“Y FIERRO PARIENTE”
¡Y fierro pariente! Ahí tenía a la novia de mi primo pegada a la pared, sudando y
suplicándome que por favor no le hiciera nada, que en una semana era la boda,
que seríamos familia y que Ramiro ya andaría vuelto loco buscándola.
Había muchas chamaconas que me encendían la piola en el barrio Chino, pero la
que verdaderamente me hacía una hoguera en la huevera, era la gordibuena de
mi futura primita. Verla ahí, en las ruinas de la chimenea, toda llorosa, suplicante y
en pelotas, me llevaba a la conclusión de que semejante cuerpazo era demasiado
banquete para el mecates de mi primo. Sabía que la chava era nuevecita porque
se veía su timidez al cubrirse las tetas como si la fuera a devorar a la de ya…
¿Alguien sabe la satisfacción que se tiene cuando sexeas con la mujer de otro? Es
un morbo absoluto, sin topes ni restricciones. Eres amo y señor de un cuerpo
creado para la satisfacción sin meter emociones relacionadas con el amor. El amor
en sí no existe, el sexo lo es todo y en este caso, aunque se me pasara la mano,
la mamita se fue contenta.
Cuando encontraron a la güerquita en el canal subterráneo de la colonia Del Seis,
el primo dedujo a puras adivinadas que había sido yo. Enardecido y abrazando el
cajón juró por todos los dioses que acabaría conmigo. Se hacía wey, bien sabía
que donde yo ponía el ojo, ponía el miembro. Ya se le pasaría el dolor por la que
no llegó a ser mi prima, pero sí mi funda… y es que ese dicho de que a la prima se
le arrima me había quedado pero re bien.
Le frustré el bodorrio a la chamaquita, pero creo que le hice un enorme favor
porque hay mujeres que requieren de un verdadero macho. El primo estaba muy
papanatas y poner un cuerpo tan deseable como el de ella en manos de él sería
una jodería.
Me valía pura pifa que se rumorara que yo era el culpable porque evidencias no
había. Que le calaba al primo, sí le calaba; que juraba vengarse, también era
cierto, pero los juramentos de los dolidos no valen porque el tiempo hacen que se
olvide. El primo sería muy ingeniero, pero comparado conmigo que controlaba mi
región, era nadie… ¡Y fierro pariente! Mandé enterrarla allá por los terreros de la
Rosita vieja sin contar con los pinches perros que se la llevaron en pedazos hasta
Paso del Coyote.
Ayer fui a Santa María con la regidora de cultura de Sabinas. Mi vieja sabe que
traigo dos o tres morras nomás Pal jaleo. Ella sabe que la respeto y que todo lo
que hago es nomás porque me lo merezco. La Julia está de regidora por mí y
sabe de cultura lo que yo de medicina, ni madres.
El pasado mes de enero volví de Cancún y tuve que entrarle bien y bonito pa
recuperar lo gastado. Don Julio, de la cantina El Oxford, se me puso medio
fresquesón.
– Lo mío es mío, Julio, y lo tuyo, tuyo. Me das el pago de piso y listo. No te me
metas en broncas.
Don Julio terminó por el Tiro y Pesca partido en trozos y Mel Garduño, de lonches
“Los deliciosos” cocinado y servido en tacos para la comunidad de Sauceda del
Naranjo.
Meterse con el Trakas es meterse con el Diablo y siendo bien cabrón hasta podría
decir que hasta el mismo chamuco se me esconde. Si metí a mamá en un tinaco
para que dejara de chingarme de que andaba mal y a papá en un refrigerador para
que se le bajaran sus huevitos de súper padre, que chingaos se iba a meter el
diablo conmigo.
Nadie me mira a los ojos porque están bien sentenciados. Ya todos en Rosita
saben que mejor troca que yo, nadie. Ya tiro el rol por la Rovirosa, La San Luisito,
La Morelos y hasta con los picudos de la Independencia. Por eso, cuando esos
vatos que venían de Zaragoza andaban a la vuelta y vuelta en el boulevard López
Mateos los bajé de sus trocas, se las quité, los encueré y los mandé en pelotas
rumbo a Sabinas… Y trakas que le quité las ofrendas de todo el mes al párroco
del Sagrado corazón; trakas y me adueñé de los departamentos amueblados que
don Roberto Sáenz acababa de terminar en la Indepe. Trakas, trakas, trakas, puro
trakas por el simple hecho de ser de toda la confianza del Capomo 70.
