“DUMBO”
Cuando a Dumbo se lo tragó la bruma, a mí me chupó el olvido. Me olvidé de quién era y hasta de mis obligaciones diarias porque Dumbo no estaba y lo peor, me atosigaban cientos de cuestionamientos cuál si fueran animas nocturnas buscando aterrorizarme… ¿Dónde estaría? ¿Quién lo tendría? ¿Estaría bien?¿Tendría alimento? ¿Y si se le hizo fácil, saltó la barda y ahora anda en barrio ajeno? ¿Saben lo que es para una mascota hogareña, saltarín y cariñoso perderse en un barrio que no es el suyo? Bueno, y aunque fuera el suyo pues si es domesticado y apapachado en casa lo más probable es que al desconocer las calles de alrededor de igual forma terminaría siendo para él un laberinto… ¡¡Dios!! Mi barrio está lleno de perros salvajes, ¿Y si lo mataron en desigual aporreo? Mi Dumbo no sabe pelear, no, no sabe… ¿Por qué nunca lo enseñé a defenderse? Ahora seguro está bajo un automóvil desangrándose o no sé, despanzurrado por algún automóvil… ¡¡Es mi culpa, carajo!! ¿Cómo lo pude descuidar?… Pero es un perro, tiene instinto. ¿Por qué querer irse si aquí tenía todo? Bueno, no libertad, pero un perro domesticado es más feliz que uno callejero. No sé como ese Golfo de La dama y el vagabundo era tan dochoso. Pero juro que mi Dumbo era feliz… Caray, según dicen que el perro es el mejor amigo del hombre y también del mundo ¿y entonces? ¿Dónde quedó esa amistad que le había brindado a mi chaparrito por mucho tiempo?
Las preguntas sobre el paradero del que por mucho tiempo había sido nuestro querer flotaban como plumas de ganso de una almohada destripada. Todo era él y su recuerdo tan abrumador nos tumbaba porque nunca lo habíamos tenido lejos. Estábamos tan acostumbrados hasta del olor de sus mierdas, como de sus lamidas, brincoteos, maneras de comer y claro, sus miraditas tristonas. Dumbo, Dumbo, Dumbo ¡¡Dónde estás, Dumbo!! En casa el silencio era denso. Si fuera período escolar otra cosa hubiera sido, pero no, mis hijos estaban ahí y yo viéndolos vagar como fantasmas y con sus ojos llorosos. Dumbo, mendigo chaparrito, ¿A dónde diantres te fuiste? Tenme un poquito de piedad, canijo… Ay, ay no, eso me rebasaba porque hasta Tarabita, mi esposa, estaba ahí, ya no chillando por el corte y recorte de cebolla, sino rota y desvalijada por esa pérdida que nos era irreparable, insoportable. ¿Cómo se repara un alma destrozada? ¿Hay silicón capaz de
lograrlo? El bueno para hacerlo era el Resistol 5000, pero hacía tantas década que había dejado de venderse que mi única opción era buscar a los drogadictos de la vieja escuela y ver si tenían un poco. Cegado por la locura pensé en ir y meterme a los peores barrios de mi pueblo. La San Luis, Las Torres, La Hidalgo. Eran los sitios donde podría encontrar a los ahora ancianos del viejo drogadero y que tal vez pudieran tener entre sus viejos recuerdos algún pomo de resistol que pudiera ayudarme.
Camino a mi trabajo me detenía en los postes de luz donde la estampa de mi chicuelo anunciaba recompensa. Mi petición de que me lo regresarán sonaba hasta ridícula, pero ¿importaba eso? ¿A quien le importa hacer el ridículo cuando lo que más importa está en juego?… Y llegó la noche, después el día, le siguió otra noche y enseguida otro día. Errores en la empresa, cambios de humor, situaciones que me convirtieron en otro… ¿Confieso algo? ¿No me juzgarán? Odiaba caminar por la ciudad y ver a otros paseando a sus perros. Ahí estaban, felices y siendo mimados por Dios… ¿Dónde estaba Dios ahora?
El jueves y viniendo del mercado miré a los lejos a Dumbo. Ahí estaba en una jaula, encerrado y entristecido. Esa tienda de mascotas me lo había secuestrado quién sabe cómo y quién sabe con ayuda de quién. Indignado entré al negocio, agarré al dueño del cuello y de no haber sido por sus hijos que estaban cerca, lo hubiera ahorcado. En media hora me encontraba encerrado en los separos entendiendo que Dumbo no era el único en su especie. Dumbo no había sido Dumbo sino uno cualquiera queriendo usurpar su identidad. Lo que ese engañador no sabía era que conocía el aroma de mi amigo y hasta su mirada, aunque todas parecieran iguales.
Cuando me avisaron que había un vídeo evidenciando el hurto, me maldije por haber desconfiado y creído que había decidido irse de casa por estar harto del encierro. Viendo a conciencia la grabación las autoridades reconocieron al Anfibio, un malandro cualquiera que por un lapso notable había tenido a mi criatura peluda sin una gota de agua y mucho menos alimento. La búsqueda del delincuente fue infructuosa, pero exitosa. Apenas vi a mi chamaco en brazos de un polizón y mi corazón volvió a latir. Las manos me sudaban y sentía una tímido latido en mis sienes. No sé si la justicia hizo lo suyo o no, pero Dios sí hizo lo propio, también los policías justicieros que lograron dar con el maleante. Ya lo digo, no sé si el tipo que saltó la barda y se apropió de mi Dumbo esté encerrado. Confieso que lo único que me importaba era que el rio había vuelto a tener agua, a florecer todo y a engrasarse los engranes que movían nuestras vidas.
¿Qué se es cuando nuestras mascotas, que son parte nuestra desaparecen? Cuando mueren de modo natural sabemos dónde están y que cumplieron un ciclo, pero cuando son distraídos o violentamente asesinados, es algo imposible de soportar, resistir, olvidar.
Y ahí está el canijo. De cuando en cuando mira por la ventana y no sé si sea por temor o por el recuerdo de haber estado en otro lugar en el que padeció hambre, sed y puñetazos… ¿Qué es una mascota domesticada fuera de casa y en barrio ajeno? ¿Qué somos nosotros cuando ellos no vuelven jamás?
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor
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