WASHINGTON.- En los palcos de la Premier League, el poder se mide en transacciones de vértigo y trofeos que brillan bajo el cielo gris de Manchester. Pero en las cumbres nevadas de Davos, el juego ha cambiado de escala. Khaldoon Al Mubarak, el arquitecto detrás del imperio futbolístico del City Football Group, ha dejado de lado los esquemas tácticos de Pep Guardiola para sentarse en la mesa más caliente de la diplomacia contemporánea al integrar Junta de Paz de Donald Trump.
La imagen del jueves en el Foro Económico Mundial no sólo fue un despliegue de músculo político; fue el clímax de una relación donde el pragmatismo empresarial se une a una idiología. Trump, con ese magnetismo que oscila entre el espectáculo y la autoridad, presentó su organismo de posguerra para Gaza rodeado de lo que él llama “amigos”. Entre ellos, la figura de Al Mubarak resalta como el eje que conecta el capital árabe con la nueva visión de Washington.
El hombre de las mil caras
Al Mubarak no es un novato en el arte de la seducción corporativa. Como director ejecutivo de Mubadala Investment Company y presidente de la Autoridad de Asuntos Ejecutivos de Abu Dhabi, su vida transcurre en esa zona gris donde el Estado y la inversión privada se vuelven una sola sombra. Su llegada a la Junta de Paz de Trump no es un gesto fortuito. Es la validación de que, para el mandatario estadunidense, la paz en Medio Oriente se construye como un megaproyecto de infraestructur con socios que no preguntan por el pasado, sino por el retorno de inversión en estabilidad.
Mientras el Manchester City lidiaba con las resacas de una derrota inesperada ante el Bodø/Glimt, obligando a sus jugadores a reembolsar boletos a la afición, su presidente estaba en otro hemisferio, blindando acuerdos que eluden las formalidades de las Naciones Unidas. Trump ha sido claro al sostener que su Junta no busca reemplazar a la ONU, pero la descripción de sus facultades, restablecer gobiernos “legítimos” y asegurar una paz duradera, suena más a una corporación global con casco azul que a un comité diplomático tradicional.
Si bien Israel y los Emiratos Árabes han dado el paso al frente, la Europa institucional ha guardado las plumas. Gran Bretaña, a través de Yvette Cooper, ha puesto un muro de contención. El motivo es el fantasma que recorre cada pasillo de la política internacional: Vladimir Putin. Londres se niega a firmar un acuerdo donde Rusia pueda tener un asiento, una línea roja que Trump parece dispuesto a difuminar en aras de su “club de poderosos”.
Francia, Noruega y Suecia se han sumado al desplante. Para ellos, la Junta es un rival peligroso para el orden establecido en 1945. Para Al Mubarak y el bloque que representa, es simplemente una nueva oportunidad de gestión.
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