La pluma del viajero

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ABORTIVO

Tres bofetadas y un escupitajo de parte de papá me hicieron sentir una basura.
Siempre había sido una buena hija y ser víctima del amor a mis quince, me
convirtieron en la mujer más miserable. Ahora ya no sólo le lloraba a un amor que
me había dejado para siempre, también a otro más como había sido el de mi
padre, un hombre recio y honorable que se había visto menoscabado por mis
decisiones de inexperta adolescente.

Corrí por entre los mezquites en una intentona de salvar el fruto de aquello que
había significado mucho para mí. Corría y lloraba, trepaba y sujetaba a dos manos
mis cinco semanas de embarazo como si fuera de siete meses. Era de rescatar el
amor a como fuera porque si Tatemo no me había amado, yo sí, y si se trataba de
rescatar el amor, mi bandera siempre estaría en alto.

Cuando doña Timia se enteró que iba a ser abuela, y que por eso su hijo se había
ido a Texas, me buscó hasta por debajo de los terreros de carbón. Me localizó
aterrorizada y medio enterrada en una mina vieja de Palaú. No morí de hambre
por la pura voluntad de la virgencita, porque había sido ella la que me había
metido en la cabeza que un poquito de nopalitos de a mordidas pequeñas me
ayudaría a sobrevivir. Y así fue, pitallas, mezquites, nopalitos y tunas fueron los
sagrados alimentos que por algunas semanas me dieron vida.

Cuando doña Timia entró a la bocamina seguida de dos niños que le habían dado
el aviso, se echó encima de mí sin importarle mi suciedad. Lloraba abrazándome
como si fuera su hija y a partir de ahí no volvió a soltarme. Estuvo durante todo el
proceso de gestación hasta el día maravilloso en que Jacobo llegó a mis brazos.
Siempre diré que si mi padre me lanzó al infierno, mi suegra me alzó al paraíso.
Mamá, que vivía bajo la sombra de la voluntad de papá, apareció en escena para
decirme que papá quería verme, que estaba enfermo y perdón quería pedirme
antes de morir. Sentí que exageraba, y deseos de ir no tenía. Doña Timia me hizo
ver que si él me buscaba debía ir, que era cosa de Dios atender el llamado de un
padre.

Papá estaba enfermo pero no en peligro de muerte. Jacobín, que tenía diez años,
cayó bajo el embrujo de un abuelo que supo ganárselo desde un primer momento.
A partir de ahí, mi hijo me suplicaba estar allá, y yo, confiada en que papá de
verdad lo amaba lo dejaba ir. De cuando en cuando iba y sí, si no eran canicas,
era trompos, baleros, carritos de madera, pero siempre los encontraba metidos en
algo. Yo no podía ni quería perdonar a papá. Él me miraba de reojo, pero no me
decía nada porque segura estaba que la conciencia lo estaba carcomiendo. Mamá
era una momia, siempre sentada a un lado de la estufa aguardando el momento
para empezar a preparar los alimentos.

