La pluma del viajero

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Rojo amor o amarillo abundancia, me dijo Mario Toluco Pichardo en Merco y Bomer cuando empezó el año. Había tantos calzones de muchos colores y diseños, pero el rojo y el amarillo eran los mejores.

Él tenía abandonada a su esposa, cosa que obviamente no me importaba, pero a mí me trataba como reina.

-Échame tres amarillos- le dije.

-¿No quieres rojo amor?

-No, Toluco. Ese lo tengo seguro, pero no la riqueza.

-Ya vas a empezar.

-Mentira no es. A tu esposa le tienes todo y a mí peor que una pordiosera.

-No hables porque tienes hocico, Mariela. Te saqué del barrio bajo de la B Cuellar para meterte en un departamento de la Gobernadores. No hables por hablar.

-¿Qué quieres que haga, Toluco? ¿Crees que no me dan celos saber que sigues metiéndote con aquella?

-¿Cuántas veces te he dicho que dormimos en camas separadas y que estoy con ella nomás porque los niños están muy chicos?

-Si al menos me dieras uno de tus carros no me vería tan miserable.

-Mira, el mes que entra compraré un Pontiac del año, ¿Te parece si te quedas con este? Se lo iba a dar a mi hija, pero te lo doy a ti.

-¿De verdad, amor?

-De verdad.

-¡Ay, mi chiquito!

Y sí, sí lo tenía chiquito, pero enorme y gruesa su cartera. Yo no conocía el amor, tampoco estaba interesada en él. Me importaba el dinero. Había nacido puta y puta sería hasta que me enterraran.

El Toluco me había sacado de la zona de tolerancia justo cuando los narcos acabaron con todo. Me había llevado de ahí sin poder sacar mis joyas ocultas en un rincón del bar Las Nenas.

Toluco dejó a su esposa e hijos y me llevó a vivir a Tampico. Vivíamos muy cerca del mar y como trabajaba en la venta de cocaína vivíamos muy bien. Su trabajo lo mantenía la mayor parte del tiempo fuera de casa y yo, sedienta de hombre, no soporté mucho tiempo. Obvio, no lo dejé, pero sí me las ingenié para amamantar mis ansias.

Toluco era mi calzón amarillo y nada me faltaba. Candelario Camba era mi calzón rojo porque su pasión por mi era tan desbordante, que no me dejaba piel sin ser ensalivada. Con el Toluco gemía por compromiso, con Cande era de gritar, morder la almohada y pedir a gritos que me partiera en dos, tres o hasta en diez pedazos… y sí, cuando Toluco se enteró que el carnicero del pueblo me dejaba sus kilos de longaniza, fue a él al que partieron en dos, tres o hasta en diez pedazos. Me obligó a ponerlos todos en bolsas negras e irlos a tirar al basurero.

Cuando la perra está pulgosa, ni aunque la desparasiten deja de rascarse. Así fui yo. Se la volví a hacer al Toluco dos días después de mi cumpleaños. El hombre me había regalado un vestido negro que dejaba ver todas mis voluptuosidades. Sabiendo que duraría más de una semana en Ciudad Victoria, me puse el vestido aderezado con una tanga negra, diminutas pulseras y zapatos altos. Manejé hasta la playa Carbonera y ahí, en el bar Trix, encontré a Toribio Almaraz, mejor amigo del Toluco. Apenas me vio y todo él se convirtió en un manojo de deseo. Se me acercó, me tomó del talle, me besó el cuello sacándome un suspiro y cinco minutos adelante, ya estaba en su cama convirtiéndome en una mujer plena.

Al día siguiente me llevó a Miramar. Iba muy callado porque todavía le revoloteaba en la cabeza mis dichos de que era muy guapo, pero pésimo amante. Intentando reivindicarse me había vuelto a tomar en un trio en el que él había terminado ignorado y sentado en un sillón. Y cómo no si el tercero en discordia era un portugués con lengua de pulpo y miembro de langosta. Esa fue la última vez que vi a Tori. Una semana después lo vi en un noticiero colgando de un puente.

El día que atraparon al Jaguar de Matamoros, el Toluco organizó una fiesta en nuestra casa de Sabinas. Había gente de Cadereyta, Laredo, Saltillo y Monterrey. Por primera vez vi a las famosas putas de Lerdo. Pero qué brutas, no sólo eras bonitas y acuerpadas, también elegantes y de mucho porte. Con todo y eso sé que aunque las putas de la B Cuellar, no fuéramos tan finas, seguro hacíamos aullar más a los hombres que esas con todo y sus alhajas de fantasía.

