TAMAULIPAS.- Durante los últimos 10 años, trabajar la tierra en Tamaulipas dejó de ser un esfuerzo rentable para convertirse, en muchos casos, en una apuesta cada vez más costosa y con ganancias inciertas.
Y es que lo que antes permitía sostener a una familia con cierta estabilidad, hoy exige inversiones mucho más altas para obtener prácticamente los mismos rendimientos, en un contexto donde los precios del maíz y el sorgo no crecen al mismo ritmo que los gastos.
En términos concretos, datos del sistema de costos de FIRA (Fideicomisos Instituidos en Relación con la Agricultura) evidencian este encarecimiento: mientras que en el ciclo otoño-invierno 2015-2016 producir una hectárea de maíz en el norte de Tamaulipas costaba alrededor de 20 mil 242 pesos, para el ciclo 2025-2026 el costo se elevó a 28 mil 685 pesos, lo que representa un incremento cercano al 42 por ciento.
Sin embargo, el impacto es aún más severo cuando se mide por productividad.
En las costos que manejaba la FIRA hace 10 años, la tonelada pasó de 3 mil 21 pesos a 4 mil 781 pesos, es decir, un aumento superior al 58 por ciento, lo que refleja una presión directa sobre la rentabilidad del productor.
Por tanto, en este resumen de datos recabado por Expreso y contrastado con especialistas del sector y autoridades de la Unión Agrícola Regional del Norte de Tamaulipas (UARNT), se puede destacar que el golpe más fuerte que han resentido los agricultores ha sido en los insumos: fertilizantes, semillas, agroquímicos y combustibles, que hoy representan la mayor carga económica.
Uno de los incrementos más marcados ha sido el de los fertilizantes, pieza fundamental en la producción.
Tan solo en el ciclo 2025-2026, este concepto alcanza los 5 mil 540 pesos por hectárea, equivalente a cerca del 20 por ciento del costo total, consolidándose como uno de los rubros más pesados en la estructura de gastos.
Lo anterior se sustenta con su comportamiento en los últimos años, pues sus precios han tenido variaciones abruptas, con aumentos acumulados que en algunos casos superan el 100 por ciento respecto a hace una década.
Aunado a ello, el precio del diésel (indispensable para la preparación de la tierra, la siembra y la cosecha) también ha registrado incrementos importantes, cercanos al doble en comparación con 2015, impactando directamente cada etapa del proceso productivo.
Las semillas mejoradas, cada vez más utilizadas por su rendimiento, han encarecido la inversión inicial, mientras que los plaguicidas y agroquímicos han subido entre un 30 y un 60 por ciento en los últimos años.
Ante esto, algunos productores han optado por reducir su uso, aun con el riesgo que implica para sus cultivos.
Y si se comparan cifras generales, el cambio es contundente: hace una década, sembrar una hectárea de maíz en temporal podía costar entre 8 mil y 12 mil pesos; hoy, ese mismo proceso requiere entre 14 mil y 20 mil pesos.
En el caso del riego, el salto es aún mayor, pasando de alrededor de 15 mil a más de 30 mil pesos por hectárea.
Para el sorgo, cultivo clave en Tamaulipas, los costos también prácticamente se han duplicado en ese mismo periodo.
Sin embargo, el problema no se limita al aumento en la inversión, pues el precio de venta del grano no ha crecido en la misma proporción, lo que ha reducido de forma considerable los márgenes de ganancia.
En el mejor de los escenarios, los productores pueden obtener utilidades de entre un 10 y un 20 por ciento, pero en muchos casos apenas logran recuperar lo invertido, e incluso enfrentan pérdidas cuando las condiciones climáticas no favorecen.
A esto se suma la incertidumbre por factores externos como la sequía, los cambios en los mercados internacionales y la dependencia de insumos importados, lo que deja al productor en una posición vulnerable frente a cualquier variación de precios.
El costo que no siempre se cuenta: agua y manejo del suelo
A todo el panorama antes expuesto, se suma un componente que rara vez se incorpora de forma completa en los análisis: el costo del agua y las limitaciones que enfrentan los productores tanto en temporal como en riego. Agua
En zonas de temporal, especialistas del sector advierten que el encarecimiento de los insumos ha obligado a reducir prácticas clave para la captación de humedad, lo que impacta directamente en el rendimiento de los cultivos.
Destacan que en municipios como San Fernando y Méndez, por ejemplo, hay casos donde la preparación del suelo se limita a lo indispensable (apenas un par de rastreos) para poder sembrar, con las consecuencias productivas que esto implica.
En el caso de la agricultura de riego, si bien se cuenta con una ventaja hídrica, ésta también representa un costo adicional que pocas veces se visibiliza en su totalidad.
Las cuotas por el uso del agua pueden alcanzar entre 1,800 y 2,000 pesos por hectárea, convirtiéndose en otra carga dentro de una estructura de costos.
De acuerdo con especialistas, la idea de que el riego garantiza mejores condiciones productivas no siempre considera que ese acceso al agua implica una inversión constante, que se suma al resto de los gastos operativos.
A esto se añade la reducción de apoyos que anteriormente ayudaban a amortiguar estos costos, como subsidios al diésel, esquemas de aseguramiento agrícola y financiamiento más accesible a través de la banca de desarrollo, lo que ha dejado al productor con menor margen de maniobra ante un entorno cada vez más exigente.
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