La pluma del viajero

0
23

¡Vales menos muerto que vivo, Canek! Y así Matacana huyó después de la
explosión al interior de la mina.
Dios es grande y poderoso. No sé qué tanto tiempo estuve en el hocico del
demonio sumido en la oscuridad y suplicándole a todos los santos que me
pusieran a salvo. Pensaba en Laurentina, mi hija de tan sólo siete años que era mi
todo. Igual cavilaba en mis horas previas a mi muerte en las razones que hubiera
tenido el Mata para aprovechar aquel accidente y dejarme fuera del camino…
¿Qué quién era Apio Matacana? Caray, mi otro yo. Un hombre hasta ese día
honorable y con quien había crecido corriendo en el monte, cazando jabalíes y
conquistando chicas en los pueblos aledaños. Ambos habíamos tenido la fortuna
de convertirnos en más que amigos estando uno para el otro hasta en las
circunstancias más adversas.

Cuando yo hice un poquito de fortuna trabajando en un tajo de carbón lo primero
que hice fue hacerlo parte. Lo inmiscuí en el negocio y le convidé de ese pastel de
prosperidad que tanto me estaba bendiciendo.
En 1999 dimos con una veta que supimos al momento nos beneficiaría al mil. Era
una vieja mina que por extrañas razones habían dejado de explotar y que ahora
era mía, pero ese “nos” se me había vuelto una costumbre cuando en mi cabeza y
corazón no había otra cosa sino solamente compartir con él lo que era mío… pero
de pronto y sólo así lo vi a lo lejos cuando las paredes se desplomaban.
Tarde me di cuenta que su plan estaba hecho y había besado mi mejilla en una
enorme traición cuando me puso en un sitio de peligro. Cubierto el túnel y todavía
escuchándolo del otro lado todavía tuvo a bien despedirse pidiéndome perdón y
gritarme que para él le resultaba más barato muerto y hacerme el perdidizo que
ponerme a salvo. Y se fue mientras que mis reservas de orina, sudor y
excremento se me fueron agotando. Perdido en el inframundo, pero nunca faltó de
fe busqué algún resplandor y sí, después de una noche infinita vi la luz luego de
tentar por horas las paredes abandonadas. Salí en un pueblo en ruinas que ni
sabía de su existencia y en la que sólo habitaba una familia. Cuando me vieron
salir me pusieron a salvo y me dijeron que me encontraba a más de veinte
kilómetros de mi pueblo. En su bondad fueron ellos los que buscaron ayuda
médica y nadie podía creer que hubiera sobrevivido más de dos meses bajo tierra.
Cuando llegué al pueblo y posteriormente a casa, fue Laurentina la que me vio a lo
lejos echándose a correr a mi encuentro. La abracé como si fuera Dios y hasta con
lágrimas le mojé su blusita blanca. Tras de ella apareció Cubina, mi compañera de
vida. Callada no tuvo expresiones hacia mí más que de un espanto que no podía
ocultar. Más allá y saliendo de la casa, Apio Matacana. Tenían su plan, y cómo no
estábamos casado aprovecharon para hacerlo.

Apio se había apropiado de todo, hasta de mi Laurentina. Se la arreglaron para
que hasta los licenciados me restringieran acercarme a la niña.
Derrotado y triste hui a Tapabamba y me refugié en casa de un amigo cuyo padre
era huesero. Con el viejo, y entre pláticas, aprendí el oficio de desenredar
músculos, acomodar huesos y hasta hacer que el cabello creciera poniéndose
mierda de caballo. Intentando escapar a la miseria emocional y a la persecución
de los recuerdos se me fueron más de diez años. En ese trance murió mi mentor y
el lloro tan honesto que dejé en su tumba fue tan honesto, que empecé a ver en
cada cliente su misión.

“Mitiga el dolor del cuerpo, Canek, y que tus manos se encarguen de eso. Pero
igual suelta tu lengua para que por medio de la palabra sanes el alma. Que
cuando salgan de aquí no sólo se sientan libres del dolor del cuerpo, también del
corazón”

En veinte años y yo con cincuenta encima, vestía como un verdadero huasteco.
Amaba mi trabajo y mi presente, bueno, por lo menos hasta que Apio Matacana
fue llevado a te mí con las piernas sueltas, los brazos cuál títere y viendo al cielo
con la mirada perdida. Junto a él, una Laurentina alta, hermosa y suplicante.
-Nos dijeron que usted era bueno para estás cosas y… ¿papá?
-¡Sí soy!
Y nos volvimos a abrazar como aquella vez cuando recién volvía de mi accidente.
Luego de ponernos al tanto de todo y de lo que había pasado con Apio, me pidió
le ayudara a sanar.
-Déjamelo y vuelve en una semana.
-¿Cómo?
-Haz como te digo.

Cuando nos quedamos solos me senté a su lado en el catre. Había tanto por
reprocharle, echarle en cara, escupirle el rostro. Pero era Apio y no ningún otro.
Me dio tanta tristeza de verlo ahí tan torcido como un cabrito atropellado en la
carretera. Ya una mañana le tenía lástima, ya otro lo odiaba. Me ha iba robado
todo sin miramientos y ahora lo tenía ahí y listo para vengarme. Un movimiento
brusco en el cuello y dejaría de ser. Entonces mi hija me aceptaría y aunque mi ex
no volviera, ella, mi hija, estaría de vuelta.
Luego de cavilar mucho opté por la búsqueda de plantas efectivas para aniquilarlo
de una vez. La preparación estuvo en menos de diez minutos y para los veinte ya
tenía el jarrito pegado sus labios.

-Ayúdame, Canek-balbuceó.
Su voz fue un golpe a mis emociones. Volverlo a oír después de tantos años me
estremeció tanto que derramé la bebida en el suelo. Salí de casa aturdido,
confundido y acobardado. Oculto bajo las frondosas ramas de un granado me dejé
envenenar más por los rencores que por las cosas buenas del ayer y cuando
dispuesto estaba.a reintentar mi crimen, creí escuchar la voz de don Plinio, de mi
mentor de oficio. Ahí se desvaneció ese ánimo por cobrar venganza. Fue un
sentimiento de solaz que me hizo meterme a casa, besarle la frente a Apio,
desnudarlo y comenzar a untarlo de sábila de pies a cabeza.

En tantos años de huesero nunca me había afanado de esa manera en destrenzar
músculos, acomodar huesos y ajustar tendones. Justo a las siete de la mañana y
cuando el jarro con café rebuznaba de lo caliente, mire a Apio.
-Levántate y anda, Apio Matacanes, que vales mucho más vivo que muerto.
Vi en su rostro desencajado unos ojos llorosos y unos labios temblorosos.
-Perdóname, Canek
-No hagas esfuerzo, pero en un par de horas puedes irte por tu propio pie.
Y sí, para las diez de la mañana me dio un fuerte abrazo diciéndome que al día
siguiente volvería con mi paga. Y volvió acompañado de mi hija.
-Te quiero de vuelta, Canek. Hay mucho trabajo en la mina. Eso sí, ya no vuelvo a
bajar. Tú y yo la trabajemos desde arriba, ¿Cómo ves?
-Te lo agradezco, Apio, pero este es mi trabajo. Cuida de mi hija y cada que
puedan vénganme a ver. Yo también te quería de vuelta. Que diosito me los
bendiga y nunca olvides, Apio, que la gente siempre valdrá más viva que muerta y
eso es lección de vida.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE

Mantente informado las 24 horas, los 7 días de la semana. Da click en el enlace y descarga nuestra App!