La pluma profana de El Markés

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Senectud, el tiempo desechable

Llegar a los sesenta es vislumbrar el ocaso como quien ve a un auto a punto de arrollarte. Estar en el umbral del fin es una etapa que tiene tantas variantes como colores un arcoíris. Si se vive en una familia solidaria y cargada de amor, el arribo a esta época no resulta ser tan complicada. El detalle está cuando en el seno del hogar los conflictos se desbordan tan peligrosamente que se puede ver el desenlace que se tendrá apenas lleguen las enfermedades que te postrarán y develarán el carácter de quienes te rodean.

Una de las muchas curiosidades que tienen los pueblos chicos en México, es el hecho de que en sus plazuelas y al caer la tarde, estas se llenan ya no de jóvenes paseando con sus novias, eso ha quedado en desuso, sino de personas mayores que parecen buscarse entre sí mismas, conectarse y hacer de esa transmisión de datos un benigno cúmulo de sonrisas.

Cuántos padres crían hijos sin saber que son cuervos los que se desarrollan lentamente dentro de casa. La ilusión del hogar de los primeros años es una de las cosas más maravillosas que la gran mayoría de los padres conservan en su alma. Esos tiempos en los cuales cuidan de los hijos con pasión y amor, deseando desinteresadamente en que desde chicos pueda tener una educación sana, ya sea en el hogar y en el medio secular. Este segundo es de suma importancia pues es el escudo con el que se defenderán en el devenir de los tiempos.

La adolescencia es una etapa con la que la mayoría de los padres de familia combaten ahora sí que cuerpo a cuerpo contra los cambios hormonales y de carácter de sus hijos. Es en esta época en la que los vástagos creen poseer el poder ya no solo del conocimiento, sino del mundo entero. Es en este tiempo en el que los berrinches y el hacer lo que mejor les place es el mayor desafío del padre y de la madre y claro, de la búsqueda del mejor remedio sabio para mantenerlo apaciguado y aconsejado de lo que está haciendo bien y que está haciendo mal.

Existe un programa denominado Sesenta y cinco y más, un programa del gobierno federal, en el cual se puede ver lo mejor y lo peor de la sociedad de nuestros tiempos. Por una parte son muchos los hijos que van acompañando a sus padres, a veces son los nietos u otro pariente. Durante la entrega del beneficio se cree que el dinero será utilizado para las necesidades básicas del anciano o anciana; sin embargo, son muchos los casos en los que los adultos mayores son despojados de sus apoyos.

La palabra “Asilo” en sí, tiene ese tinte de horror para muchos, pero de descanso para otros. La gran mayoría de los seres humanos tienen ese temor de terminar los últimos días de su vida en un sitio en el que sean maltratados, que los envíen a dormir sin tomar alimentos y que sus camas estén colmadas de chinches o resortes hiriéndoles la piel. Una gran mayoría de nosotros creemos que esos sitios son el último rincón del infierno. Sin embargo, mucho más que el maltrato que pueda existir en esos lugares, se anticipa el maltrato de los hijos, esas personitas por las que entregaron todo. La ingratitud es el primer paso para desear desprenderse de esos seres maravillosos que nos dieron la vida y mucho más, esa prisa por endurecer su corazón y querer abarcar todo lo que la vida superflua nos ofrece, la falta de paciencia impera en la mente de aquellos que anhelan lograr el reconocimiento del mundo, sin importar herir la sagrada y hermosa vida de nuestros padres.  Lamentablemente nuestros padres que en sus tiempos de juventud nos entregaron toda su fortaleza y amor, con el paso de los años se vuelven seres frágiles que no pueden defenderse de las atrocidades y abusos de algunos hijos que a la primera oportunidad, se aprovechan de sus beneficios y sin tocarse el corazón y se apropian de lo que no les corresponde, despojando y abandonando a esos que sólo piden es amor, atenciones, tiempo. Es bien sabido que la vida da muchas vueltas, y aunque parezca lejano, a todos nos llegan los años en que seremos susceptibles, se nos acabará la fuerza en nuestro cuerpo y nuestra alma será un puente para que, quienes nos rodean decidan cruzar el camino hacia el verdadero amor, ese que nos llevará hacia un destino lleno de bendición o hacia la amargura de lamentarnos por no haber dedicado nuestro tiempo a proteger a quien nos atendió cuando llegamos a este mundo.

Considero mi deber, hacer énfasis en la alegría que traerá a nuestra vida hacernos cargo del bienestar de nuestros familiares mayores, colmando así el corazón de un profundo respeto y gran amor, siendo buen ejemplo para las nuevas generaciones, inculcando este hermoso acto de bondad y sembrar en sus almas el deseo de heredar tan grandiosa labor a aquellos que vendrán. Pintemos sonrisas e iluminemos los ojos de nuestros viejitos. Demos a cada paso, un paso que deje huella permanente en quienes nos rodean. Adieu.

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