Tunita, mamá está desesperada, mucho más que eso ¿sí me has visto, verdad?
Tunita tiene cinco años y sabe lo que tiene qué hacer para no ver a mami comiéndose las uñas, olfateando thinner o estirándose los cabellos. Me ama, ella me lo ha dicho. Entre mujeres nos entendemos y doy gracias al cielo que diosito me hubiera mandado una mujercita. Tunita es linda y a él le gustan las chicas lindas y obedientes.
-No quiero que estés así, mami. Me trueno mis dedos de sólo oírte llorar en el baño, verte mirar por la ventana esperando que Gabino llegue y nomás no se aparece. Tal vez volvió a irse a Agujita o Sabinas.
-Tuni, lo amo, mija, y no quiero que se vaya. Si él se va ¿Qué será de mí?
-¿Y si voy a buscar a papi para que vuelva a casa? De prisa voy que corro y llego a la herrería. El me dice que cualquier cosa que necesite, vaya allá.
-¡No, claro que no, Antonia!… Prométeme algo, Tunita, mía. Júrame que nadie debe saber lo que va a pasar, nenita. Somos mujeres y también amigas ¿siempre lo hemos sido, no? Ya te lo he dicho antes. De niñita nunca tuve amigas y soñaba con tener una, así de linda como tú, con esos caireles rubios y labios de muñequita de aparador. Las amigas se cuidan y tú me cuidarás, ¿cierto? Pero papá no debe enterarse, es hombre y a los hombres no les gustan los secretos.
-A papá, sí, mamá. Cada miércoles me cuenta cosas lindas, me habla de lugares que un día vamos a conocer y no sólo eso, dice que un día me llevará a Zaragoza y que quedaré maravillada de tantos nogales… pero no llores, mami.
-Lo echo de menos, hija. Extraño a Gabino pero lo que él quiere a cambio de volver conmigo es algo que sólo una buena amiga puede hacer.
-Yo soy tu amiga, mami. Tu mejor amiga.
-¿Lo harías? ¿Sabes que me devolverías la vida si haces eso por mi?
-Pero ya no llores mami. Cuenta conmigo, sólo dime qué es lo que hay qué hacer.
-¿Recuerdas el cuento aquel que papá te contaba sobre duendes caramelo que entraban en casa de Dila? Ellos dormían Con ella, pero había uno en particular que se llamaba Caramelo Zuli, ¿Lo recuerdas?
-Sí, papá decía que era el mas guapo y que se enamoró de Dila.
-Conozco un duende Caramelo Zuli que me ha dicho eres linda… y no sólo eso, también quiere dormir contigo. Dice que si dices sí, Gabino volverá a casa. Suena fantástico, ¿No es cierto?
-¿Y es tan igual al que me contaba papá?
-Eso no lo sabrás, Tunita, porque vendría de noche y no lo verás. Sólo entrará en tu camita y estará ahí contigo. Te abrazara y derramará besitos en ti. No habla, sólo escucha. Es un duende grande que siempre huele bien. Seguro te gustará su olor pues es un aroma tan parecido al que usa papá.
-¿Y eso te hará feliz, mama?
-Claro que sí mi princesita. Entonces podré sonreír siempre y siempre recordaré tu amistad.
Gabino me ama. Se nota. Lleva tres días conmigo y podrán ser las tres o cuatro de la mañana y no nos cansamos de jugar naipes. Bebe cerveza como un bebé recién nacido su leche. Así era Tunita. Se acababa varios biberones al día.
A últimas fechas no creo entenderla. Se la pasa metida en el ropero abrazando siempre a la misma muñeca. Sonríe poco y casi no habla conmigo. Está bien, respeto su espacio y sus silencios. Todas las mujeres tenemos secretos.
-Gracias, Tunita, por cuidar de mí.
-…
-¿Ya no eres mi amiga, como antes?
-Ya no quiero que venga el duende, mamá. Cierra la ventana para que no entre.
-Pensé te gustaba su compañía, pequeña.
-Me hace daño, mami. Sus manos son como brazos de pulpo saliendo por todos lados. No sé ni de dónde por lo oscuro, tal vez de debajo de la cama. Me arrincono, pero hasta ahí llegan por mí. No quiero, no quiero… le diré a papá me ayude.
