La pluma del viajero

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“LOS REGALOS”

Cuando papá se negó a dejarme las hectáreas de terreno inútil que tenía, se las quité a la mala. Desde que era niño jamás lo vi sembrar una sola caña y se la pasaba rememorando tiempos en los que su padre era dueño de medio pueblo.

Soñar sin ponerte las pilas te amensa y papá se había convertido en el rey de los mensos al dejar infértil una tierra con mucho futuro. Vivíamos en lo más lejano de lo lejano y ni una mosca deambulaba por allá.

Me bastaron dos que tres cachetadas a papá y unos estatequietos a mamá para que apaciguaditos me dieran el papel a firmar y listo.
Malo no era, por eso comencé a levantar mi casa justo frente al jacal de los viejos.
Si hubiera sido realmente malo los hubiera aventado a la ciudad y a la buena de Dios, pero no lo hice. Inteligente soy, aventado y echado padelante también. Por eso comencé a sembrar mi propia marihuana y con dos que tres moches me compré a los policías del municipio y comencé a trabajar.
-No me traiga dinero mal habido, mijo. Somos pobres, pero honrados.
-Entonces jódanse. No me volverán a ver aquí. He intentado varias veces ayudarlos y ustedes nomás no se dejan.
-Tu padre sabe de siembras, mijo. Váyase a la ciudad con su tío Ambrosio, él le ha dicho que le da trabajo. Júntese sus centavos y cómprese semillas, un tractor y pónganse a trabajar la tierra. Déjese de andar sembrando eso que sólo le traerá problemas.
-Problemas son los que ustedes me dan, pero como me dijo papá ayer, ustedes vivan con lo que les da el gobierno y muéranse de hambre. Que su Dios los bendiga y a mí que me deje con mis asuntos.

Me parecía increíble que viendo mi enorme casa con dos camionetas aparcadas, seis caballos en sus corrales y gente trabajando para mí, no se les rindiera el orgullo y vinieran a pedirme ayuda. Sabía que la estaban pasando mal y desde arriba del cerro donde había levantado mi casa, podía ver allá abajo a los viejos todos amolados sentados en el portal del jacal bebiéndose su asqueroso café y sus panes de maíz. Tal parecía que su Dios se había equivocado porque lejos de bendecirlos a ellos que eran sus creyentes, me daba todo a mí que no creía ni madres en sus promesas salvadoras.

Los Pony’s llegaron a la región y apenas supieron que me las daba de mamalón y empoderado fueron a ponerme un hasta aquí sin rodeos. Me dieron una paliza sólo por que me agarraron desprevenido. Creí moriría por que me rompieron una pierna y un brazo. Tras varias horas de búsqueda papá me encontró en el barranco Torresmochas, moribundo y con la boca llena de hormigas.

Cuatro meses después de la operación de piernas abandoné cama, silla de ruedas, andadores y hasta el bastón que papá me había tallado directamente de un árbol de mezquite que estaba en el patio de mi casa. Toda aquella bola de accesorios terminaron en una venta de banqueta aunque mamá mucho me había pedido conservara para una emergencia. Yo sólo sabía que volvía a ser el Tábano que era antes y que tiempo para perder no tenía. Ocuparme en vez de preocuparme era mi propósito y dos días después ya andaba en mi camioneta poniendo en orden ese negocio que me había llevado a ser lo que era antes de caer en cama.

-No tientes al Diablo, mijo-me dijo mamá cuando me vio llegar con dos hombres a la casa.
-No se meta má. Estos son jales míos y sólo le pido se mantenga al margen Por semanas mis padres, sentados en el portal de su casa que estaba frente a la mía, me miraban entrar y salir tan de prisa que apenas sí les lanzaba un saludo.
Cuando los Pony’s comenzaron a rondarme y considerarme enemigo y competencia, tuve que apalabrarme con los del municipio para que me dieran protección, pero como ellos pagaron mejor que yo, un día me llegó una nota en la que me decían que tenían a papá y que me lo devolverían sólo si les cedía la parte norte de mis sembradíos. De no tener respuesta me lo devolverían en pedazos.
Lo tercero que recibí de él fueron dos dedos de sus pies. Previo había recibido dos de sus manos y una oreja. Impávido y sin dejar de beberme mi cerveza mandé enterrarlos. Lo cuarto y último fueron sus orejas y sus ojos metidos en una cajita
de cartón.
Doblarme a mí, que tenía el corazón de piedra no estaba nada sencillo, y ellos lo supieron bien cuando dando de gritos me pidieron asomarme a la ventana. Ahí tenían a mamá a medio llano… ¿Y? ¡Mátenla a la chingada! ¿Qué tienen que andarme consultando? Y sin miramientos la degollaron mientras que a lo lejos apagaba mi cigarrillo en el marco de la puerta.
Comprobada mi fortaleza los Pony’s no volvieron.
Desde entonces y pasada la guerra del la marihuana me dediqué a vivir.
Incrementé propiedades, poder y amplios beneficios. Todo lo puse a nombre de mis hijos porque temía morir de viejo y dejar problemas. Mi hija Anaby se fue a Honduras a un intercambio escolar y Jimmy Oliver a Ottawa bien becado.

A mis cincuenta no pedía más que estar en paz y vivir viendo desde mi portal y
junto a Lorena, mi esposa, el fruto de nuestros logros. Mis hijos se habían
graduado y logrado lo que yo no.
Lo primero que le pusieron a mi hijo en su auto fueron los dedos meñiques de su
madre y al paso de dos meses, su cabeza y la amenaza clara de que si no
cumplía con lo solicitado, le mandarían la mía.
-Vende dos autos, hijo.
-¡Claro que no, papá! No tenemos ni medio año con ellos.
-Por eso, mijo, pero esos hombres no se tientan el corazón, ya después
compramos otros.
-¿Compramos? Pero si tú ya no tienes nada, papá.
-Pero confío que tomarás la mejor decisión y me pondrás a salvo.
-Claro, no te dejaré a medio llano viendo como te degüellan- y colgó.
El tiempo puso las cosas en su lugar y ni yo ni él volvimos a recibir llamadas.
El día 15 de mayo, día de mi cumpleaños, sólo esperaba la llamada de mis hijos para pasar por ellos al aeropuerto. Con las hieleras al tope de cerveza y recibiendo a mis invitados vi estacionarse una vagoneta de mensajería. Sin dar tiempo a nada dejó algunos obsequios en el portal y se fue.

Ante la falta de respuesta a mis llamadas a mis hijos, le pedí a mi nueva esposa que comenzaríamos la reunión. Mis hijos hicieron acto de presencia a la hora de abrir los regalos. No, nadie se sorprendió al verlos llegar porque ya habían estado ahí entre nosotros y ni los habíamos visto. La cabeza de Anaby estaba en una caja y la de Jimmy en otra. Las cajas, forradas con papel de regalo con diseños de tiernos ponies fueron una señal que no advertí. El espanto fue tan general que todos huyeron dejándome solo. Mi esposa sabía que estaba parada en terreno peligroso y sin dudarlo me abandonó.

Viejo y decrépito vi en mis cinco sentidos mi decadencia. He sufrido mis últimos años lo indecible y he llorado tanto que llenaría una laguna… ¿Dónde quedó mi corazón de piedra? ¿Dónde el gran Tábano que se las daba de poderoso? Dios da y Dios quita, pero aquí no había sido Dios, sólo los Pony’s que eran evidentemente más poderosos que ese que sentado estaba en los cielos.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE

@derechosreservadosindautor

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