La pluma del viajero

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Tía Albina es un hada de las flores. Su olor es algo que llevo en mi mente y en mi
cuerpo como algo sagrado. Ya no está entre nosotros, pero me ha heredado su
esencia. Creo que mi día a día no sería sencillo si su voz no me taladrara a la hora
de tomar decisiones.
Cuando mamá murió atropellada por el tractor de Tulio, mi vida cambió. Yo era
muy niña y su partida me dejó devastada.
Caer en manos de tía Albina fue una bendición. Ella vendía perfumes por folleto y
cuando los catálogos quedaban obsoletos, me los daba para que jugara a ser
vendedora. Así, entre muestras de aromas y recipientes en forma de flor, botas o
perritos me fue suavizando el dolor por la pérdida materna.
A los nueve ya sabía los olores de todos los perfumes, pero tía me especializó en
los de caballero.
-Esta loción es para después de afeitar y está otra para después del baño. Esta
verde es para el cabello y este talco, aunque no es para los pies, muchos hombres
lo usan para eso.
Salí de casa de don Abundio entrada la tarde. Tía me esperaba en la esquina y en
diez minutos ya estábamos con Julio Tarabilla. No me gustaba mucho ir con él
porque no sólo me pedía lo ayudara a afeitarse, también a cortarle las uñas y
ponerle loción hasta en las nalgas.
Julio tendrá unos treinta años, pero su cara es como de dieciocho. Es el favorito
de tía porque es el que más le compra y claro, su premio como mejor comprador
es el hecho de que yo estuviera ahí. Se tenían mucha confianza y cariño, de
hecho tía le lavaba la ropa y de cuando en cuando le cocinaba. A él le gustaba mi
cabello y mis mejillas durazno. También mis pies blancos que el lamía porque
decía se le figuraban barras de mantequilla. No podía decir lo mismo de los de él.
Los suyos son feos, como torcidos. Dice que así nació. De hecho tenía seis dedos,
pero le operaron uno. Él tiene un problema, sus pies le huelen a azufre y ni los
aromas a maderas de los talcos que le llevo le sirven. Mis manos quedan
apestosas cuando le corto las uñas.
-Estate quieto, Julio, lo único que va a hacer es que le corte de más las uñas.
Y es que mientras se las corto tiene esa maña de toquetearme la espalda. Julio
me mira feo y me toca los hombros. Soy buena vendedora y no me gusta que me
haga eso. Tía no sabe lo que pasa y no sé ni cómo decirle que mucho me
incomoda que Julio me baje la manga de sobre el hombro. Lo que menos quiero
es que tía pierda un cliente tan bueno como ese.

Del último catálogo Julio eligió un Roll on que se ha estado vendiendo mucho. Me
pidió que se lo aplicara bajo la excusa de que últimamente los brazos le han
estado doliendo mucho. Me molesta que tía me deje con él. Ya le dije muchas
veces que le sirvo más afuera que en casa de Tarabilla. Ella dice que Julio es
cliente dorado pues no sólo compra un artículo o dos, ha llegado a comprar hasta
doce productos. Tampoco le he dicho a tía, pero ya luego me manda con el cajón
lleno de ropa lavada y planchada que pesa mucho. Me duelen los brazos y de
pilón ese Tarabilla me manda poner todo en su cómoda. Sí me da unos pesos,
pero ya luego anda con su cuero colgando como si me gustara mucho verlo.
El día del eclipse entré en casa de julio y lo encontré- qué raro- encuerado,
dándome la espalda y mirando por la ventana. Sintió mis pasos y me pidió
acercarme. Sus nalgas estaban testas de pelos, igual sus piernas. Sus dedos
torcidos de los pies lo hacía ver como un diablo y su asqueroso aroma a estar
entrando en el hocico del infierno. Cuando me sintió cerca me abrazó sin dejar de
ver afuera.
-Mira cómo el sol se le trepa a la luna, Tachita. Qué bendecidos somos de Dios.
Nos da la dicha de ver estás bellezas. Yo soy tu sol, mija, y tú mi luna.
Esa tarde noche salí de aquella enorme casa de ladrillo fino con la entrepierna
incendiada y un dolor que no me dejaba caminar. Lloraba mordiéndome los labios,
las uñas y mis pensamientos.
Tía me recibió primero el bolso donde venía el dinero y después me metió al baño
pidiéndome que me aseara.
-No llore, Tachita, el trabajo cansa.
Esa noche cientos de demonios se me vinieron encima y cuando creí que
enloquecería, creí ver a mamá en nebulosa y como un consuelo a mi perdición…
y fue ella, sí, fue ella la que me inspiró a salir adelante de mis suplicios. “Sé
fuerte”, me decía como en un susurro, “Sé fuerte que estoy contigo”
Y estuvo conmigo cuando en la siguiente entrega vi el cuerpo de Julio tirado en la
cama. Había jugado conmigo por una hora y hasta jugo me había obligado a
hacerle. Las pastillas que le había puesto en la naranjada habían actuado bien.
Apenas lo vi dormitar me vestí y tomé mi bolsa blanca de casa Arteaga con
productos. Caminé a la salida, tomé la perilla de la puerta y miré temerosa atrás.
Adiós suplicio, adiós a todo. Entonces mamá me detuvo con un “¿Así nomás te
irás?”. Y tenía razón, ¿Irme así nomás como si nada hubiera pasado? Volví tras
mis pasos y me estuve contemplativa frente a mi Goliat. Era tan pequeña como
David frente a la bestia. Él había tenido fe en Jehová y yo odio porque el inútil no
me había protegido.

