‘THERIANS’ contigo
Cándido salió del monte sacudiéndose las manos y sintiéndose satisfecho de haber hecho lo correcto, lo que según su hijo era como se debía hacer. Malo no era, aunque muchas veces la conciencia lo atacara diciéndole que retrocediera, que aquello no era nada cuerdo. Camilo lo ilustró tanto con sus ideas que agotado de tanto y tanto optó por tomárselas enserio. El hombre había terminado tan adoctrinado, que comprarle un collarín con su nombre lo había emocionado tan igual que aquel día en que le había puesto su primer mameluco al nacer.
-¿Estás seguro?- le había cuestionado meses atrás.
-Papá, eso no se discute, lo soy y nada en el universo me dará motivos para volver atrás. Soy un bulldog, me identifico como tal. No es algo que yo haya elegido, así nací.
-No sé de dónde sacaste esas ideas, hijo. Tenemos tanto en que ocuparnos aquí y creo prudente te busques un empleo y seas productivo.
-Tú déjame , papá… y deja de tratarme como humano, ¡Soy un bulldog, un bulldog, entiéndelo!
Y lo dejó. Verlo crecer robusto, de brazos fuertes, mirada penetrante y de presencia atemorizante terminó por convencerlo de que su hijo podía tener razón… pero con todo y eso le avergonzaba verlo gatear por la casa metido en ese ridículo traje de perro y esa cabeza de peluche que él mismo se había elaborado. Corría por los patios haciendo piruetas perrunas y le apenaba el hecho de que cuando venían sus amigos a jugar ajedrez, lo vieran ahí, comiendo trocitos de carne asada, pollo o lasaña contenidos en una cacerola que llevaba su nombre.
En una de esas visitas a solas con Rigoberto Alcalde, su eterno amigo desde niños, este comentó:
-Estos jóvenes de ahora nos escupen la cara y todavía nos mandan a juicio si les hacemos gestos. Deberían darles un escarmiento.
Camilo, que había permanecido echado a un lado de la chimenea con su “hocico” recostado sobre el dorso de sus manos, alzó suavemente la mirada hacia Rigoberto. Su comentario le había parecido tan fuera de lugar que a partir de ahí comenzó a detectarlo y aborrecerlo. Le gruñía cuando entraba en casa, cuando se iba y cuando caminaba por el pasillo rumbo al baño. Un día Simplemente lo mordió. Por puro instinto Rigo le lanzó una patada tan fuerte que terminó rajándole la frente. Sin pensarlo el padre corrió al botiquín ante la mirada asustada del resto. Camilo le tiró una mordida al sentir el alcohol y sin dejar de gruñirle. En la estampida para ayudar, algunas piezas del juego fueron a dar al suelo. Todavía iracundo, Camilo quiso echársele encima, clavarle sus colmillos de plástico y arañarlo con sus uñas ficticias, en sí, hacerle ver que no era bienvenido.
-¡Vaya estupidez, Cándido! Te respeto y lo sabes, pero esto no está nada bien.
-Disculpa, Rigo. No esperaba está reacción de su parte. Ya hablaré con él.
-¡Hazlo! Tengo amigos sicólogos que podrían ayudar… te digo porque tu peluche es muy bravo, mi amigo -dijo con sarcasmo.
-No soy ningún, peluche, imbécil- dijo Camilo reincorporándose. Soy un bulldog, soy un perro de raza fina y usted no es más que un estúpido pensionado que sólo viene a casa a beberse las cervezas de papá.
-¡Vaya, el perro volvió a ser humano y le regresó el habla!… No te agarro a chingazos, muchachito trastornado, por puro respeto a tu padre y porque estoy en su casa, pero lo que yo tengo de príncipe tu tienes de perro, es decir, ni puta madre.
Indignado y humillado, Camilo se le volvió a ir encima hasta derribarlo al suelo.
Cuando amaneció Camilo despertó atado y metido en una casita de madera pintada en color rojo. Tras quitarse la máscara de perro advirtió que su entorno había cambiado y comenzó a gritar llamando a su padre.
-¿Qué tanto escándalo, Camilo?
-¡Papá, suélteme!
-Claro que no, eres un perro muy peligroso y no puedo arriesgar a mis visitas. Más tarde te traigo tu comida y una frazada porque la noche estará fría.
Apenas pudo y Cándido le trajo una charola con croquetas y agua.