-¡No me piques, Trakas, tenme piedad, mijo!
-¡Mire, tío, se lo advertí! Este picahielo no es nada para lo que viene después. Tío
Jaime lo sabe, por eso 0panda nomás con un ojo. Usted no quiere darme piso de
su ferretería, pues ahora a pagar!
Ser inmune al dolor es lo mío. Ver a don Claudio llorar porque le mandé quemar su
parcela de maíz; derrumbar el casino de fiestas que Lalo Díaz levantó; levantar a
las dos hijas del lechero de Cloete para mandarlas a Laredo, y trakas y más
trakas. Puro chingao lloradero por las pérdidas, pero el Trakas no pierde porque
nací para ganar y como mi gallo el Capomo es el mero chingón, pues nunca voy a
perder.
-Trakas, papá te pagó la escuela, te compraba ropa y hasta te llevaba con
nosotros a la feria. El dinero que nos pediste ya te lo dimos, pusimos el rancho a
tu nombre y hasta los caballos te llevaste. Ya dime dónde lo tienes.
-Mira, Jacobina, te va a doler pero tu papá ya está bajo tierra y tú sigues viva,
rechonchita y lista para el Trakas.
-¡Ay, no, Trakas! Si nos conocemos desde niños, que pues contigo. Ni te me
acerques.
Y Jaco, de la Morelos; Teresita de la Allende; Manuela de Los Filtros y otras
muchas más se me doblegaron porque una mirada del Trakas era ley y su voz
autoridad. Ver mi camioneta a media noche era lo peor que le podía pasar a
alguien que aunque viniera de chambear, encontrarme podría ser el fin de sus
días… pero un día El Capomo apareció en los noticieros baleado en una brecha
de Juárez y yo, intentando ponerme a salvo, fui detenido por unos campesinos de
Mota Corona. Ellos sabían quién era y de mi omnipotente fama. Una semana en
sus manos fueron el infierno jamás vivido. Sentir la hoz serruchándome la
espinilla, la cuerda quitándome el aire o mi cabeza siendo sumergida en el
abrevadero, todo eso y más me hicieron orar, rezar, pedirle a la virgencita que me
diera su mano, que me salvara, que me diera su luz.
“¿Sí sabes que también soy tu hijo, madrecita? Si tu Jesús murió por todos, te
pido mami linda intercedas por mí… ¡Sálvame, señora mía!”
Un kilómetro, dos, tres, no sé cuánto me arrastraron por entre los matorrales hasta
llevarme a lo más lejano de San Alberto.
Colgado del brazo de un enorme mezquite seco veía el mundo al revés y si
intentaba mirar arriba sólo veía aquella destrozada vaina de la que tan orgulloso
estaba y con la que había hecho tanto mal. Mi cuerpo chorreaba sangre y todavía
sentía los duros azotes de aquellos pueblos que habían sido el mío y que yo, lleno
de vanidad, orgullo y empoderamiento había mancillado. Y en secreto iban gentes
de Sabinas, Rosita, Palaú y otros lugares a mancillarme, darme duro sin desear
verme morir.
No se cuántos días estuve colgado y expuesto al escarnio. No sé cuántas veces
los hermanos, los padres, los hijos, llenos de odio iban contra mí para bajarme,
violarme, golpearme, todo sin causarme la muerte. Al caer la noche de nueva
cuenta ya estaba ahí arriba ante la fría mirada de tío Canelo.
-Bájeme, tío, por favor. Por la memoria de mi madrecita, de su hermana. De esa
mujer a la que no le gustaría verme así.
-¿Hablas de la que metiste y mataste en el tinaco?
-Bájeme tío… tengo mucho que darle, y lo sabe.
Y me bajó y le di lo que él quería y no lo que yo estaba pensando.
El cardenche me abrió las entrañas. Entraba y salía con todo y espinas ante mis
gritos de muerte.
-¡Por mi hija, pendejo! ¡Por mi hermana! ¡Por todo aquel que te suplicó pararas y
no lo hiciste!
Un picor en mis rodillas me hizo despertar. Seguía colgado sintiendo la sangre de
todo mi cuerpo metida en mis ojos, sienes, orejas, en mi cabeza toda. Mi trasero
era un volcán de ardor y todo yo un escupitajo.
Un picotazo me hizo respingar y exhalar un gemido. Había olvidado lo que era el
hambre, el calor del día, el frío de la noche. Descubrí ahí, intentando equilibrarse
en la sangrienta planta de mis pies, un aura, una enorme ave carroñera que
inquieta movía su cabeza como deseando ser un botín exclusivo para ella. Tarde
era, otras aves ya volaban en círculo bajando lentamente en cada vuelta
perfectamente calculada. El primer piquete vino sobre mi chamorro, luego un
segundo y cuando llegó al quinto me sentí desprendido de mi hombría a base de
estirones de ganzúa. La sangre corría pasando por mi ombligo, tetillas, cuello,
orejas. A lo lejos uno que otro ser humano me veía en un goce. Ellos sólo
deseaban verme desaparecer de a poco, lento. Que mis huesos quedaran
expuestos y que cuando las aves se hartaran de picotear, enseguida llegaran las
hormigas, las moscas, las larvas y al final, al final mis huesos cayendo uno a uno
hasta ser nada.
Tres, cinco, seis auras picoteándome al vuelo. Me restaba un ojo, mi labio inferior,
una oreja, mi miembro… ¡Basta, basta!, escuché un clamor y al abrir mi único ojo,
vi desde mi posición invertida las enaguas de un sacerdote llegando hasta mí,
espantando las aves y pidiendo ayuda para bajarme. El pueblo se le fue encima,
pero sus palabras de hombre adoctrinado los apaciguó.
“Este hombre hizo tanto daño que verlo morir sería darle un galardón. No, que
pague en vida el dolor causado así que desde ahora en adelante lo veremos ir
arrastrándose porque ya le falta un pie, pedir caridad con una mano porque en la
otra ya no tiene dedos. Carece de dientes, labios, de un ojo. Carece del aprecio de
cualquiera que lo rodee ¿Qué más miseria necesita un hombre?
En el 2011 un trailero me levantó de la carretera y me abandonó en Morelos. Aquí
nadie sabe lo que fui ni lo que hice, por eso me tienen misericordia, una
misericordia que no merezco. Quiero morir, pero no falta quien me rescate y me
ponga a salvo.
¡Fierro pariente, fierro, fierro, fierro pariente! Y sí, sentí el fierro caliente
entrándome por el trasero haciéndome recordar que los cuerpos se respetan, que
la intimidad es sagrada y de que si obligaba a los demás a que gritaran lo mucho
que les gustaba lo que les hacía, ahora me tocaba a mí gemirlo, sufrirlo y gritarle a
mis captores que me encantaba el fierro, y ¡Fierro, fierro, caliente!.. ya miraba a un
primo, a un tío, al que había sido un buen amigo, a maricones y mariconas
escupiéndome y tundiéndome.
Ahora soy una mierda con vida, un mojón mosquiento, endurecido, pestilente y
cubierto de moscas. sobrevivo andando el Libramiento norte de Nueva Rosita
comiendo tacos sacados de la basura, hamburguesas con larvas y agua puerca.
Entre mis piernas no hay más que una cicatriz cerrada a base del tiempo y
muchos dolores… ¡Recógeme, Dios! Pero, ¿Qué chingaos? ¿Dios? ¿Quién dijo
que Dios me recogerá? Si bien me va alguien me recogerá del pavimento caliente
y echado a cualquier parte sin ser reclamado por nadie… pero no, mi virgencita
tatuada al hombro me salvará y borrará mis pecados si convence a su hijo de que
lo haga.
Autor: Juan de Dios Jasso Arévalo
El viajero vintage
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