“ASTARTÉ”
Cuando mi hermana Astarté murió nadie vino a consolarme. Su partida no sólo me estaba rajando el alma, también el cuerpo. Había perdido el apetito y me había comenzado a salir por todo mi cuerpo un raro salpullido que mamá no tenía ni ganas ni tiempo para atender. Se me metía en la cabeza que su duelo era o debía ser tal vez el triple que el nuestro. Pero no, yo también sufría, era Astarté, era ella y ella no era una cualquiera, era con quien pasaba mis horas de pláticas y sueños guajiros. Mis lloros a mis diez años eran muy míos, celosos e íntimos. Me metía al maizal y de rodillas al lodo y teniendo las espigas por cielo me amarraba el vientre como en un abrazo y gemía, gemía y le reclamaba a Dios su atrevimiento a dejarme desolado. Por momentos pensaba que no había un dolor más hondo y cavernoso que el mío. Y es que obviamente y como niño que era nunca había medido la consecuencia de una pérdida como aquella. A todos nos estaba llevando el dolor de la fatalidad y cada uno se reservaba su propio derecho de admisión a sus sentimientos. Papá por su lado, tiempo no había tenido de llorarle a su hija primogénita pues tras no poder pagar a un enterrador por sus servicios, él mismo había tenido que cuadrar, medir y empezar a cavar el foso en el que depositaría el cuerpo muerto de su propia hija. Él y no yo, la había visto crecer. La había visto andar en cuadro en gateos, después en dos agarrándose de todo en sus primeros pasos y ahora, estaba ahí dándole de golpes a la tierra. A cada golpe de pico un chisguete de lágrimas… ¿Quién de nosotros, el resto de sus hijos le dio un abrazo de consuelo? Nadie lo hizo, o al menos no advertí que nadie lo hiciera. Nadie consoló a nadie y como digo, cada uno vivió su propio dolor padeciendo las de Caín en su propio destierro del paraíso.
En medio del dolor exhalaba un ¿Por qué Astarté, Señor? ¿Por qué ella? Y luego pensaba en ese par de estúpidas preguntas al Altísimo porque ¿qué hubiera preferido? ¿Qué hubiera sido Callarín, Samanta o Patulio? Obvio no, ninguno, ninguno de mi familia debía haber sido.
El dolor de mamá era sagrado. Estaba ahí, sentada junto al fogón apagado, agachada y derrotada en un infinito sollozo. Quería ir y abrazarla, pero mamá era recia, estricta y de mirada de rifle. Un rechazo de ella me partiría el corazón todavía más… ¿Y si no? ¿Y si un abrazo mío le quitara aunque fuera un poquito del pesar? Mejor no averiguarlo. Y así me iba a meter a la milpa, al sembradío de calabaza en el que las flores amarillas cuál trompetillas me eran por cobijo y sosiego a la falta que me estaba siendo mi hermana.
Caída la tarde y mientras mis hermanos más pequeños, inocentes ellos corrían entre los deudos sin advertir lo que todos perdíamos, apareció papá empolvado y dejando de lado el pico todavía manchado de tierra. Lo recargó junto al trastero y caminó silenciado a la caja. Sin asomarse para mirarla se quitó su viejo sombrero de siempre, lo puso en el suelo y comenzó a pasar sus dedos por la lámina gris del cajón. Mascullaba, rezaba, hablaba solo, no sé. Entonces volvió a tomar su sombrero y sin decir nada se salió. Caminó calle abajo y atragantado de mi propia desazón lo seguí con cautela. Me dolían los pies y las puntas de los dedos de tanto rascarme el salpullido.
Tirado sobre la barra del solitario bar papá se echó a llorar como los verdaderos hombres. Como esos que lloran por lo que aman y lo pierden. Los tres o cuatro borrachos que lo miraban a discreción igual se negaban a consolarlo como entendiendo que un dolor así se sufre solo. Don Charrias me vio sentado en un rincón junto a los cajones de botellas vacías, pero no me echó del lugar en el que los niños no eran permitidos. Entendió que estaba ahí por papá y que era válido dejarme acompañarlo a distancia. Cuando papá creyó era suficiente se levantó y tras tomarme de la mano caminamos a casa. No sé en qué momento supo que yo estaba ahí acuclillado, pero me sorprendió el hecho de que hubiera caminado hacia mí y que así nomás porque sí me llevara con él. No dijo nada en todo el camino y cuando llegamos mamá estaba enloquecida abrazando el féretro. Ahí se me destazó el alma y como todo niño bueno al que le duele ver a su madre llorando, fui con ella y la abracé aunque ignorara mis brazos sujetos a su cadera.
