“RUFO”
De un solo manotazo Manolo tiró mi torta al suelo. Me acuclillé para levantarla no
sólo por el hambre que tenía, también por que mamá se había afanado en
preparármela desde temprano. Cuando menos lo esperé su zapato vino a dar
encima de ella despanzurrándola y dejando fuera los frijolitos y el tomate. Los
malos se rieron y los buenos me tomaron del brazo para alejarme del lugar y que
la cosa no se hiciera más grande. De hecho no se haría porque no soy niño de
peleas. No sé de derechazos, golpes bajos o meter el pie. Cualquiera, por más
pequeño que sea podría ponerme fuera de combate y sólo con un soplido.
No le contaría nada a mamá porque seguro iría a echar pleito a la escuela, mucho
menos a papá que siempre me gritoneaba de mariquita por no ser como los hijos
de sus amigos.
Claudio me dio de sus taquitos de carne y Julia de su jugo de naranja. Nunca
había comido carne y la verdad me gustó. Jugo tampoco, y menos natural como el
de mi compañerita.
Las manos de mamá son expertas en cocinar delicioso. Creo que hasta ganaría
cualquier competencia porque sus comidas siempre me dejan feliz. El otro día me
dijo Hagamos tortas de tamal, y yo sin saber de qué se trataba tomé la nota, salí
de casa y se la entregué al señor Jairo en la tienda para que me surtiera. Estando
todo en mi morral le di el cartoncito para que anotara la cuenta que a final de mes
papá pagaría. Ya en casa y emocionado por saber qué era aquello de que mamá
traía en mente me paré frente a ella ofreciéndome a ayudarle.
-Corta el pan a media mitad, Rufo. Yo le pongo el barrido de frijolitos y el tamal.
Y de pronto tenía frente a mí un enorme bolillo con un tamal dentro.
-Échale salsita y un poquito de queso para que te sepa mejor- me dijo.
¡Uf! Algo muy delicioso. Me comí tres y ella dos. Yo soy muy tragón.
-Ya andas merodeando, Rufino -me dice mamá cuando me ve rondar la cocina-.
No hace ni una hora que comiste y ya andas como las moscas.
El día que papá vendió harto vidrio llegó a casa con muchos huevos. Lo divisé
cuando venía con bolsas en las manos y que corro a encontrármelo.
Por varios días comimos huevito con frijoles, quelite con huevo, huevo con
cilantro, huevo con chile, huevos entomatados y papas con huevo.
El día que Jimena Duarte cumplió años, su mamá le hizo una merienda en el salón
de la escuela Zaragoza. Después de romper la piñata y que nos dieran una bolsita
repleta de dulces, nos dijeron que nos sentáramos, que era hora de comer. Era de
no creerse. Pusieron frente a mis ojos un paquetito cuadrado envuelto en una
servilleta acompañado de frituras y un refresco. Curioso lo abrí y descubrí dos
panes suavecitos que al abrirlos traía dentro un jamón embadurnado de
mayonesa, jamón, tomate y algo verde que Anamary me dijo se llamaba aguacate.
Mariany, al verme sorprendido se rio y me dijo que se llamaba “sangui”. Aquello no
sabía en nada a lo que sabía la torta de tamal.
-Ni se te ocurra siquiera olfatearlo, imbécil- me dijo Manolo poniéndome su brazo
al cuello. Y lo vi irse con mis frituras, mi refresco y aquello que me quedé con
ganas de probar. El resto de la fiesta me quedé sentado viendo la comilona y a
Mano hasta el fondo del salón engullendo su segundo sangui.
El martes mamá me llevó taquitos de frijolitos y café. Apenas se dio la media
vuelta y Manolo salió de entre los botes de basura y me lo quitó todo. Hacía ya
mucho que no olfateaba un café caliente porque así como llegaba a mis manos,
así me los quitaba.
Teresita Pagua me sobó el chichón del jueves, pero también el del viernes tras de
mi oreja. El del lunes no fue chichón, pero sí una pequeña rajadita tras de mi
brazo.
Manolo es agresivo como esos chiles que mamá avienta al comal y que por lo
caliente saltan y resaltan terminando bien toreados. Toreado, sí, así es Manolo
conmigo, un toro de ojos rojos ante el cual me arrodillo para pedirle perdón por
mirarlo. No le gusta lo mire, y si de repente fallo, me lleva al granado y me da mi
merecido.
Mamá murió de rabia porque la mordió Canuto, el perro de Mariana Rola. Yo no
sabía, todos fue de repente. Esa mañana y mientras me lavaba la cara para irme a
la escuela la miré ahí, junto al fogón preparándome unas papas fritas y una
enorme torta. Me emocionaba porque por primera vez una torta preparada en casa
llevaría aguacate.
