La pluma profana

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“Matarlos de hambre”

Alejandro Moreno Cárdenas, alias Alito, pasó a convertirse en
vergüenza nacional desde que de a poco se fue develando su verdadera
identidad de fraudulento, mordaz, malévolo, ladrón, abusivo, prepotente,
traidor a la patria y ¿qué más?… cientos y cientos de adjetivos se escurren por
la personalidad de este costal de nadas que representa a un partido en
decadencia. Sus palabras contra el gremio del periodismo sólo devela un sentir
de odio por quien comunica a la sociedad la realidad del acontecer cotidiano,
bueno, aunque de que existen periodistas mentirosos que avergüenzan la
profesión, los hay, pero no podemos generalizar cuando en sí dicha profesión
u oficio es muy noble…
“A los periodistas no se les debe disparar, papá, deben morir de
hambre”

Así nomás emergió de la cavidad infernal con la que besa a su
madre, a su esposa, a sus hijos o hasta a sus amantes. Una expresión
de miedo cuando es en este país de América donde más periodistas
mueren. Una sentencia tal sólo alimenta el deseo de terceros de
atacar, dañar, hacer caer, desaparecer, abusar y hasta asesinar a
comunicadores. Si lo dijo en un arranque de grosería, momento de
tensión o quién sabe, la cuestión aquí es que es un deseo que lleva
muy dentro y que seguramente en más de una ocasión ha tenido el
deseo de aniquilar a uno que otro periodista que a últimas fechas lo
ha estado molestando al develarse su verdadera personalidad de
embustero y falso político… entonces me vino al recuerdo José Luis
Cabezas, ¿lo recuerdan? Tal vez no, o tal vez sí. En lo personal lo
llevo presente cada que un comunicador se convierte en estadística
de asesinados. Cabezas fue un excelente fotógrafo durante el
gobierno de Menem en la Argentina supuestamente democrática.
Eran un artista de la lente, tenaz, entregado y siempre traía a la
oficina del diario donde laboraba tomas lo bastante impresionantes.
No era el fotógrafo común y corriente que se conformaba con captar
la imagen de tal o cual personaje en posiciones cotidianas; Cabezas
era el amo del ángulo perfecto, el ángulo que haría que su toma fuera
única y que al estar en los diarios diera de qué hablar. Cabezas, como
sucede con muchos reporteros o fotógrafos de noticias se ganó un
fuerte enemigo, al poderoso Alfredo Yabrán, un empresario de
influencias. Se dice que una fotografía aparecida en una de las
publicaciones más famosas de Argentina fue el detonante. Las
investigaciones terminaron por arrojar que había sido este
empresario quien, ayudado por toda una red de corrupción
gubernamental había sido el culpable del crimen. Yabrán optó por
suicidarse cuando fue acorralado por la policía y quienes fueron sus
cómplices fueron apresados y condenados a cadenas perpetuas. Hoy,
a más de 25 años del crimen, todos están libres.
Una de las cosas que me llama la atención de este caso ocurrido
en el año de 1997, es que la población estaba aturdida y alterada de
que en un país democrático ocurriera este tipo de eventos, era
inconcebible que pasara eso en una Argentina libre… entonces veo a
mi país, un territorio libre y democrático que ya no se escandaliza
por nada. La muerte de un periodista en México es eso, una noticia y
nada más, un caso que duele, arde y da comezón como si fuera un

piquete de hormiga que a los treinta minutos el dolor ha
desaparecido. A ese grado de insensibilidad ha llegado la población
en México. Muy pocos piensan que mientras para unos es una simple
noticia ya cotidiana, para la familia es un suceso terrible. El caos que
desata la muerte de un periodista es increíble. La familia jamás
encontrará consuelo porque la justicia nunca llegará. Es en este
momento cuando echo la mente a volar y pensar en que de los
últimos periodistas asesinados, sus culpables siguen prófugos. La
justicia se ha estancado en un fango en el que desde la orilla los
culpables se mofan de su incapacidad.
La frase “A los periodistas no se les debe disparar, papá, deben
morir de hambre”, me hace recordar otra de un hombre que en cierto
tiempo fue honorable y terminó siendo un tirano, Don Porfirio Díaz
Mori. Ante el avasallante y cada vez más inquieta sed de justicia de la
sociedad en su tiempo, el entonces presidente ordenó al jefe del
ejército que acabara con los insurrectos con esa frase que ha pasado
a la historia: “Mátenlos en caliente”… y los mataron en caliente.
No quiero ni imaginar la orden que vino de no sé dónde que
llevó a finiquitar la vida de los estudiantes de Ayotzinapa. La voz de
orden a matar cuando se han encontrado a cientos de migrantes
tirados en predios y rafagueados… ¿y Arturo, “El Negro” Durazo?
¿Cuántas órdenes habrá dado para eliminar periodistas incomodos?
Hoy el periodista tiene una gran responsabilidad para
comunicar, pero al mismo tiempo su andar ya no es como antaño,
hoy sus pasos son gatunos, a conciencia, sagaces y estudiados; hoy su
entorno está invadido por ojos que los observan, los persiguen, los
analizan. Saben sus horas de llegar a casa, dormir, salir al
supermercado, ir al cine, todo. Hoy los periodistas son el objetivo de
quienes delinquen, de quienes no desean ser evidenciados en sus
tratos con la delincuencia… Alito no tarda en dar una orden a
escondidas y entonces aparecerá un periodista asesinado, podría ser
¿por qué no? Finalmente quienes portan su camiseta están
acostumbrados a hacerlo.
“Mátenlos en caliente” y “Matarlos de hambre” son el reflejo de
lo que se ha convertido un país acostumbrado a que abusen de él, o
¿usted qué piensa? Adieu.

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