La pluma del viajero

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Eso de cambiar los puerquitos de lugar no ayuda mucho. Mis hijos siguen oliendo mal con todo y que los ponga sobre esponjas humedecidas con lavanda, gardenia o Lirio del Valle. En realidad ellos culpables no son, sus madres sí. Como sea ellas ya están donde deberían haber estado desde que me encerraron aquí y ahora y para acabarla de amolar, ya no quiero salir.

Yo sólo quería escapar para volver a casa, ver a mamá y seguir con mis planes de boda con Celeste.

-Sabemos que usted es bueno para eso de escribir a máquina- me dijeron una tarde las hermanas Vigil. Tenemos en casa una máquina, pero no sabemos usarla. Queremos escribirle cartas a nuestros padres y enviárselas, pero requerimos de su ayuda.

Caminé con ellas por una larga vereda a las afueras de Agujita rumbo al río. El fresco aroma del afluente a esas horas de la tarde me llegaba suave. Durante la caminata y tras de ellas sólo miraba sus zapatos negros medio cubiertos por sus largas enaguas. Anudada a sus nucas, una perfecta cebolla que me recordaba a La Corregidora. Boni, que era la mayor, era reseca, de pocas palabras y lo bastante huraña. Facia, la más chica por medio segundo, me sonreía de vez en vez.

Doña Tadea había optado ponerle a sus gemelas el nombre de su esposo Bonifacio, para no olvidarlo jamás. Nadie desconocía los brutales remedios de obediencia que la mujer infringía a sus hijas para mantenerlas alejadas del mundo. Mucho menos los tratos del hombre que les tenía prohibido salir al pueblo. Por ello, cuando ambos se fueron de casa dejándolas solas, se volvieron solitarias y ajenas a los ruidos del mundo.

-Esta es la máquina, Tanisio- me dijo Facia-En esa cajita están las cintas cores y allá unos correctores. Aquí te estaremos trayendo comida y dormirás en ese catre.

-¡Pero, cómo!, yo no puedo quedarme aquí, tengo cosas qué hacer.

-No hagas las cosas difíciles- atajó Boni con un machete en mano.

No sé cuánto tiempo pasé en ese lugar en el que Boni por la mañana y Facia por la tarde, se sentaban frente a mí para dictarme sus misivas. Las de una y las de la otra eran muy parecidas. Mientras que Boni recriminaba siempre los maltratos, Facia por su lado sus reclamos por no dejarlas salir de casa. Indignación, amargura y expresiones de reproches inundaban aquellas larguísimas misivas.

-¿Y saben la dirección?

-Siempre la hemos sabido.

A la vuelta de un mes les supliqué me dejaran ir, pero en lugar de eso me golpearon entre las dos. Así, debilitado, me obligaban a escribir aquellos eternos reclamos que terminaban en dos buzones clavados a un lado del árbol de mora junto a los corrales de gallinas.

Un día llegaron con dos enormes dulceros del tamaño de una sandía. Eran dos cerdos pintados a colores cuyo lomo era la tapa.

-Los buzones están casi llenos. Aquí pondremos las nuevas cartas- me dijeron.

Cada noche y entre la penumbra miraba las horribles siluetas de esas vasijas de barro aterrándome. Mis intentos de huida habían terminado cada uno en más y más palizas.

-La máquina se averió. Permítanme ir por una que tengo en casa.

-Jamás- atajó Boni-. Tenemos una Olivetti en su caja.

El día 12 de diciembre se me presentaron desnudas en el cuarto. Dañado física y emocionalmente no me causaron excitación alguna con todo y que eran sumamente hermosas.

-Es día 12, día de la virgen, y queremos dejar de serlo. Copularás con nosotras hasta que quedemos embarazadas.

Mientras me alimentaban con leche, quesos, frutos secos y verduras, Boni me obligaba a escribirle a su padre muy de madrugaba y Facia a su madre al caer la noche. La tarde era para convertirme en una máquina procreadora cargada de hartazgo y terror. Me dolían las piernas de tanto malabar, los dedos por el abrumador manoseo sin deseo y la boca la tenía reseca y agrietada de tanta agua salada.