-No llores, hija, no llores nenita… Claro que cerraremos esa ventana, pero nuestro secreto debe seguir hasta que ese duende se vaya poco a poco y…
-¡No, quiero se vaya ya, mamá, ya! Ese no es como el Caramelo Zuli del cuento que me contaba papi. Este me sopla al oído, me lo ensaliva, me aprieta, me come y ¡No, no, no más de eso, mamá!
Gabino me ha dicho que respeta a Tunita, que sólo la toca por fuerita y yo le creo. Gabino es un buen hombre. Nadie como él para el jaripeo, bailar cumbias y ser todo un experto a la hora de compartir caricias. Tiene bigote de Pedro Infante y pecho de Jorge Rivero. Yo soy una tontuela de buen cuerpo, pero mucho me falta para ser lo que él me dice le gustaría que fuera. Le gustan chaparritas y chiquitas y creo mi altura le incomoda un poco.
Tunita se me enflacó todita. Los ojos se le hundieron y sus dientes se le aflojaron. Creo que fue porque seguí dejando la ventana abierta. Cerrarla significó que Gabino desapareciera un mes. Tunita no entiende que fue por su culpa. Ingratitud se le llama a quien no te devuelve todo lo que das por alguien y yo le di todo, hasta un duende misterioso que entraba en su camita de velos amarillos y de ahí a la mía de sábanas blancas. Compartíamos el mismo maravilloso duende de nuestras vidas pero ella misma decidió acabar con todo.
-Gabino, ¿Si te pregunto algo me dirás la verdad? ¿Acaso estás tocando de más a Tunita? Te dije que serías su duende de besos y caricias. Me ha dicho que ya no quiere que vayas con ella. Supongo que no te ha descubierto, ¿verdad?
-Soy hombre, mujer, y no sólo de caricias vivirá el hombre, sino de todo cuerpo femenino que tenga uno a disposición.
-¡Pero quedamos que no la tocarías!
Tunita desapareció hace más de un mes y ni yo ni su padre la hemos encontrado. La policía sólo ha encontrado su ropa en un sitio y en otro.
Puse las piernas de Gabino en un baño de pozo tras la iglesia de San José y sus brazos bajo los terreros del barrio dos. El resto del cuerpo lo puse cerca de la ex hacienda Sanford allá por las adjuntas. No tenía corazón. Lo tengo yo porque ese era mío. Cuando noté que se me empezaba a secar me apresuré a hacer pomada. Corrí al monte, arranqué hojas de mezquite, huizache y tallos de girasol. Todo lo molí en el molcajete y licué después con el corazón. Cada mañana me lo unto en el pecho sin poder evitar el lloro. Gabino, Gabino mío, duende de mi cueva secreta, rey de mis fantasías.
Ya para cuando acordé mi ex marido me tenía tirada en el corral de los marranos y con media mejilla rebanada obligándome a confesar que Tunita estaba hasta el fondo de la chimenea. La había puesto en ese lugar, pero sin corazón. Ese no lo hice pomada, lo desmenuce y ya seco lo di a los pájaros porque ella me había fallado. No se había tentado el corazón para obligarme a cerrar la ventana para que el duende ya no entrara con ella y así, ese mismo duende siguiera conmigo. Tunita no era mi amiga como me lo había dicho y Gabino no sólo era para mí como me lo había prometido. Saber que se había sobrepasado con mi hija al grado de invadirla me orilló a odiarlo y desear eliminarlo.
-¡Buenas con el diablo!- y mientras quito las fichas de mis tablas de lotería pienso en que ese diablo sí que me la hizo buena. Tengo más de veinte años viviendo en Mota Corona y nadie sabe que mi Antonia Tunita sigue bajo el fogón, que los restos de Gabino están por todo Cloete y que mi ex esposo se volvió loco y vagó por años por la carretera hasta ser finalmente atropellado en Barroterán, bueno, esto último se lo escuché a unos ferrocarrileros.
Duendes salen y entran por mi cabeza inquieta. Gabino va y viene con diferentes nombres. De Tunita no puedo decir nada, pues ni idea tengo si su cuerpo finalmente se ha podrido o sigue ahí en esa casita en ruinas cerca del malacate.
“Yo soy tu amiga, mami. Tu mejor amiga. Pero ya no llores. Cuenta conmigo, sólo dime qué es lo que hay qué hacer”
Autor: Juan de Dios Jasso Arévalo
El viajero vintage
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