La pluma del viajero

0
11

Apenas murió mamá y todo cobró sentido. La casa se convirtió
en el receptáculo del amor porque todo me hablaba de ella, todo,
pero en particular la cocina. Ese lugar era su imperio, un nicho
sagrado en el que sólo se accedía cuando ella no estaba y
siempre con la debida precaución de no mover nada y mucho
menos romper por accidente alguno de aquellos muchos detalles
que la embellecían.

Por muchos días miré por la ventana y al fondo del patio ese
árbol en el que cada mañana mamá salía a colgar las jaulas de
los canarios. Le había puesto nombre a cada uno y cosa curiosa,
las avecillas parecían entenderla. Escuchar su canto mientras
desayunaba se volvió mi acto más sagrado después de hacer
yoga e intentar en esas rutinas, conectarme con ella. Y de pronto
estaba ahí, convertida en toda una hortelana buscando en el
mercado fertilizantes porque eso era lo que hacía ella y era todo
un deber mantener ese jardín que rodeaba al árbol de los
canarios, lleno de vida. Deseaba a toda costa conectar con su
espíritu al clavar mis dedos en la tierra húmeda, al ponerle alpiste
a los pajarillos, rociar las plantas o limpiar a conciencia su cocina.

La soledad y el dolor de no tenerla me convirtieron en un ser
solitario y triste. Leía con entereza Los Salmos y Proverbios en la
Biblia porque para ella era sagrado y necesario antes de iniciar el
día. De tres cucharadas de chocolate en la leche pasé a una. "No
es necesario tanto polvo", decía. Pero para mí era un gusto.
Ahora ya no estaba y su deseo se volvió mandamiento. Y sí, de
pronto comencé a apreciar los saleros, la azucarera en forma de
gallito y hasta el diseño en el mango de las cucharas y tenedores.

Me parecía absurdo el que desayunara sus panqueques con los
cubiertos de alcatraces y la cena con los de diseños de flor de lis.
Así era ella de detallosa, analítica y bellamente organizada.

Cuando sus ojos se comenzaron a nublar, sus piernas a tornarse
encleques y sus manos torpes, mi vida comenzó a tomar un tono
gris. Adiós a mis rutinas de fortalecimiento espiritual porque
obligada estaba a ver por ella. Mis hermanas, Cuca y Artemisa
simplemente se habían desterrado dejándome sola y cargando
cn una mujer que desde que amanecía hasta que anochecía me
requería. Llegar a odiar mi nombre fue el resultado de una tortura
y abuso que no me correspondía, o por lo menos no sólo a mí.
"Cleo, mis pastillas, hija" "Mis pantuflas, Cleo, las quiero cerca,
amor" "Me toca baño, no se le olvide Cleo" y así, hora tras hora,
día tras día, semanas tras semanas hasta convertirse todo
aquello en más de cinco años en los que mis caminatas
matutinas con mi perrita Cloe, mis lecturas de Octavio Paz
tomando café y mis sesiones de yoga quedaron arrecholadas en
algún rincón de mi ahora miserable vida.

Cuando el cuerpo de mamá por fin quiso dejar de ser funcional,
creí en Dios.

-Enterraremos a mamá con tío Claudio, Cleo, ¿Cómo ves?

-Me da igual, Cuca. Lo único que quiero es ponerla bajo tierra y
resucitar.

Las jornadas del dolor y previas al entierro se dejaron ver cuando
mis hermanas, sumidas en una enorme desesperación, lloraban
encima del ataúd. Gemían echadas en ese cajón que yo había
pagado y se ponían al pecho gladiolos ajenos. Quienes nos
acompañaban miraban compungidos a ese par de actrices
agonizantes. La fría era yo mirando todo a distancia y sin
expresiones. No era necesario llorar porque mamá no me había
dado oportunidad de hacerlo. Su lenta enfermedad de los huesos
y la pérdida de su memoria me ataron irremediablemente a ella.
Tiempo para agarrar albums de fotografías y recordar tiempos
lindos, no había. Ellas, mis hermanas, iracundas se reprochaban
una a la otra cosas sin sentido en su intenlito por poner a salvo
su conciencia.
Años después y debido a una venta de banqueta, una mujer se
acercó para preguntarme sobre el precio de un viejo cuaderno de
notas. Cuando ella misma se dijo de qué era, lo abrí , hojee y
comencé a devorar toda una ristra de pequeñas notas en las que
expresaba su amor por nosotros. Me volví adepta a ese cuaderno
que se volvió una sana costumbre de analizar sus pensamientos.
Mamá nos amaba pese a nuestros estúpidos arranques de
inmadurez. Nomás por eso digo que apenas mamá murió, pero
tiempo después resusitó para darnos nuestro merecido.
Mamá se ha ido pero sigo colocando su loción en mi ropa, cocino
lo que ella y hasta sus costumbres las tomé para mí. Que mis
hermanas se desterraron, cierto, pero hoy no soy más que el
ejemplo vivo de aquella mujer que un día deseé muriera y poder
así ser libre.
Abri la ventana, volaron los canarios y al día siguiente los
encontré muertos en la ventana. Este era su hogar. Y así, igual

yo morí el día que mamá fue sepultada. Las razones ya se las
dije y las que no expresé son quizá las que más me atormentan.

AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO

EL VIAJERO VINTAGE

@derechosresevadosindautor.
Si te agradó este relato seguro querrás adquirir mi más reciente
libro de relatos cortos titulado EXTRAÑANDO CASA. Envíos a
domicilio a México USA y México.
Facebook: El viajero vintage
YouTube: El viajero vintage
Watsap: 8616178424