La pluma del viajero

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“PUPPY POP”

Salté por la ventana sintiendo el chorrear hirviente de la sangre entre mis piernas.
Me ardía “la cueva de las mariposas” cuál magma volcánica y así, odiando a mamá, a mi padrastro y a la vida, hui hasta el único rincón del termal Chajarí en el que sanaba mis heridas pidiéndole a Dios que parara, que hiciera algo para que mamá me amara y detuviera a la bestia; pero ella sólo me decía:
-Sé obediente, Puppy, no se me ponga tan difícil, mire que Ambrosio es ahora su papá y él sólo quiere jugar un ratito a las mariposas ocultas… ¿Acaso no te gustan las mariposas? ¿Que mariposa proteges tú, Puppy Pop?
-…
-¿No me lo dirás?
-Pero me duele, mamá. Mejor juguemos usted y yo, como antes. Vamos al termal de Colón, llevemos frutas, golosinas…
-Anda, Puppy, ¿Qué mariposa proteges? ¿Ya no quieres a mamá?
-A la Morpha.
-Muy bien. Sólo dejarás que Pombero entre a la Cueva del Paraná a rescatar a la pequeña Morpha y listo… a ver, levanta esa carita, Puppy, ¿Quieres poner a salvo a Morpha? O quieres saberla muerta ahí dentro y devorada por el malvado Kuru Pi.
-Es que él me grita fuerte, me estruja y me dice de cosas feas, mamá.
-¡¡Basta, Puppy!!
Y bastaba, me callaba porque Ambrosio no era Pombero, el espíritu del bosque que me pusiera a salvo. Él en realidad era un impostor, era Kuru Pi, el demonio que lo destruía todo a su paso… y mientras mamá intentaba convencerme a mis siete años de que yo y sólo yo podía salvar a Morpha del mal, mi padrastro, el demonio Kuru Pi, estaba ahí, tras la cortina, enorme y atemorizante.
A mí cortita edad mi sonrisa lo decía todo. Había nacido bajo la condena de ser tan linda como una muñeca. Sin saberlo y sin desearlo cautivaba a quien me miraba. Ya me apretaban la mejillas, me agarraban los caireles o me tocaban mis labios rosas. Desde muy niña estuve acosada entre el río Paraná y el Uruguay, así como entre las decisiones malignas de mi madre alcohólica y de la bestia con la que ella había decidido vivir. El malvado entraba en mi bosque, me hacía llorar al buscar dentro de mí a la inquieta Morpha, pero Morpha era yo, yo de alas hechas trizas y sin nadie que me ayudara a volar.