La crema para afeitar Hermes es un producto de tres campañas atrás. Es suave y
complaciente, su mentol hincha la piel, la tersa. El juego de Hermes está
compuesto por loción, desodorante, crema para afeitar y talco. Es un paquete muy
bueno y muy vendido en Día del Padre.
¿Ya dije que las traseras de Tarabilla están llenas de pelos? Pues si no es así, lo
vuelvo a decir. Es un gorila, pero en flaco. A mis casi diez años y con mucho
esfuerzo acomodé al filisteo boca abajo, le abrí las piernas y enseguida las
greñudas… ¡¡Puaf!! No sé si acababa de ir al baño o no, pero el trasero le olía a
mierda de días.
Antes de hacer lo que mamá me inspiró a hacer le unté crema Hermes primero
porque no soy tan mala como él. Él no me ponía más que escupitajos. El primer
desodorante lo hizo respingar, pero no despertar. El segundo, de nombre Ares,
también roll on, entró sin problemas. Con el tercero, de will Country, sí tuve más
dificultades, pero nada que la presión de una loción de cristal no ayudara. Y sí,
sabiéndolo lleno, como él decía que yo lo estaba cuando se me encaramaba como
el sol sobre la luna, me fui de su casa.
Dos días después la ambulancia pasó bien de prisa por mi colonia. Julio Tarabilla
había estado jugueteando con su colita y se le había pasado la mano, al menos
eso me dijo tía Albina y en las noticias de la XEBX.
-¡Abrase visto, Dios mío, qué hombre tan endemoniado! ¡Qué bueno que nunca
supimos de sus gustos! ¿Pero usar nuestros productos para eso? ¡No volveremos
a visitarlo, mija, nunca más!
Julio no volvió a ser el mismo. El eclipse lo eclipsó volviéndolo callado y
enclenque. Nadie en Sabinas conocía sus horribles nalgas como yo, mucho
menos su asqueroso tentáculo gelatinoso.
Cuando Julio murió de depresión, tía Albina fue a su velorio. La escuché llorar
pidiéndole perdón por haberlo juzgado y por no visitarlo durante su enfermedad.
Yo miraba desde la banca las caras idiotizadas de los santos que nunca habían
ido ni al rescate de Julio ni del mío. ¡Buenos para nada han de ser! Mira que Dios
confíe en ellos y estos todos papanatas nomás en sus pedestales.
Qué recuerdos de tía Albina, la mujer más perfumada del barrio Cantarranas, la
mejor vendedora, la más conocida por todos. Esa a la que le coloqué su Charisma
entre sus manos cuando la pusimos en su caja el día que se me murió.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE

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