Toribio hizo de nuestra terraza en la Gobernadores un fino burdel en el que no hubo hombre desnudo ni mesa sin líneas blancas. El wiski, el tequila y los Torres 10 se servían sin medida. Toribio despidió a Amelia y a Luli, encargadas de la limpieza desde temprano.

Con siete wiskis encima como que medio me mantenía en pie y así, atolondrada, caminé al baño. Al pasar por uno de los pasillos vi allá a lo lejos y en la cocina, a Toluco con una mujer en la barra. Indignada me acerqué reclamando y gritando. Un solo golpe me mandó a la alfombra. Me oriné. La mujer gemía como toda una actriz y él, amo y señor de todo seguía poseyéndola como jamás lo había visto hacerlo conmigo. Agotado y sumido en el placer corrió a la mujer. Me le acerqué para besarlo y me abofeteó. Me llevó del brazo hasta nuestra habitación, me lanzó a la cama y se fue cerrando la puerta.

A los cinco minutos volvió a entrar acompañado de cinco extraños. Todos se desvistieron y sin más hicieron de mi lo que quisieron. No, aquello no era placer. Mis gritos desesperados y pedida de auxilio a un Toluco que lo miraba todo no llegaron. Comenzaron a marcarme la piel con navajas Gillette y a invadirme sexualmente con objetos que llevaban en un maletín. Tras un tronido de dedos se hicieron a un lado. Sus miembros fueron perdiendo su amenazante posición y comenzaron a vestirse. Uno de ellos le dio a Toluco una madera que al verla supuse lo peor. Y eso peor llegó. No sé si fueron veinte o treinta tablazos, pero mis piernas comenzaron a ser ajenas a mí. Gemía atormentada y así dejé de ser yo.

Cuando abrí los ojos estaba tirada en un lugar que conocía a la perfección, la zona de tolerancia.

Tirada en las tapias viejas me vi así, con un calzón amarillo abundancia de mierda y un rojo que nada tenía de pasión, pero sí de mucha violencia. Arrastrándome y sin sensaciones en las piernas llegué hasta el bar. Me metí como una lagartija entre el tilichero de ropas podridas y cajas de botellas. Luchando angustiosamente contra el dolor, di con esa espacio entre los bloques en el que había puesto mis tesoros. Respiré profundo y me sentí salva. Me acurruqué creyendo que dormir me restaría dolor y que al despertar estaría algo más recuperada. Cuando abrí los ojos el trasero me ardía como si tuviera una antorcha dentro. Olía horrible pues en definitiva mi esfínter me había vuelto a traicionar y tras no apretar ya nomás nada, me ha iba vuelto a cagar. Sin fuerzas y en delirio supe que moría de no ser encontrada por nadie. Tirada en el suelo miraba mis piernas lacias recordando las muchas veces que habían sido lamidas y abiertas por los hombres. Recordé las expresiones desesperadas de unos y enamoradas de otros. Más de cien hombres anotados en mi cuaderno y ninguno de ellos estaba ahí.

La Bruja, un pepenador del barrio me encontró ahí días después. Me alimentó por varios días, pero jamás pidió ayuda por mí. Sabía que mis piernas estaban rotas pues el dolor era insuperable. Con todo y eso La Bruja era hombre y viéndome ahí, medio desnuda, me tomó a placer sin que yo pudiera hacer nada. Lo hizo una y cuántas veces quiso. No tenía freno y mucho menos ganas de parar. Él no sabia de reportar personas heridas, él sólo sabía que el pueblo lo alimentaba y yo lo complacía.

Cuando aquellos niños de la Sarabia me encontraron, en menos de media hora ya estaba en un hospital. Ahora era nadie. Toluco había desaparecido y nuestra casa en la Gobernadores estaba en venta.

Cuando me dieron de alta pedí mi amiga Tívoli de Monclova me llevó con ella. Toluco había desaparecido y nuestra casa en la Gobernadores estaba en venta. Desesperada le pedí me llevará a la zona por las joyas. Al encontrarlas me sentí a salvo. Lloré de la emoción porque con eso podría meterme a un hospital y curarme las piernas. Y sí, lloré, pero no de la emoción, sino del coraje porque apenas llegamos a Monclova, la Tívoli se llevó mis joyas y desapareció para siempre. Ahora, sentada en una silla de ruedas pido piedades en el Pape.

¿Rojo amor? O amarillo abundante. Fui puta en rojo, ¿Y ahora? Ahora de un amarillo abundante, pero de orina. Algo tengo que me orino donde sea. Mi popusa está más guanga que un filete de pescado crudo y mis tetas largas, asquerosas y ajenas a todo deseo.

AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO

EL VIAJERO VINTAGE

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