La pluma profana de El Markés

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“¿Y qué de mis hijos?”

Cuando hablo de dar absolutamente todo por nuestros hijos y no tomar en resguardo a otros y descuidar los propios, me acuerdo de cuando abrí la puerta y vi a mi hija Analy toda estúpida, sí, hecha una piltrafa y convertida en todo aquello en lo que le había dicho por mucho tiempo que tuviera cuidado en no caer. Y ahí estaba, con los ojos viendo al cielo, las manos temblorosas y rodillas percudidas.

─¡Lárgate de aquí, esta es tierra santa, ve a buscar a tu mamá! No quiero que mis hijos te vean así.

─Papá, ayúdame, la cabeza me va a explotar.

-¡¡Son tus pecados, arrepiéntete!!Pero lejos de aquí, anda vete.

Con apenas quince años se había convertido en un monstruo con el que yo no tenía por qué cargar. De que ella se lo había buscado, era algo muy real y yo, ya con mi nueva familia tenía mucho qué hacer. Ella era la tercera de tres hijos y por ser la menor por lo menos debió haber aprendido de sus otros dos hermanos; bueno, aunque el mayor se había ido con la novia y el otro vendía elotes, pero al menos no como ella consumiendo drogas e idiotizándose a capricho.

Apenas me separé de Julia y mi vida cambió, pero totalmente, la verdad que sí. Me hice cristiano evangélico y a mis cuarenta fui el mejor cantador de alabanzas y panderista del templo Rosa del Sarón. Sentía que Jesús me había tocado y multiplicado al darme una nueva esposa y seis hijos. Mis tres hijos con Julia los dejé en el camino porque en carga se habían convertido; entonces creí que Jesús me había alivianado el yugo al quitármelos.

Rebeca era otra cosa. Tenía un hijo de cada hombre distinto, pero era hija de cristianos y vuelta al camino. El pastor me dijo que Jesús le había dicho que yo sería su último hombre.

La última vez que había conversado con el líder del templo me había dicho que mis ofrendas estaban siendo muy bajas. Le dije que con los gastos de casa, pensión y mi nueva familia todo era más complicado. ¿Acaso no confías en Jesús? En el libro de Malaquías dice ¿Robará el hombre a Dios? Y como dice el profeta también yo te digo, le has robado a Dios en tus ofrendas. Si tu antigua familia te es por tropiezo, alaba a Jesús con más fuerza y Él te dará la respuesta. Entonces me convencí de que Jesús me respondía y dejé de darle pensión a mi ex esposa dejando ese dinero en el ánfora de la ofrenda. Creí sentir el verdadero amor de Cristo.

Mientras cantaba Y sollozaba “Jesús mi pastor es” y los acordes de mi guitarra armonizadas con el dulce sonido de los panderos colmaban mi gozo, vi a Julia parada en el umbral de la puerta. Intercambié las lágrimas por el odio porque le había dejado bien en claro que no me gustaba interfiriera en mi nueva vida. Cuando el pastor comenzó a predicar bajé del estrado abandonando el coro.

─¿Qué jodidos haces aquí? Te dejé bien en claro que ni tú ni tus hijos vinieran a…

─Analy, está en coma…

─¿Y qué buscas de mí?

─¡Eres su padre, carajo!

─Era, Jesús me ha dado una nueva vida.

─Ella te ama, Braulio, siempre te ha amado. Te lloró noches y noches cuando decidiste irte. No digo que vuelvas conmigo, tampoco que me devuelvas la pensión, gracias a Dios mis costuras me ayudan, pero ella era tu querer ¿ya lo olvidaste?

─Mi querer son Ruth, Magdalena, Vilha, Mateo, Juan y Tadeo, esos son mis nuevos hijos dados por Dios.

─Tienes tres meses con ella Braulio y está embarazada. Dicen que es del pastor, ¿Estás ciego?

─Es del pastor, sí, lo sé, pero él es el ungido…

─Braulio, Analy, está en coma…

─Vete, ya empieza la adoración y no me lo quiero perder.

Cuando le dije al pastor que sanara a mi hija, me dijo que no se mezclaba con personas satánicas. Habló tanta grosería contra mí hija que salí aturdido del templo. En mi cabeza retumbaban frases de mis cantos favoritos, pero eran opacados por la fuerte labia de ese hombre en quien yo confiaba.

Cuando entré al hospital Analy seguía en coma. Me senté junto a ella y comencé a sobarle la frente. Me doblegué ante el amor porque esa chamaquita había sido mi todo. La llevaba a cualquier parte y había sido mi favorita, aunque se escuche mal, entre sus hermanos. Se había convertido en lo que era por mi culpa y ahora y ahí, todo el peso del dolor se me fue encima.

Al llegar mi ex con cosas de aseo personal y demás, la saludé y me despedí. En el camino me encontré a mi hijo el elotero y me negó el saludo. Me pudo mucho porque nuestra relación era buena. El pastor salía de casa y mi mujer me dijo que me había ido a buscar para darle una unción a mi hija. Curiosamente se ajustaba la bata. Oró por mí, pues el bebé anda inquieto, me dijo.

─Pastor, ¿daremos unción a mi hija?-pregunté al teléfono al caer la tarde.

─¿Unción a un monstruo?-me respondió molesto. Supe al momento que mi actual mujer me había mentido, que seguía siendo una caldea perjura y prostituta de todos.

En ese momento un crudo escalofrío me invadió el alma. Era Jesús tocándome, llegándome, haciéndome sentir que estaba ahí para ayudarme si es que yo me dejaba ayudar. Sin decir una sola palabra abandoné el templo y me dirigí al hospital. Mi hija había vuelto del coma, pero estaba dormida. Al verme llegar, Julia se levantó de la silla, fue hasta mí y emocionada me dijo que la niña había despertado. Sentir los brazos de Julia colgados en mi hombro y sollozando de alegría me dieron mi nuevo bautismo. Aguardamos ahí el resto de la tarde. Salimos a cenar y volvimos rápido. Al día siguiente me fui a trabajar y al salir caí en la clínica. Vete, le dije a Julia, aquí me quedo. Al tercer día la dieron de alta y le dije a la mujer, No tengo casa. Y yo tampoco marido, me respondió. Nos echamos a reír al tiempo que sentíamos que seguíamos siendo amigos y que si ambos queríamos, algo más.

Jesús no estaba en el templo, Jesús estaba buscándome como loco para que rescatara a mi familia. Analy estuvo internada un año en Monclova en su lucha contra las drogas, pero eso ya es recuerdo. Hoy es pediatra y mis otros hijos viven bien. No somos religiosos, pero amamos a Jesús y somos muy unidos ¿y mi ex? Ella fue multiplicada, ahora tiene diez hijos y ya no es cristiana. Dicen que el pastor la corrió del templo por pecadora, pues bueno. Dios da y Dios quita. Amén.

Por eso cuando hablo de dar absolutamente todo por nuestros hijos y no tomar en resguardo a otros y descuidar los propios, me acuerdo de esta experiencia que nos hace pensar en fortalecer y no debilitar, en alimentar y no matar de hambre a quienes juramos un día proteger. Adieu.

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