“Marina”
Cuando Marina cayó en cama comencé a mirarla con otros ojos, con los ojos del
amor, del esposo que siempre había querido verla así, yaciente y a su disposición.
Aquella inesperada embolia me había caído tan oportuna que no pude evitar
sentirme feliz. Mientras su familia sólo se escabullía para no ayudarme en lo más
básico, a mí en realidad no me importaba porque jamás los había necesitado. Mis
emociones eran otras porque yo sólo buscaba rinconcitos para arrodillarme y
decirle a Dios, ¡Gracias, Señor mío, Poderoso, Omnipotente, Rey de Reyes… y es
que ese ser Omnisciente me había mirado a los ojos, a mí, al más mísero de sus
creaciones.
La mañana de ayer y al volver del mercado corté diminutas flores azules que
encontré en mi camino. Eran flores salvajes, pero de apariencia educada. No olían
a chocantes y vanidosos jazmines, pero iban vestidas de fiesta. Las metí en una
pequeña bolsa plástica y después del baño, se las puse a Marina una a una entre
dedo y dedo en sus pies. Los pies de Marina son hermosos, se parecen tanto a los
de Afrodita de Botticelli. Y alguna vez llegué a decírselo, pero era tan inculta que
sus intereses no pasaban de leer publicaciones banales y ver películas grotescas
y vulgares. Mientras yo me ilustraba con filosofías de Kant, Schopenhauer y
Voltaire, Marina era una por dentro y otra por fuera. Su exterior era la Galatea
hermosa esculpida por Polifemo, y como Polifemo estaba yo, prendado de una
belleza que ella jamás se creyó. Marina era eso, una mañana abrillantada por
diamantes de luz salpicándola. Su cabello era oro porque se lo pintaba
renunciando al castaño. Su nívea piel aceptaba ese tono porque iba tan bien con
él. Los ojos de mi Marina en conjunto con sus labios, nariz y orejas, parecían
haber sido copiados por Da Vinci y replicados en muchos de sus cuadros.
Leonardo siempre tan futurista que seguro vio a mi Marina en alguna de esas
visiones creadoras que tuvo en tiempos renacentista.
Qué esperanza me dejara mirarla como cuando novios. Lo hacía cuando plácida
dormía en esa cama que terminó siendo solo suya. Y mientras la miraba ahí,
dormida y como todo un querube, me enamoraba más y más de ella.
Por dentro ella era un Leviatán, un monstruo de mil tentáculos sin ojos que
arrasaba mi existencia como una tromba. Era una noche de tormenta, una puerta
cerrada, una ventana de cristales pañosos, un gusano intestinal devorándome sin
justificación. De que me era infiel, sí, sí lo era, pero hasta en eso debía ser cordial
y soportar los aromas a hombre entre sus piernas, cuello, brazos y labios. Mi
Marina era mi todo, pero también de todos. Ninguno de los niños que teníamos
juntos era mío, ¿Pero qué más daba?
La única vez que intenté irme de casa fue cuando la descubrí con dos hombres
que poseían a esa mujer a la que le había dado todo. Aquel par de hombres me
regresaron a punta de puño haciéndome jurar que no volviera a intentarlo.
Riéndose les pidió la hicieran suya mientras yo miraba. No me importó. La amaba
de más, pero ella de menos. Le lloraba en silencio porque de verdad la quería con
todo y los abusos que cometía en contra mía… por eso, cuando le cayó la embolia
y los amantes se fueron, sus abuelos se llevaron a sus nietos y a mí me dejaron
solo con ella, entendí que la paciencia que tanto predicaba San Martín de Porres,
tenía mucho de cierta.
Nuestra vida matrimonial mutó drásticamente. Ahora sólo estábamos ella y yo y el
mundo para los dos. Me gusta bañarla y contemplarla desnuda. Sus pechos
aporreados por los hombres se niegan a caer y su monte de Venus, selvático y
seductor, aguarda mi llegada.
Hacía mas de diez años que no tocaba a mi mujer, por eso, cuando el jueves la
codicié luego del baño, ni dudé el perfumarla, colocarle margaritas entre sus
dedos de los pies, bañarle sus senos con miel, su pancita de zarzamora y su
cuello de aromas jazmín.
Conozco a Marina cuando no quiere algo, y ella no quiere mis besos. Tampoco
desea mi babeante molusco entre sus piernas y menos en su boca torcida. De
inicio, cuando le dije que todos la habían abandonado y que solo quedaba yo junto
a ella, se le salieron las lágrimas. Ella quería a los demás y no a mí. Soporté el
desprecio porque habíamos jurado estar juntos hasta el fin. Yo cumplía con mi
parte y si ella no lo hacía, era su problema. Ella era mi mujer y debía cumplirme.
Gesticulaba, manoteaba y me maldecía, pero yo sólo me embebía en su hermoso
cuerpo.
Me gusta llevarla al lago en la silla de ruedas, al mercado y al paseo de
las putas. La mayoría la conocen y se acercan a decirle cariñitos y frases
hipócritamente consoladoras. Cuando se le escapa una lágrima presto se la
limpio. Ella odia que la miren hecha un monstruo, pero a mí me gusta que la vean,
que todos sepan que Marina Trancas ya no es la ramera de todos ni la tetona de
piernas gruesas que me golpeaba.
La noche en que Marina murió la amé como nunca. Quince años junto a ella
merecía celebración y la llevé al bosque de las mariposas. La desnudé, la
bañé en miel y la recosté en la broza. Mi lengua jamás había lamido tanto a una
mujer como esa noche a mi Marina. Nunca he sido precoz, pero verla así,
ensalivada y medio encorajinada me causó un orgasmo tan bendito que quedé
dormido y luego de algunas cervezas, recargado en un árbol. Al amanecer las
hormigas y cientos de insectos habían devorado a mi Marina al ser atraídos por lo
dulzón de su piel. Nada le habían dejado, solo un blanco esqueleto embadurnado
de nervios. Grité y grité pero los animales salvajes ya habían hecho lo suyo.
Marina Trancas me violentaba y hacía conmigo cuánto quería. Yo lo aceptaba
porque la amaba. Pero cuando Dios me la puso en charola de plata supe que ese
pelao de vestiduras blancas había comenzado a consentirme.
Sus huesos, atrapados y perfectamente armados en una base de yeso siguen en
casa. Eyaculo en ellos porque ella es mi mujer y lo será hasta que mi cómplice,
ese que murió en la cruz me permita seguir teniéndola.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor
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