Apenas mi Cueva de las Mariposas se convirtió en algo de uso continuo, me transformé a mis diez años en una esclava de Rito, un hombre que en una tienda de muebles me explotaba desde antes que apareciera el sol hasta mucho después de que desapareciera. Aunque de adulta no suene muy divertido, allá Entre Ríos, Argentina, yo era yo, Puppy Pop, la niña que repartía leche y huevos por las casas, la que ayudaba a reparar muebles y que claro, a escondidas era vendida por su madre. Puppy Pop, la niñita albina de pies hermosos y manitas tiernas que solía refugiarse en el templo Cristo Rey porque sólo ahí podía sentirse amparada, protegida y hasta camuflada por su piel sucia y sus ropas café costra perdiéndose en el color de las maderas de las bancas pasando desapercibida.
Mirando por la ventana del restaurante pienso en mamá. Miro el asado criollo y el
asado con cuero que tengo frente a mis ojos y recuerdo aquellos quesos, chacinados, alfajor entrerriano, escabeches y tortas fritas que había sobre la mesa en un cumpleaños de Ambrosio. Yo no probé nada ese día porque a mis once llevaba un crío dentro y muchos vómitos en mi lista.
Nació entonces mi muñeca y mamá quiso bautizarla como Ambrosía, pero yo como Morpha. Cuando ella nació mis hermanos estaban felices y yo sin saber qué hacer con mi primera muñeca de carne y hueso. Las azotainas me sobraban porque mis pechos no eran para Morpha, sino para Ambrosio.
Celosa de mí, mamá me encerraba con mi hija y sólo veía la luz cuando se abría la puerta para que la bestia se saciara.
-Hola, Morpha, buenos días, bebé… soy Ambrosio, tu abuelo… ¿Has oído hablar de la Cueva de las mariposas?
Y la sangre corrió en el piso de la casa. Escucharlo tras la cortina en una voz muy queda, me encendió el ánimo como jamás me había pasado. Mirando a todos lados y sin saber qué hacer, me sudaban las manos, todo me giraba y cuando por fin pude controlarme, tomé la roca que mantenía la puerta abierta y se la dejé ir en la cabeza. Al caer de lado descolgué el mismo rebenque con que tanto él como mamá me azotaban y sin mediar compasiones me le fui encima. Vivo y pidiéndome clemencia, sólo me dediqué a soltar toda la ira acumulada marcándole la piel en cada azote. Morpha, ajena a todo, pero respingando al oir el escándalo, fue testigo desde el cunero. Mirándolo tendido y sabiendo que podía recuperarse e irme muy mal, le saqué los pantalones a como pude y aprovechando el brasero encendido metí la yerra en él. La espera fue desesperante, pero apenas la vi al
rojo intenso se la puse sobre aquella asquerosa larva que por años había entrado en mi Cueva de las mariposas. Sus gritos hubieran espantado a Morpha, pero le había metido un trapo en la boca para acallar sus dolores. El peste a carne quemada era horrible, pero al ver aquello destrozado y yo satisfecha, salí de casa con mi hija en brazos.
¡¡Corre Puppy Pop, corre!!, me decía a mí misma, y mientras lo hacía creía ver cientos de mariposas circundándome y al mismo tiempo poniéndose a salvo. Y corrí por semanas, meses, años. Corrí cargando una muñeca viva que a mi edad no sabía bien a bien qué hacer con ella, pero era mía y no podía dejarla, no iba a dejarla. Por años cargué el dolor, la culpa, el reconcomio de haber dejado a mi hermanos en manos de la bestia, pero a ellos no les iba tan mal como a mí que por ser bonita y de una sonrisa límpida, blanca e inocente, solía ser el antojo de cualquier perverso.
Mucho años después Morpha me encontró llorando en el templo una tarde de
verano. El tizón del recuerdo me quemaba y no quería seguir soportando el dolor de la llaga trozándome por dentro. Entonces me escuchó lento y silenciada.
Derramada la hiel y liberado el dolor, me abrazó echándose a llorar conmigo.
Abrazadas mirábamos las santas expresiones de los santos sabiéndonos amparadas. Nos quedamos a la misa y cuando el órgano comenzó a sonar nos volvimos a abrazar. Podía sentir en mi piel su comprensión y en su ojos encima de los míos que de verdad la había pasado mal por años. Esa misma tarde y sentadas bajo la frondosa copa de los árboles vimos volar tantas mariposas que al ver una Morpha parada sobre un tronco seco le dije:
– Mira, hija, está siempre fue mi mariposa favorita.
La trepé cuidadosamente a mi dedo índice y de ahí al suyo. Sus bellas alas eran tan semejantes a sus ojos malva que la recordé recién nacida.
-¡¡Corre, Puppy Pop, corre, corre!! Y corrí, hija. Corrí porque Kuru Pi quería hacerte daño y no, eso no lo iba a permitir.
-Deténgase, mamá, eso ya pasó.
Y volví a llorar en una mezcolanza de dolor y felicidad.
– Ahora estamos juntas, mamá y ya nada la persigue, así que deje de hacerlo y deje esas energías para cuando corramos en el prado.
Nos abrazamos tan fuerte que todavía creo sentir la fuerza de su abrazo intentando sacarme todo ese dolor acumulado a lo largo de los años.

AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE

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