Mamá me alzo la falda, vio mis pantimedias y
enseguida me echó la bendición. Tan católica como
era decía que cuando se soltaba el viento era el
mismísimo chamuco metiéndose entre las ropas de
las mujeres para toquetearles lo que ella llamaba “El
triángulo del pecado”: Tetas, puchaina y trasero.
Años me la pasé acompañándola a eventos religiosos
donde ella era la organizadora, catequista, limpia
santos y lava chones del padre en servicio. Caminar
descalza en lugares abiertos estaba prohibido. “El
pecado entra por la vista, Trini. Los hombres tienen
malos pensamientos cuando ven los pies desnudos
de una mujer”. Por ello jamás usé sandalias o
chancletas “Patas de gallo” como lo hacían casi todas
las chicas de mi barrio.
De las cosas que más me avergonzaban cuando
íbamos a misa, era el hecho de que al momento de
darnos la paz, me pegaba en la mano cuando
saludaba a los hombres que me tocaban al lado. “Las
manos y los pies de los hombres son los vehículos
que llevan al pecado” y así me era condenable
cualquier contacto con los varones.
A mis treinta y cinco años jamás había visto a un
hombre a la cara, saludado formalmente y menos
aún, desnudo; por eso, cuando bajábamos al San
Miguel Arcángel que estaba a un costado de la virgen
de Fátima, los calores se me venían encima porque
enjabonar esas piernas gruesas y pecho de vaquero
no era cualquier cosa. Mientras mamá pasaba la
esponja rezaba casi en un lloro, así era ella de
santurrona y represora contra sí misma. Por mi lado
me lloraba la entrepierna porque de verdad mi cuerpo
exigía esa otra parte que por naturaleza se
necesitaba. Yo estaba mal y mi conciencia me lo
restregaba en el alma porque aquello era un santo
que no merecía mis perversiones. En casa me veía
obligada a tragarme verso tras verso de Los
Proverbios y los Salmos con una entrega absoluta.
Tirada en el suelo quedé cuando una certera
bofetada viniendo de mamá me hizo saber que lo que
ella decía era regla. No soportaba las pantimedias en
un verano en el que la licra y la seda me cocinaban la
puchaina volviéndola un caldo de pescado.
-¡Mamá, las pantimedias dejaron de usarse hace
treinta años!
-Sólo te protejo del mal, hija. Los hombres nomás
están buscando la ocasión para entrar, yo sé lo que
te digo.
-¿Y usted cómo le hizo para tenerme, entonces?
– Mira, cállate, Trinidad. Mi pasado es cosa que no te
incumbe.
-Tampoco mi presente le debe de importar a usted.
-¡Cállate, insolente!
-¡Estoy cansada, mamá, cansada de verme como
una mojigata, mírame, ya brinqué los treinta y ni he
conocido el amor!
-¡Oh, ya veo! ¡Quieres ser una perjura, una caldea!,
¡Anda pues, vístete de colguijes como las egipcias,
vuélvete una cualquiera.
-¡Mamá!
-¿Qué te ofende? ¿La verdad? Anda, vete con los
hombres para que te exploten y te dejen tirada como
basura.
-¡Pues me voy!
Y esa última frase saliendo de mi boca la hizo
colapsar llevándola a una terrible embolia que la llevó
a la cama.
El papeleo para arreglarle su pensión fue el infierno,
pero no fue nada para lo que descubrí en una vieja
memoria que oculta tenía en una cajita sellada con
candadito chino.
Cuando se la mostré se retorció como una serpiente
herida y eso únicamente me aumento una terrible
curiosidad.
Cuando la metí en el puerto se develó ante mí la vida
y obra de una mujer que había llevado una vida tan
desastrada e impúdica, que me arrastró de tajo hacia
un odio que nunca había experimentado.
Nunca en mi vida la palabra prostitución había
sonado tan vibrante y estridente. Ahí estaba mamá
en videos y fotos con tantos hombres como limonero
en temporada. Pero el gran personaje era un tal
Pedro Tarcua, un hombre robusto y de expresiones
violentas. Mamá amaba sus manos y no me costó
trabajo saber por qué. “Amo verte ir con tus manos
remojadas. Mis papás no me dejarán ir contigo, pero
ni saben que mis sales te queman las manos.
Gracias por dejarme desforzada, débil, vibrante y con
mis piernas tembleques. Lo juramos, amor, quince
días de lluvia salina y sólo nos falta uno” escribió
mamá.
El día quince Pedro no metió mano, pero apenas
escucharon el ronquido de mi abuelo, y ella, mi
madre, tan malabarista toda ella, de un salto quedó
ensartada en la gruesa vara de un Pedro que para el
día dieciséis se había ido.
Mamá le lloró mares. Mis abuelos, impotentes como
para reprimir a una joven tan intensa, terminaron
echándola a la calle.
Libre de ataduras me sobró información. La mujer
lloraba desolada. La miraban gimiendo y
toqueteándose bajo el puente de la Brujita, en el
panteón Santiago y hasta en el San Fernando. Seca
se había quedado de amores y no había nada ni
nadie que pudiera consolarla.
Ser recogida por el padre Garcés de la iglesia San
Francisco de Asís la convirtió no sólo en una
ayudanta de lo que fuera, también en una mujer que
convertida en madre soltera con ayuda de un hombre
santo, terminó independizándose y convirtiéndose en
una mujer apegada a la iglesia. Supe entonces de
dónde venía su rigurosa actitud de convertirme en
una mujer reprimida.
Al día siguiente saqué a mamá al patio y frente a ella
quemé mi guardarropa entero. Quedándome
únicamente con lo que traía puesto, saqué una parte
de los ahorros de mamá y me fui a surtir ropa
decente y apegada a mi edad. No me volví una
descarada, pero sí con una deliciosa modestia que
me llevó a conocer a mi actual esposo. Las
expresiones de mamá al ver consumirse las muchas
medias y pantimedias es algo que jamás podré
olvidar. Me gocé de verla sufrir porque esa mujer
simplemente me había reprimido por años. Había
vaciado en mí su amargura y no deseaba que
floreciera naturalmente. Me había metido entre ceja y
ceja, porque no pudo hacerlo en el corazón, la
imagen de un Dios bondadoso que la había llevado a
someterme “espiritualmente”
El último año de su vida su cama estaba en una
posición de que estuviera viendo por la ventana. Yo
solo entraba en su habitación para bañarla, vestirla y
alimentarla. Ella me había perdido y en mí sólo había
un deber filial que cumplí hasta que falleció.
Oportunamente me convertí en una mujer plena, libre
y amante de un hombre que jamás fue ese que
mamá me dibujó como explotador, malediciente o
borracho.
AUTOR:
JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor




