La pluma del viajero

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“PINITA”

No quise anunciar que mamá Capira se me había muerto porque luego iba a venir el padre Homerito y le iba a dar la extremaunción y no, eso no lo podía permitir.
¿Mamá salva? ¿Cómo por qué o qué? ¿Ella saludando a los apóstoles en los collados eternos y yo aquí, toda jodida viviendo de aquello que me había dejado por heredad?
Mamá sabe a mandarina pasadita de madura, bueno, a eso me supo el dedo mediano de su pie izquierdo. Los demás no, esos estaban como que más salados.
Me gustaba ese dedo desde siempre porque en él tenía un pequeñito tatuaje de una flor de lis y solía ponerse una argollita de plata. Mamá sabe a dulce porque la azúcar se la acabó. Pero no fue la azúcar la que se la llevó a la tumba sino yo, como se lo había gritado cuando me dio con el palote de las tortillas. Nueve días con todo y sus noches me duró el chichón en mi frente y sin contar las burlas de mis compañeros de escuela. Cuando me desperté después del golpe, Casandro Nardas, el mata puercos allá en Barroterán ya se había ido y mamá estaba tendida en la cama con las piernas manchadas de nata. A mí me tocaba de a
fuerzas mi porción cada que iba a ayudarle a destazar los marranos.
-Dale a La Capira estos chicharrones y chorizo, Pinita. Dile que su cuenta está saldada. Cuídese, mucho Pina, y no me llegue tarde, ya se me cocía todo de las ganas que tenía de mirarla.
-Se me hizo de tarde, don Casandro. Unos camaleones besucones me entretuvieron. Estaban muy bonitos, pero yo le doy su recado.
-Cuídese, niña, y límpiese esa boca que le quedó nata cuajada por ahí.
-Sí, señor. Nos vemos el jueves.
-No mija, es el miércoles.
-Pero usted me dijo que hasta el jueves mataba marrano.
-No me haga preguntas, preséntese aquí tan linda como es.
Cuando Casandro cumplió años, mamá le invitó albóndigas con achiote y arroz.
También cerveza y hasta pastelitos de manzana. Sentada en la sillita de mimbre y bien abrazada de mi muñeca Falfa, miraba los juegos que mamá Capira y Casandro tenían en la cama. Eran cosas curiosas que parecían gustarles a ambos.
-Tú nomás mira, Pinita. Mira y aprende porque un día Casandro querrá jugar contigo y así sabrás las reglas del juego. No te metas, sólo mira, ¿Está bien?
-Sí, mamá… ¿Puedo tener a Farfa conmigo? Puedo hablar con ella para que no moleste ni haga ruidos.

-De acuerdo, pero nomás a ella porque tus otras muñecas son unas chismosas, y Farfita se ve que guarda secretos.
-¿Entonces quieres que guarde el secreto de que Casandro vendrá a jugar?
-Sí, Pina. Sólo Farfa, tú y yo lo sabemos y será nuestro gran secreto.
-¡¡Me gustan los secretos, mamá!!
Y sentada miraba un día y otro esas acrobacias en las que mamá Capira reía, lloraba, gemía y hasta agradecía a besos lo que el Casandro le hacía. Él no agradecía, solo hacía trampas. A veces le daba de nalgadas, pero ella le aguantaba sus astucias porque al final terminaban dormidos y yo contenta de que ambos hubieran terminado bien el juego.
El día veintinueve de febrero no existe, bueno, era bisiesto, pero ese día Casandro
hizo una jugarreta. Le pegó tan duro a mamá que la dejó tirada en el suelo bañada
en sangre. Volteó a verme y me llamó a la cama. Molesta de que hubiera
entrampado a mamá salí corriendo por entre el maizal de don Campa. Cuando lo
vi encuerado a un lado de la noria y buscándome, me le fui de prisa, lo empujé y lo
vi ir hasta el fondo. Ya no lo vi salir.
-Casandro está en el pozo, mamá, ya no te hará más trampas.
Y arrastrándose desde donde estaba tomó el palote de las tortillas y me volvió a
dar con él.
-¡Eres una idiota, Josefina! ¡Amelío es mi macho, mi hombre!
-Pero si tú me dijiste que sólo era un participante del juego, mamá.
-Tan pendeja, mija. Obvio eso no era un juego. Tienes seis años, eres alta, fuerte.
Tu cuerpo está muy desarrollado, por eso dejaba a Casandro estar contigo. Eres
una niña, pero tú cuerpo te justifica como mujer.
-¿Entonces…?
Y entonces ese día bisiesto dejó de ser y mamá terminó resguardada y sin su
descanso eterno en un ropero. Si Casandro salía del pozo no la encontraría y
siempre estaría a salvo.
Antes de ponerme el dedo tatuado en mi lengua, miré la flor de lis pensando en las
razones que mamá hubiera tenido para tatuárselo. Sin respuestas me lo eché en
la boca y no, no escupí los huesitos, sino que los puse en la cajita de zapatos en
la que mamá ponía sus aretes. Pronto los demás huesitos no cupieron y tuve que
desocupar el baúl de mi abuela muerta y ahí puse hasta su cabecita sin ojos. Sus
ojos sabían a gomitas de las que venían en las bolsitas navideñas que me daban