Dicen que la muerte se olfatea, no lo sé, los niños nunca olfateamos lo que los
mayores huelen; tampoco llevamos esas caras de desastre que ellos tienen.
Bueno, yo sí, pero sólo cuando Manolo se me aparece como la virgencita a Juan
Diego, así nomás de repente.
-¡Trinidad, corre y suena la campana!- gritó la maestra Dorita. Y mi amiga Trini
salió correcamina con sus patas largas a jalar el sedal. Todos salimos al recreo y
yo, como siempre, a sentarme en el tronco seco.
-¡Ay, no!- dijo Claudio cerca de mí. Julia se puso en pie y entonces llegó Manolo. A
una patita de mosca estaba mi boca de probar mi torta con aguacate cuando de
un solo manotazo Mano tiró mi torta al suelo. Me agache para levantarla no sólo
porque mucha hambre tenía, sino porque mamá se había afanado en
preparármela desde temprano. Enseguida la despanzurró con sus botas de
soldado y tras poner sus brazos en jarra me obligó a lengüetear los restos del
piso.
Con todo y que mis amigos me habían convidado de lo suyo no quise nada. Me
sentía un niño triste, no sé, algo se había movido en mí con todo y que Julia me
picara las costillas para contentarme.
Manolo se me apareció al caer la tarde frente a la tienda de quesos de don
Hermilo y yo, manos en bolsillos lo dejé llegar. Sabía lo que pasaría. Yo seguía
con algo amargo en mi pecho por saber a mamá tan grave de rabia que sólo lo
dejé tomarme de la camisa, trozarla y reírse como se reía Pepito Cabriales, el
loquito que se había ahogado en el río hacía un mes.
Metiendo un dedo en la presilla trasera de mi pantalón me llevó rumbo al
sembradío de rábanos cercano al río. Cediendo a la fuerza loca del niño malo iba
ahí, entre tropiezos de ir en reversa y las palabrotas que salían de su boca.
Me tiró entre los surcos húmedos y desde abajo miraba su cara roja y al mismo
tiempo la colorada del sol. Ambos me observaban candentes. Manolo de un solo
estirón sacó un par de rábanos de la tierra mojada e iracundo comenzó a darme
con ellos en la cabeza.
-¡No me pegues, Manolín!
-¡Cierra el hocico, marica!
Y el lodo se me metía a los ojos y mi cuerpo sin pantalones, calzones ni camiseta,
nomás sentía la golpiza y la picazón del lodo, espinas y arbustos.
Cuando abrí los ojos estaba de noche y tirado en mismos surcos.
-Ya despertaste, joto de mierda. Pensé que te habías muerto como Pepito. Ese
cabrón sí me suplicó que no lo echara al río, pero tú no. Me caga que no te quejes
de todo lo que te hago. Mañana quiero dos tortas, pendejo, ¿Oíste? ¡¿Oíste?¡
Caminé por el Callejón del Carmen en pelotas, embrutecido de soledad y tristeza.
Embadurnado de lodo y con el doble de una rara tristeza que se me había metido
en el alma desde temprano no me importaban las miradas y risillas de quienes me
miraban vulnerado y frágil.
Al entrar en casa encontré a mamá tirada junto a la estufa y con la boca llena de
espuma. Sus ojos medio hundidos se había quedado echándole de miradas al
techo. Entendí entonces porqué se decía que la muerte se olfateaba, se sentía. De
rodillas me le eché encima en un lloro. Había mucho eco a mi interior y de harto
grito a mi exterior. Me había quedado solo para siempre y a merced de la maldad
de un hombrecito que sólo buscaba acabar conmigo.
“Ponle suficiente aguacate, Rufo. Es caro, pero te lo mereces por ser un buen niño
y yo una mamá complaciente”… Mano Manolo Manolín no es un niño bueno, pero
yo debo serlo con él. Por eso las dos tortas iban tan gordas y pesadas como un
par de tortugas. El tomate se sale por los lados y el jalapeño tan inquieto igual se
resbala intentando escapar.
No fui a la escuela, pero sí a la cita bajo el amplio granado. Sumido en mis miedos
las muchas flores rojas son mi corazón en bamboleo. Las manos me sudan y
mamá desde no sé dónde me acaricia la cabeza. Gimo nomás para mí porque soy
un mariquita que no sé decir no, meter mano o poner un Estate quieto.
Mano se abrió paso entre las ramas y ya se plantó frente a mí. A sus once años es
un sabino y yo, con los mismos años, apenas un arbolito de dos o tres retoños.
