La pluma profana de El Markés

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Abuso inhumano

Al entrar, Lizbeth encontró a su bebé sobre el catre y sin pañal. Su rostro se enrareció y sus manos comenzaron a temblar cuando al revisarla encontró cierto enrojecimiento en sus partes nobles. El corazón comenzó a latirle con fuerza y mientras se amarraba a su bebé de meses al pecho, encaró a María y a su amigo sobre lo que había sucedido en su ausencia. … el resto es historia.

Los amigos del “Costeño” se dieron cita en su casa en Colinas de Santiago, en Monclova. No era la primera vez. Como parte de la diversión habría variedad de drogas, cervezas y mucho “costeo”, palabreja muy adecuada para quienes encuentran en el ocio su modus vivendi.

El “Costeño” que según se decía en el barrio provenía de una parte ribereña del país, había llegado a la ciudad más ardiente de Coahuila hacía mucho tiempo. Nunca le había atinado a nada porque no le apostaba a nada. Sus trabajos siempre fueron temporales y si no terminaba perjudicando a sus empleadores, simplemente abandonaba cuando aburrido estaba de dedicarse a algo que lo privada de su libertad. Entonces conoció a María, una chica abortada de un hogar disfuncional que al encontrarse con él en alguna intersección de la vida, optaron por vivir ahora sí que a la buena de Dios… entonces escogieron por vegetar de lo que caía en sus manos de modo ilícito y como un resultado natural, terminaron consumiendo drogas. Habían comenzado con lo más simple, el resistol 5000, la droga ochentera más barata y al alcance de cualquiera. Tiempo adelante se modernizaron dejándose envolver por narcomenudistas que de a poco los fueron introduciendo en el mundo de las drogas como consumidores al grado de pasar del Resistol a la marihuana y de la marihuana al cristal… y ese era su mundo, una negra realidad de la que ni uno ni otro pretendía salir al encontrar comodidad y perversión… y fue hasta ese sitio de congregaciones malsanas y perturbaciones emocionales hasta donde llegó María Lizbeth huyendo de una pelea en casa. Intenciones no tenía de volver pues harta estaba de los sermones de mamá y así, con pañaleras al hombro y llevando consigo a sus dos bebés, fue recibida por María y “El Costeño”, un tipo con antecedentes penales y largas temporadas en prisión.

Al llegar, Lizbeth se encontró con que en casa de su fiel amiga se preparaba un fiestón, o por lo menos eso parecía cuando un montón de personas con indumentaria extraña, ya preparaban terreno empezándose a drogar mientras que de fondo la narco música ya invadía el ambiente. Está bien, quédate, terminó por decirle María a Lizbeth. Esta última, no muy ajena a ese tipo de ambiente, pues sus hijos habían sido frutos de arrebatos pasionales con un amigo de esos mismos gustos, se acomodó en casa. Conforme pasaban las horas la música comenzó a meterlos a todos al patio de baile en el que con los pantalones a media cadera, brazos alzados y manos haciendo señales de las grandes bandas de pandilleros de los Estados Unidos, incrementaron el caos. Lizbeth, empujada por el momento igual comenzó a ingerir de lo tóxico sin importarle que el humo, el ruido y otros contaminantes afectaran a sus críos, esos chamacos que de cuando en cuando lloraban asustados y a último momento, de hambre… entonces las cartas se echaron a la mesa cuando Lizbeth salió de casa para ir por comida.

Ni “El Costeño” aprovechó el descuido de María, ni María quiso hacerse la desentendida cuando el primero tomó a la pequeña entre sus brazos y tras mirarla fijamente, comenzó a idear tomarla para sí. Ajeno a la caridad, a la benevolencia, al respeto y a la justicia, el fuereño actuó según sus instintos apoyados incondicionalmente por una María que se había dado cuenta en todo momento de lo que estaba sucediendo.

Al ingresar, Lizbeth encontró a su criatura sobre un camastro y sin pañal. Su semblante se enrareció y sus manos comenzaron a palpitar cuando al examinarla encontró cierto enrojecimiento en la delicada entrepierna de su hija. El otro bebé lloraba. El corazón comenzó a palpitarle con pujanza y mientras se juntaba a su bebé de meses al pecho, encaró a María y a su amigo sobre lo que había sucedido en su ausencia. Sus sonrisas burlonas, mezcolanza del delito y del consumo de drogas hicieron estallar en furia a una dolida mujer que comenzó a darles de golpes. El resto de los presentes se entrometieron al grado de que el escándalo llamara la atención de los vecinos. A la llegada de la Cruz Roja se puso en auxilio a los pequeños y con el arribo de la policía toda la banda ya había huido y claro, con ellos María y “El Costeño”… no has pasado ni 24 horas y los criminales siguen prófugos y Lizbeth detenida.

La violencia de género va en aumento y la pereza con la que se resuelven es escandalosa. Muchos casos quedan simplemente impunes.

Nada más el año pasado, esto es, en el 2021, en Coahuila se presentaron más de 1700 denuncias por delitos relacionados con la libertad sexual en la Fiscalía General del Estado; de ellas más de 800 fueron de abuso sexual, otras 300 y tantos de acoso sexual; y las quinientas y más restantes entre violaciones simples y equiparadas.

Seamos atalayas de nuestro hijos menores, y ¿por qué no? También de los mayores. Vigilemos sus pasos muy de cerca y con mucha cautela. Atendamos los focos rojos. Nunca olvidemos que ser padre es para siempre y no hasta que emprenden una relación con otra persona. Las drogas y la vida fácil siempre acarrearán resultados funestos, evitemos a toda costa que nosotros o nuestros hijos se conviertan en parte de una terrible estadística. Adieu.

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