en catecismo. Sus orejas si estaban como talludas, algo duras. Las tuve que moler
a golpes con el mismo palote con el que ella me pegaba. Sabía que sí se podía
porque si ese palo ablandaba mi cabeza, seguro las orejas también.
Creo que Farfa está molesta conmigo. Ya le pedí perdón y hasta le dije que no me
gustaba verla viéndome comer y ella ahí con sus labios de hilaza. Le había hecho
una boca con la misma navaja con la que le había quitado las pompis a mamá. Me
quedó chueca y con un gesto de estar enojada. Ya lloré mucho y Farfina nomás no
quiere echarse para atrás con sus enojos. Quise contentarla dándole un pedacito
de eso que mamá Capira tenía entre las piernas y que al Casandro tanto le
gustaba. Ni así se contentó. Tal vez porque ya olía feo, pero pensando en eso le
había puesto canela y anís. En mi último intento le había hecho buñuelos
azucarados con la piel de los pechos besuqueados de mamá, pero igualmente
fracasé.
Cuando mamá Capira se me hubo acabado y sus huesitos ya estaban bien
guardados en el baúl, me asomé a la noria y alcancé a ver allá hasta el fondo y
con el sol pegándome justo en la cabeza, las piernas de Casandro. Yo conocía las
mañas de ese pozo porque varias veces Farfa se me había caído y me las había
ingeniado para ir hasta allá por ella. Cuando llegué abajo le vi en el chamorro al
Casandro una flor de lis. Supe entonces que mamá no jugaba con él, también lo
quería al grado de tatuarse lo mismo. Entendí que ella no quería perderlo y que
con tal de conservarlo me había dado a él. Recordé entonces la nata y ese sabor
que mamá me había dicho me sabría raro pero que daño no me haría.
Subí llevando conmigo ese chamorro que compartí con un blanco gusanito que de
pronto salió de entre la piel amoratada.
El día que mamá no volvió a casa, Capira me dijo:
-Desde ahora soy tu mamá. Tu mamá Lily se fue a Los Pinos y no estará más
aquí.
Y de ahí en delante tuve tantos papás como gusanitos el chamorro de Casandro.
Cuando vi que los animalitos me estaban haciendo el gane con el chamorro, los fui
sacando de sus madrigueras con un pica hielo y los apachurré uno a uno con mi
dedo pulgar.
Mamá Capira no tendrá descanso eterno, tampoco Casandro. Sus carnes me
quitaron el hambre y sus muertes el dolor de estar en un juego de cama a mis seis
que me hacía llorar. Un juego en el que me abofeteaban, pellizcaban y me
llamaban zorrita sin que tuviera cola ni orejas picudas.

El dos de abril se abrió la puerta y mamá Lily me abrazó muy fuerte. Le conté lo
sucedido y lloramos juntas.
Desde entonces vivo en el barrio La Pica, en Sabinas, y no hay día que mire los
ojos negros de mamá y me pregunté si sabrán a gomitas como los de mamá
Capira.

AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
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