El húmedo cortejo fúnebre estuvo amparado por cientos de miles de millones de lágrimas del cielo. Una ligera llovizna nos roció el dolor duplicando la penuria. Estaba ahí, como un niño solitario, un fantasma que nadie miraba, pero igual yo tampoco miraba a nadie, sólo pensaba en Astarté y en que no la volvería a ver jamás. Mis tías vivían su propio suplicio por la pérdida de su sobrina y ni idea de cómo era ese luto, pero seguro mucho menos que el nuestro, bueno ¿En qué basaba mi juicio? Tal vez en que Astarté era nuestra, de mi casa, de esa tribu que éramos tan felices y que al menos yo nunca me había puesto a pensar que tarde o temprano nos íbamos a morir. El clamor de mamá se dejaba oír de cuando en cuando mientras yo la tomaba del borde de su blusa. Nadie se había ocupado en vestirme para la ocasión, ni yo mismo. Papá igual traía su ropa terrosa y sus botas viejas de trabajo. Mis hermanitos iban ahí, en la carreta de don Vetulio. Patulio y Samanta dormían. Callarín venía andando con los primos.
Me había negado a ver a Astarté prisionera en ese cajón. Desde lejos miraba cómo uno y otro iban y le echaban un atisbo reverente y se alejaban. No, yo prefería recordarla sonriendo, hablando, cantando y diciendo poemas de Pita Amor… pero cuando el cura dejó de hablar y los enterradores estaban por sellar la caja, una flecha proveniente de quién sabe dónde se me clavó en el pecho. Juro que hasta escuché el ruido feroz de un ¡zum! Al impacto en mí. Y ante la vista imperturbable de todos pedí me dejaran verla… y ahí estaba ella toda hermosa. Mis dedos temblaban y un calor hirviente comenzó a llenarme por entero. Una sordera me rodeó y creí estar solo con ella. Un llorido tan de niño desconsolado se me salió sin pena. ¡No, Tarté, Tarté, no te vayas, hermanita!
Y alguien que no supe quién, me desprendió del cajón dejándome sentado en un montón de tierra rociada por la llovizna que hacía rato se había terminado. Luego el cajón fue bajado ante la mirada seca y fría de papá y la cara desencajada de mamá. Todos nos habían abrazado y besuqueado diciéndonos que todo iría bien, que ahora ella estaba descansando con Dios y no sé qué más, pero ¿Y nuestro descanso? ¿Cómo apagar el fuego del dolor?
En casa se plantó la oscuridad y el silencio. Mamá tapó todos los espejos con sábanas, desconectó la radio y la televisión y nos sentenció a que no la molestáramos. Por semanas papá, llevando encima su propio dolor se encargó de nosotros y de sí mismo… nunca le di el pésame por la pérdida de su hija; tampoco ellos como nuestros papás nos lo dieron por haber extraviado a nuestra hermana. Secos, gélidos, desérticos, todos negándonos a ser sensibles porque nadie nos había enseñado a serlo… ¿Quién está preparado para cuando la muerte toca a la puerta? Creo que nadie.
Mamá murió diez años después y sin dejar de vestirse de negro. Por siempre y desde la partida de Astarté se convirtió en un cuervo negro de mirada terrible y corazón de roca. Se la vivía sentada en la mecedora mirando el camino que llevaba al pueblo y que era por el que Astarté llegaba al mediodía luego de terminar de trabajar en la tienda de los Abajeños.
Es curioso que a mi edad siga pensando que mi familia me halla quedado a deber un abrazo de consuelo, ese pésame que nunca me dio porque cada uno vivía atrincherado en su propio luto. La mayor parte de mis tías han muerto, mis hermanos desbalagados y mis padres, ellos ya se me fueron hace mucho. Sólo estoy yo la foto de Astarté conmigo.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor
Mantente informado las 24 horas, los 7 días de la semana. Da click en el enlace y descarga nuestra App!

