Me abusaban, vulneraban y explotaban hasta que por fin empezaron a aparecer los tan anhelados vómitos, náuseas y otros malestares.

Meses adelante Facia me llevó amarrado al cuarto de Boni porque su hora había llegado. Sin conocimientos previos traje a la vida al primero de mis hijos. Tres días después le tocó a Facia y así y de pronto, derrotadas y convalecientes quedaron a mi disposición sin que pudieran hacer nada.

La última vez que subí al palomar Boni todavía tenía ojos, Facia ya no. Y es que a veces llegaban las urracas y se peleaban por las semillas secas del mezquite que caían ahí. Pienso que esos pájaros negros vieron a Facia y como era de alma negra como sus plumajes, le dieron duro. Pero está bien, sus ojos me avergonzaba. Cuando Boni me obligaba a fornicar con ella, Facia estaba ahí de mirona y lasciva. Por eso digo que estuvo bien que las urracas se los hubieran quitado. Boni era agresiva y mal hablada, creo que en su momento las urracas le hubieran picoteado la lengua, pero no sé la encontrarían porque me les adelanté. Se la di a los gatos que me traje del pueblo.

Al bebé de Boni le puse Bon, pues fue niño. Al de Facia, Faz. El primero se ahogó con la leche de chiva que le di y el segundo nomás se quedó con los ojos abiertos y sin respiros. Ni la semana cumplieron.

Cuando entré con la leña al granero, Bon y Faz ya estaban como duros y sus ojos sumidos como pez de mercado. De plano se me había olvidado que los había puesto allá cuando reparaba la chimenea. Entonces me acordé de los dulceros. Sus huesitos tronaron un poquito, pero cupieron justo. De primero muy bien. Los coloqué al centro de la mesa y hasta les cantaba mientras hacía mis cosas. Comencé a cambiarlos de lugar cuando empezaron a oler más y más mal. Ya los ponía aquí, luego por allá, pero de nada servía. Pensé en sepultarlos, pero son mis hijos y casi no los he disfrutado. De vez en vez destapo el frutero para verlos y besarles la cabecita. A veces cuando tristeo saco sus cabecitas y les pongo una gorrita que hice con la piel de un gato que maté hace tiempo, bueno. Bueno, y es que en Pascua me los llevo a buscar huevos. Pongo sus cabezas en los brazos de cualquier árbol y le pido me griten desde allá si los miran. Cuando cumplieron un año me eché a llorar cuando se le rompió la quijada a Bon por querer ponerle un chupón. Tuve que rendirme y aceptar que tenía qué despedirme de ellos. Entonces quité los buzones bajo el árbol para echar ahí todo, es decir, los huesos de las mujeres que ya blanqueaban en el techo y los dulceros de puerquito donde estaban mis niños.

Luego de cavar el pico topó con algo. Era un veliz. Al abrirlo di con el gran secreto. Ahí estaban los huesos de los viejos. Entendí entonces por qué estaban los buzones en ese lugar.

De entre todas las cartas que les escribí a Boni y a Facia, hay párrafos que siguen taladrándome la cabeza.

“… era mi día de premio, papá, no de Facia. Con todo y eso le diste a ella tus besos, tu saliva y tus caricias… ¿Cómo he de perdonarte?”

Y este otro:

“Muchas veces te dije, mamá, que Boni no era leal contigo. A papá le vale, él sólo quiere que lo toquen… me golpeaste muchas veces pues tenías celos de mí, te lo juro, papá nos hacía suyas, pero sólo por fuera”

Sigo aquí, en esta casa en ruinas por ti, Celeste. Ya nos comimos todas las gallinas en caldo y a los puercos en vendimias. No, no me digas que te trato mal y que por eso quieres irte. Sabes que de aquí no sales porque igual quiero escribas para mí lo que por mucho tiempo le he querido decir a mis hijos. Además estás embarazada. Es probable que el bebé se nos muera, pero a ti no te dejaría morir porque de verdad necesito de alguien que me quite los deseos heredados por esas malas mujeres. Malamente las dejé amarradas en los hormigueros hasta la muerte. Con ellas tenía nada y a la vez todo.

Autor: Juan de Dios Jasso Arévalo

El viajero vintage

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