-Papá, no estará pensando que voy a comer esto, ¿Verdad?
-Claro que sí, y si no se la come será su problema. Le recomiendo se alimente porque en una hora será la cirugía.
-¿Cirugía?
-Sí, me he ilustrado mucho estás últimas horas. He pensado en comprar una hembra y un macho para que te acompañen. Quiero cachorritos para que convivas con ellos. Pero como vivirás con ellos no quiero termines apareándote con la hembra, mejor te castraré, sé cómo hacerlo.
A las seis de la tarde el buen padre dejó a Camilo destrozado y tirado en el suelo.
-En un rato se le pasará la anestesia- pensó. Le tranquilizó el hecho de que por lo menos su hijo no le traería al mundo nietos con cara de perro.
-Tengo hambre papá. Sáqueme de aquí, se lo suplico.
-Cómase las mollejas e hígados que le puse en la charola. Hoy por la tarde lo sacaré a pasear por el monte para que se relaje un poquito. Ya mañana le traigo a sus compañeros y su traje nuevo. Ese si parece de bulldog y hasta aroma tiene.
Camilo volvió del monte con las palmas de las manos y rodillas al rojo vivo. Cuando había querido levantarse, Cándido le había azotado la espalda para que volviera a su posición canina.
Viendo por la ventana, Cándido vio los primeros encontronazos territoriales entre su hijo y el nuevo inquilino. La hembra permanecía guarecida en la casita de madera. Al final del día Rigoberto era un personaje violentado, lo bastante herido y con el traje roto.
-Necesitas defenderte, hijo. No voy a estarte comprando trajes a cada rato.
A los dos meses Camilo se desvaneció y no volvió a abrir los ojos. Cándido lo encontró endurecido en la casita de madera y sin más lo echó en un costal, en una carretilla y tras caminar a despoblado se internó en el monte y tiró el cuerpo muerto de su hijo.
Había paz en su alma y la culpabilidad jamás se apostó en él porque había adoptado fielmente la filosofía de su hijo. En su vida había tenido muchos perros, gatos y hasta gallinas de mascotas. A todos los había ido a tirar monte adentro al final de sus vidas. Sin un ápice de duda hizo lo propio con su vástago echándole cal encima para evitar malos olores y se fue.
Ya en casa desarmó la casita de madera, echó a la basura las charolas en las que ponía las croquetas, esponjas de baño y juguetes mordisqueados.
Terminada la misa de siete quiso confesarse. Caminó por los pasillos del templo hasta que se sintió invasor de rincones prohibidos y dio marcha atrás. Al pasar por un cuarto de cachivaches algunos quejidos lo inquietaron. Detuvo sus pasos y tras husmear con disimulo, vio la incómoda y sorprendente imagen del sacerdote copulando con la jovencita que lo había auxiliado como monaguillo. La mujercita traía puesta una cabeza de una zorra, lo que le hizo recordar a su hijo.
-¿Pero hijo, qué hace usted por acá?- le preguntó el sacerdote bajándose la sotana al tiempo que la joven se ocultaba tras los cuerpos rotos de los santos.
-Perdón, padre. Lo buscaba para una confesión, pero en otro momento.
-Deme, quince minutos, hijo. Déjeme acabar con esto y lo veo en el confesionario junto al nicho de Santa Rita.
Cándido lamentó haber castrado a su hijo porque bien le pudo haber dado un nieto. Esa zorrita que había visto con el sacerdote se veía linda y seguro esa cruza entre Bulldog y ella daría buenos resultados.
-Dos padres nuestros y dos ave María, hijo. No es tan grave lo que usted hizo. El diablo se las ha ingeniado para hacer de nuestros jóvenes entes diabólicos. Se sirve de ellos para hacernos caer, pecar, pero por fortuna tenemos a un Jesús misericordioso que nos perdona. Ni usted falló como padre ni yo como sacerdote porque luchamos contra ellos. Usted eliminó al suyo y yo calmo las ansias descabelladas de quién en el templo sirve a Dios y aquí en lo oculto al Diablo. Entonces usted y yo somos librados.
-Dios lo siga cuidando, padre.
-Anda, anda, Dios nuestro Señor te cuide en tu camino.
Cándido salió del templo santiguándose y sintiéndose satisfecho de haber hecho lo correcto, lo que según el pastor de hombres era como se debía hacer.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor
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