-Vamos de paseo, mamá.
-Nombre, qué va. Tengo que estar aquí para tu papá.
-Sólo será un rato, mamá. Vamos al campestre a sentarnos a la plaza.
Se levantó con dificultad y desde allá, desde donde estaba escuchamos la voz
carrasposa.
-¿A dónde, Obdulia?
-A donde nunca ha ido- le contesté.
-Ella no va a ningún lado. Casi es la cena.
-Cenará conmigo. Le traeré algo a usted y al niño.
-Jamás he tenido necesidad de comer fuera de casa ni nada de la calle. Obdulia
está para atenderme.
-Pues no en esta ocasión, señor. Hoy mamá cena conmigo.
-Me quedo, mija. Me quedo aquí.
-Mamá, usted y yo vamos de paseo.
Y ante la mirada penetrante y fría de papá nos fuimos.
Esa tarde junto a mamá fue lo mejor que pasé. Hablamos lo que nunca habíamos
charlado y hasta terminamos llorando en un abrazo pidiéndonos mil perdones por
lo que no habíamos sido cuando debíamos ser.
Cuando volvimos a casa no estaba ni papá ni Jacobo. Lo había dejado molesto y
podía ser capaz de cualquier cosa. Al momento pensé lo peor y se me vino a la
mente aquel momento de violencia en el que ese hombre me pateaba el rostro con
su bota puntiaguda. Volví a verme ahí, vulnerada, como muchas veces mamá
había estado mientras estando yo bajo la cama, la veía en el suelo suplicándole
que parara, que no más.
Sin pensarlo corrí a la policía denunciando lo sucedido haciéndoles saber el grave
peligro en el que estaba mi hijo. Me llamé a mí misma idiota por confiarle a
Jacobín a un hombre que aunque viejo, con el germen del abuso dentro. Las
unidades policiacas se movilizaron por diversos barrios de la villa sin éxito. Luego
de una búsqueda callejera por más de cinco horas, un niño del barrio me dijo que
mi hijo estaba en el hospital. Sentí mi corazón resquebrajado y estuve a punto del
desmayo, pero no era tiempo para eso. Gimiendo llegué y me informaron que
efectivamente, mi hijo estaba ahí, pero no como interno. Papá agonizaba por un
paro cardíaco que le había sobrevenido luego de la corajina que había hecho al

ver a mamá irse. Jacobín lloraba solo en la sala de espera y al llegar ahí, así, a su
edad, se me fue de palabras, no groseras, pero sí recriminatorias de que el abuelo
se había puesto malo por mi culpa. Él se las había ingeniado para llevarlo en la
silla de ruedas y en un camino empedrado hasta la clínica.
Papá no volvió a caminar, pero Jacobo jamás permitió que nadie aparte de él lo
llevara a ningún lado en la silla de ruedas. Por eso, el día que papá murió respeté
la voluntad de Jacobín de dejarlo solo en la habitación donde desde afuera
escuchaba los gritos, gritos y exclamaciones de dolor que me partían el alma. Me
levantaba y agarraba la perilla de la puerta para entrar y consolarlo, pero me
aguantaba. Mamá y mi suegra, que se habían hecho buenas amigas estaban ahí,
silenciadas y soportando como guerreras el dolor de todos y el de ellas mismas.
Papá un día me había pateado y amenazado de que si no abortaba, él mismo me
sacaría al “bastardo” a patadas; pero el bastardo lo había sacado a él en la silla
por muchas veces rumbo al parque, al teatro a ver la lucha libre, al cine y claro, a
sus citas médicas. Jacobín había cargado incluso su caja y hasta había dicho
antes de bajarlo al pozo:
“Te recordaré por siempre pa. Fuiste mi mejor amigo. Contigo conocí las
maravillas de la madera coloreada y ver la vida en colores ha sido mi visión de
siempre. Gracias por dejarme subir a tu barco y viajar juntos. Gracias por
contarme tus historias bajo la mina y tu vida triste de niño. Hasta pronto pa,
Esteban, hasta pronto”
-¿Sabes una cosa, Mija?- me dijo mamá mientras Jacobo lloraba sobre la tumba
de tierra-. Esteban tuvo cinco hermanos, pero sólo él fue “bastardo” nacido de otra
mujer que su padre se consiguió. Saber que estabas embarazada de un hombre
casado, y que tendrías un hijo no reconocido, lo amargó. Muchas veces se
arrepintió de lo que te hizo y dijo, pero ya sabes, era orgulloso.
Jacobo ha enseñado a sus hijos a honrar la memoria de sus abuelos. Cada Día de
muertos decora sus tumbas a colores, como su pá le enseñó a ver la vida. Tatemo
jamás volvió ni para ver a su mamá, pero gracias a Dios aquí estuve yo para ella y
despedirla, como hice con mamá, como se merecían.

AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor

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