una especie de gato enclenque cuya cabeza le era difícil de mantener
estable. Entonces dejó de ser eso de lo que me había obsesionado. Ya no era
bonito ni se parecía a su padre Bruno. La paciencia que antes le tenía
desapareció y sin más lo saqué de la casa en la madrugada, lo eché en la
carreta y conduje rumbo a las Glorias.
Adiós, Beto Betico. Te quise consentir, pero no quisiste. Y como sabía que no
hablaría no me pareció verlo aparecer por el pueblo en harapos, vagando sin
decir nada y parándose en cada puerta pidiendo caridades. Cuando llegó a la
mía lo quise abrazar, pedirle perdones, pero no pude. Me conformé con verlo
comiéndose un plátano que le había dado para luego cerrarle la puerta. Corrí a
la ventana, abrí la cortina y lo vi ir cuesta abajo. Entonces me eché a llorar
tirada en el suelo porque no sólo había marchitado su existencia, también le
había arrebatado a su abuela por mi egoísmo de tenerlo conmigo.
A mis cuarenta años Beto Betico me corta las uñas de mis pies y le doy unos
pesos. Ya es todo un hombre y se parece mucho a su padre. No habla, pero
sus miradas dicen mucho.
-¡Ay, Betico, me cortaste de más la uña! ¡Me duele, vete, carajo!
-¡Mata abuelas! -me dijo poniéndose en pie -¡Mata abuelas, mata abuelas,
mata abuelas! -y se fue gritando rumbo al pueblo.
Jamás volvió a pasar por mi casa. Le gritaba, pero pasaba de largo. Y desde
entonces tomo sola chocolate por las mañanas, ya nadie me cepilla el cabello
ni reza el rosario conmigo.
Algo pasó porque ya nadie en el pueblo me dirige la palabra ni tampoco me
dejan entrar en misa. Me estoy secando como Tini, pudriendo como la Soraya,
yéndome como el Bruno y volviéndome un fantasma como mi niño Beto
Betico… ¿Qué es la vida sin mi niño? “Ven Betico, aquí tengo gelatinas para ti”
pero son sueño guajiros porque la tienda la cerré porque nadie volvió a
comprarme más nada.
Alma en pena soy, soy mucho menos que nada. Y como cada mañana y justo
a las cinco de la madrugada, pasa Betico alzando los brazos y caminando
como soldado.
Betico murió ayer. Lo encontraron en las ruinas del viejo bar. Me echaron de la
capilla de velación y del panteón. Ahora soy yo la que grita en las afueras del
pueblo ¡Betico, perdóname, Betico! Pero ya ni el aire rebota mis lloros, nadie,
porque desde la muerte de mi niño soy nadie.
AITOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor





