La pluma del viajero

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“FEDRO BOLA”

Después de tres meses encontramos mamá y a papá en una fosa clandestina.
Casi a punto de terminar mi carrera me quedé varado y sin saber qué hacer.
Dependía en todo de la ayuda de ellos y comencé a ver cómo podía hacerle para
sobrevivir al naufragio.
Sumido en la desesperación comencé a trabajar y estudiar al mismo tiempo. La
gran cantidad de materias y la abundancia de tareas no me daban tiempo para
nada. Vencerme no era una opción, pero comencé a verla cuando la situación
comenzó a ahorcarme.
-Tío, con la pena, vengo a ver qué podemos hacer con el asunto de la lechería y
la parte que le correspondía a papá.
-A que mi Luisito- me dijo sobándome la espalda- mi hermano era un desidioso y
nunca aterrizó nada, nunca firmó nada.
-Pero las cabras, las vacas y los puercos eran de él. Ahora que él ya no está yo
tomo su lugar en la empresa. En un año me gradúo de ingeniero y comenzaré a
emprender mi negocio en la casa que papá me dejó.
-No te dejó. Estás en ella, pero no te la dejó. Nosotros crecimos en ella y cuando
todos nos fuimos, mi hermano se quedó ahí. Él siempre fue el peorcito de la
familia, se la pasaba en el monte cuidando chivas mientras que los demás
estudiábamos como locos.
-Pero era el que sabía todo sobre la elaboración de los productos lácteos, incluso
de la dulcería. Fue su hermano, tío y lo conoció más que yo; sin embargo no me
gusta hablé mal de él.
-Pues por algo le pasó lo que le pasó.
-Papá no tenía enemigos, tío Roberto. Mamá mucho menos. Y no quiero
ofenderlo, pero hasta donde sé, la empresa se inició cuando papá le dijo a mi
abuelo que por qué no se ponían a vender quesos y leche de las cabras. Incluso la
tiendita de dulces que atiende tía también la inició papá.
-Mi hermano era un sonso que como sabes, ni estudiado estaba.
-Y por eso lo hago yo, y yo voy a continuar en su lugar . Papá murió sin recibir
ganancias de nada.
-Por lo pronto, sobrino, lo único que puedo hacer por ti es darte trabajo, ya luego
Dios dirá que pasará con lo demás.
-¡Cuál Dios dirá, tío! A eso vine, a aclarar las cosas.

-¿Te has vuelto muy altanero, Luisito. Nomás recuerda que no nada más soy tu
tío, también seré tu patrón si me tomas la palabra.
Mi tío Aurelio me dio trabajo en la lechería, pero sabiendo de mi necesidad me
esclavizaba al punto de pedirme que dejara la escuela y me dedicara al trabajo.
Su hijo, mi primo, comenzó a burlarse de mi situación y a molestarme con la
cantaleta de que él sí acabaría la carrera y que pronto llegaría a ser mi jefe.
-Qué ha pasado joven- me dijo Fedro, un bolero que durante los tiempos buenos
me aseaba el calzado cuando pasaba por la avenida rumbo a la escuela- hace
tiempo que no lo veía.
Cuando lo puse al tanto de la situación me dio un abrazo y en toda su humildad se
ofreció a darle bola a mis zapatos para amortiguar mis gastos.
-Cómo va a creer, don Fedro. Los tiempos ya cambiaron, ahora yo mismo me
asearé el calzado.
Y no lo hice entender.
Fui algunas ocasiones y cuando dejó de verme fue a buscarme a mi casa. Me
encontró en un estado tan crítico de depresión que se quedó ahí hasta verme
repuesto. Me parecía increíble que un hombre de apariencia inculta tuviera tanto
talento para sacarme de mi miseria a base de puras palabras.
Reanimado volví a mis actividades y en el proceso la actitud de mi tío se volvió
todavía más implacable.
Casi por un año y tras muchas limpiezas de calzado en la avenida, el optimismo
de don Fedro y sus palabras de fe me hicieron retomar el asunto de la empresa.
Tío volvió a envolverme con promesas y tras una horrible recaída en la depresión
y en mis notas escolares, decidí no volver a la universidad. Mi primo se gradúo y
se convirtió en mi jefe. Cuando don Fedro me iba a buscar no salía y evitaba pasar
por la avenida.
Para celebrar la graduación de mi primo, tío hizo una fiesta en la que terminé ebrio
y dispuesto a reclamar envalentonado mis derechos.
Tío escuchó paciente y no respondió nada. Camino a casa dos tipos me salieron
al encuentro y me dieron una golpiza que me dejó con fracturas y lesiones graves.
Cuando don Fedro se enteró fue al hospital y se quedó a cuidarme hasta verme
salir por mi propio pie.
Fedro me convenció a seguir estudiando los fines de semana y así logré
graduarme. Ni cómo olvidar esa noche que me llevó a su casa. Era un hombre

más que pobre. Era un cuartito de lámina pero perfectamente aseado. Dormía en
el suelo y cocinaba en fogata. Sobre un cajón de rejas colocó un pastelito, sacó un
refresco y sirviéndome en un vaso lo elevó arriba y me invitó a brindar por mi éxito.
En ese momento seguro mis compañeros celebraban en restaurantes de lujo o
con sus familias, y yo ahí, en una carencia que no imaginaba existiera.
-Gracias, Fedro. Gracias por todo lo que me ha dado sin pensarlo.
-Ey, tranquilo. Aquí el único agradecimiento es para el de arriba.
-¿Sabía que tío me despidió?
-¿Y eso?
-Me dejó un mensaje en mi casa.
-Hablando de eso, tengo un cliente al que le he contado tu caso y quiere vayas a
verlo.
Ese cliente me cambió la vida. Gracias a su intervención supe que la empresa
estaba a nombre de papá y que tío había estado peleando por apropiársela. Una
cosa llevó a otra y terminó siendo culpable del asesinato de ellos y de la golpiza
que me habían dado.
Mis tíos terminaron en la cárcel y mi primo como supervisor de la empresa. En
realidad no había tenido nada que ver y era muy buen encargado.
Dejando a Fedro como parte de la empresa en áreas en la que podía
desempeñarse me fui a vivir a la capital.
Dos años después volví tras la alarma surgida en una auditoría. La empresa
estaba bien y lo que yo creía era una alarma resultó ser algo simple. Lo que me
alarmó al llegar a la empresa fue ver a Fedro de rodillas y tallando los pisos a sus
sesenta años.
-¿Qué hace acá, Fedro? Póngase inmediatamente de pie y deje eso, por Dios.
-No pasa nada, señor, yo…
-¿Señor? Usted jamás me ha dicho señor.
-El señor Reséndiz me ha pedido me dirija así con todos.
-Pero lo dejé encargado de embarques, Fedro, es lo que no entiendo.
-Ya voy a cumplir un año y medio en intendencia. En mi lugar se quedó un amigo
del señor Reséndiz.
Abracé a Fedro y no pude evitar llorar.

-Yo puedo, señor, no pasa nada.
-No es el caso, Fedro, no lo es.
Mi encuentro con mi primo fue inicialmente cortés, pero no terminó así.
-Si me quedé a cargo, primo, sé lo que tengo qué hacer con mi personal.
-Pero no con Fedro que es como mi padre.
-Pero no lo es. No tiene estudios, no vale mucho como empleado y opté por
ponerlo donde puede desempeñarse según su posición social.
-Hasta parece que estoy escuchando a mi tío. Tu papá era implacable y…
-¿Sabio?
-No precisamente. Sabio mi buen Fedro, aunque no le guste que se lo diga.
Recursos humanos te espera. No me saldrás barato, pero te quiero fuera. Buena
suerte y éxito en lo que emprendas.
Fedro me aguantó algunos años más. Un hombre sin estudio, pero lleno de todo
aquello que ilumina, contagia e impele al resto a ser mejor.
El día de su sepelio no dije una sola palabra. Ya le había dicho todo en vida. Mi
buen Fedro Bola, lustrador de calzado y de mi alma en tiempos oscuros.

AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor

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