Tengo miedo. Miedo de que me meta en un costal como suele hacerle a los gatos
y darme contra un tronco.
Intimidado saco el cafecito y las tortas. Le acomodé una piedra plana para que se
siente y ya destapó el frasco. Huele delicioso y me ha detonado un hambre que he
mantenido amarrado desde hace muchas horas. Engulle las tortas dejando caer
en su brusquedad la lechuga, el jalapeño y hasta algo de aguacate. Quiero lamer
del suelo los restos. El gruñido de mis tripas y el recuerdo de mamá todavía tirada
junto a la estufa me perturban tanto que quiero echarme a llorar… Ay no, no
puedo con este nudo en mi garganta. Estoy gesticulando, las lágrimas se me
salen.
-¡Cierra el hocico, maricón de mierda!- y seguido por un codazo termino en el
suelo y con un hilo de sangre metiéndoseme en los ojos. Colapso, tiemblo como
de frío, pero no es eso, es infortunio, miedo, dolor, abandono. Ahora estoy como
mamá, tan iguales, tirados al ras del suelo y de la miseria. Ella saboreando la
espuma, yo la sangre, ambos la muerte.
“El filo del cuchillo es de respeto, Rufo. Agarra bien el mango porque un descuido
te cortará y eso duele mucho”… entonces los ojos de Mano Manolo Manolín
quedaron abiertos cuando lo vi ir hacia atrás con todo su peso. Se retorcía como el
perrito que él mismo había lanzado contra la base del asta de la bandera en la
escuela.
Tirado tras él vi el cuchillo metido en su bolso trasero del pantalón. Era para mí,
para mis entrañas. No, ¿Por qué para mí? En un acto heroico tan desconocido en
mí lo extraje y así en una rara voltereta se lo metí en la espalda sin miramientos.
Le tomé respeto al cuchillo y besé su mango estando todavía metida la hoja en su
cuerpo. Cansado pegue mi cachete a su espalda y cerré los ojos. Lamí el mango
humectado en sangre, esa sangre que había llenado de vida al más criminal de los
criminales. Manolo se congeló por un momento y luego, sacando sus últimas
fuerzas se giró levemente hacia mí. Me tomó del cuello, pero ya muy débil.
La piel de Manolín es suave. Siempre había imaginado que su pecho era rasposo
como el nogal de mi casa, pero no, era liso. Igual su cara. Antes me parecía la de
un minero tiznado, mal encarado dispuesto a echarme a la laguna de oxidación,
pero no. Ahora estaba ahí, mirándome entre un me quedo o me voy. Boca arriba,
debilitado y con sus ojos llorosos su mano sigue agarrándome del cuello. Tomo su
mano derecha y la capturo entre las mías. La miro despacio y pienso en las
muchas veces que esa misma pieza de cinco dedos me había dado de
coscorrones, bofeteado, tamboreado mi espalda, metido sus dedos en mi colita,
dado en puño contra mi pecho, estirado mi pelo, lanzado mi comida al suelo y mil
cosas más. Ha gemido un poquito y su mano se ha aflojado toda. Hasta nunca
Manolo y que ni el infierno te reciba.
“Apenas matado el pollo, Rufo, sácale todas las tripas porque si le pega el sol ya
muerto, se te va a echar a perder” me dijo mamá la única vez que matamos un
pollo… mis tortas ya molidas las encontré todavía en la garganta de Manolo. Otra
parte ya estaba en la bolsa del estómago. Su estómago era muy igual al de aquel
pollo que un día partimos en dos. Con todo y las masticadas mis tortas todavía
saben a tortas. Mi hambre es tanta que hasta pedacitos de sus riñones me comí.
Saben algo raro, pero nada que un trago de agua no quite.
Por veinte días fue a ver a Manolo bajo el granado que estaba por las cortinas de
agua. Entre los perros callejeros, las hormigas y las moscas terminamos por
acabárnoslo. Dicen que perro no come perro, pero los perros se comieron a
Manolo.
A los dos meses, Jaibo, el perro más viejo de la Calle 1 del ejido Sabinas se hizo
famoso por salir en el periódico llevando un cráneo. Al momento lo reconocí. Perro
no come perro, pero al Jaibo no le importaban los estúpidos dichos de los
humanos, y a mí, que había padecido los horrores del abuso, mucho menos.
Mamá sigue guardada en mi casa de la colonia Flores Magón. Cada que voy a
Sabinas camino al patio, riego la bugambilia y me admiro de sus flores rojas, tan
rojas y justamente alimentadas por la mismita sangre de mi madre.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor
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