La pluma del viajero

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La uña del dedo grueso de Sebas se ha doblado agarrando filo; los ojos de
Marsella se han estado tornando grises y los dientes de Luciano, mi hijo más chico
se están poniendo medio puntiagudos. Me siento tan colmada porque todavía ayer
las cosas estaban igual. Ya había comenzado a maldecir a Arthur Golf porque
había estado siguiendo todos sus métodos al pie de la letra. Mi esposo me juzgó
por meses de loca diciéndome que dejara de leer aquello que terminaría por
transformarme, que era sólo ficción, que la novela “Perpetuidad” del escritor
peruano era sólo eso, una novela y nada más. Pero Adriano es un idiota, es un
portento de estúpido que no entiende que cuando se ha perdido algo y existe
aunque sea un mínimo de esperanza, entonces se debe apostar para alcanzarla.
Adriano sabe cuánto amo a mis perritos y sí, los amo, no puedo decir que los amé
aunque él diga que están muertos. Obvio, están muertos pero me he afanado en
conservarlos para que en lo posible parezca que no lo estén. Adriano debió
apoyarme, pero prefirió irse. No soportó el que me volviera alcohólica, que
pareciera locomotora de tanto fumar hasta hacerme los dientes amarillos o que
simplemente gritara por las calles maldiciendo a Dios por la tremenda pérdida.
Alí, Sóstenes y Astarté son mi todo. Los adopté siendo unos cachorritos y tres
años con ellos los convirtieron en parte mía. Adriano era un celoso que nunca
entendió que antes de tenerlo a él yo ya tenía a mis perritos. Sus ideas de que él
valía más que ellos nos separaron. Mis tres hijos que no eran suyos lo echan de
menos, pero ya no importa. Me molestaba que por meses les estuviera metiendo
ideas de que prefería más a mis perritos que a ellos y logró meterles tanta maldad
que cuando mis tres hijos decidieron secretamente envenenarlos, enfurecí a tal
grado que lo golpee con una botella y a ellos, malnacidos y traidores, terminé
encerrándolos en el sótano para que pagaran sus culpas. Debían de pagar y eso
me lo metí en la sangre. Adriano se fue maldiciéndome, pero sus palabras no me
hicieron nada porque el dolor que tenía me era insoportable. Los cuatro se habían
guardado el secreto de su maldad, pero cuando lo descubrí todo, no sólo fui a dar
al hospital, también con un sicólogo.
Ver las leves transformaciones en mis hijos es para celebrarse. Es como para salir
a la calle y gritarle a todo el mundo que la nueva doctora Franckstein ha nacido y
que vengo con todo. Adriano se fue hace dos meses. No supo entenderme, de
hecho, si los demás lo supieran tampoco lo harían. Nadie entiende, comprende o
imagina lo que es perder algo tan amado como un ser querido. La depresión post
mortem por la trágica muerte de mis tres hijitos peludos había sido algo que me
había convertido en otra. Por eso congelé a mis mascotas y mis hijos deben
devolverles lo robado. Ser enfermera en la clínica 24 me ha permitido sustraer
secretamente materiales que necesito y eso me ha facilitado todo.

A Sebas sólo le falta el dedo meñique. Todos los demás, incluso los de los pies ya
tienen las uñas de Astarté. Hasta cuatro veces al día lavo los dientes a Luciano
porque a Sóstenes así se lo hacía. Los ojos de Marsella ya agarraron el gris
clarísimo de los ojos de Alí. No me ha sido fácil sacarles de a poco la materia gris
a mis perritos muertos e inyectársela a mis hijos. Si todo sigue así calculo que
para Navidad ya estarán convertidos casi en su totalidad en ellos. Entonces mis
hijos se transmutarán en Sóstenes, Astarté y Alí.
Ayer que acabó la misa me quedé platicando con San Juditas porque aquello que
parecía tan imposible se volvió posible gracias a su intervención. Lloro cada
mañana que entro al sótano porque ya lengüetean la leche, mastican las
croquetas y hablan menos. Suplico a San Juditas que me haga el milagrito de que
ya empiecen a ladrar. Y me le paro enfrente, le pongo monedas a sus pies y le
suplico que aunque sea un guau guau quedito que lancen me pondrá feliz.
Ayer me llamó mamá de Monclova, quiere venir a Sabinas a pasar el Fin de año.
Le dije que había cambiado de domicilio y que no la quería ver. Me colgó. Mamá
no estará de acuerdo cuando vea a sus nietos que ya casi se convierten en
perritos. Mamá es terca y es capaz de venir y ver si en realidad me cambié de
casa.
Ya pasó Día de Reyes y los tres tienen la espalda cubierta de pelo. Estoy feliz. Me
siento preocupada porque los cadáveres de mis perritos están súper secos y ya
casi no les puedo sacar nada con las jeringas. No puedo rendirme porque mis
mascotas ya mero vuelven a ser otra vez quienes eran, aunque algo salió mal
porque no logran ponerse en pie, ya no quieren comer y se miran muy apagados.
Ya le dije a San Juditas en la iglesia de Sabinas que no me falle.
Mamá está atada al refrigerador descompuesto que bajé al sótano porque casi
enloquece cuando vio a mis hijos medio convertidos en perros. Ya le saqué sangre
a ella para dársela a sus nietos y mantenerlos vivos.
La policía tiene tres horas gritándome con bocinas de que salga, que estoy
rodeada. Cometí el error de secuestrar los perros de los vecinos, congelarlos y
seguir con el procedimiento… pero si me toman prisionera qué más da, ya se me
murió el Ali, Astarté y Sostenes me mira triste. Ya los abracé a los tres juntos y me
despedí de ellos. Ellos saben que los amo y que hice todo lo posible por volverlos
conmigo.
La policía está pateando la puerta y mamá se ha despertado. Me mira como Jesús
en la cruz y los golpes siguen.
La puerta ha caído y veo desde abajo las luces de las linternas policiales. Las
trompas de las pistolas me apuntan, pero yo sólo aprieto a mis cachorros. Unos

polizontes se tapan la nariz, otros casi lanzan sus ojos de sus órbitas y los demás
gimen impresionados.
Tengo casi treinta años encerrada en el CEFERESO 16 de Morelos y me llaman
La Perraca. Me gusta el apodo porque mis perracos viven aquí, muy dentro de mí
corazón.
Autor: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
El viajero vintage
@derechosreservadosindautor.