La pluma del viajero

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“SONI LAVANDA”

Molesta levanté la casita de cartón, la lancé al centro del salón y grité:
-¡¡Pateen esta porquería!!
Y volviéndome enseguida hacia él, le dije en voz baja mientras el resto de mis alumnos destruían lo que por horas ese niño imaginó sería algo de mucha ayuda.
-De mí no te burlas, Soni Lavanda. Si llegaste hasta cuarto año no fue por tu inteligencia, sino por la lástima que mis compañeras te tenían de verte paticojo y además pobre. Conmigo lo que cuenta es que demuestren que quieren aprender, ¿Qué pretendías con esa estúpida caja de cartón?
-No me grite ni me estruje, maestra Loli, eso era un refugio y nada más.
-Taradito no estás, Soni, bueno, aunque empiezo a notar que sí. El que estés jodido en casa no significa que igual lo estés de la cabeza. Eres pobre, ¿Pero también menso?
-No me diga así, maestra. Mamá dice que las palabras feas son del Diablo y…
-¿Tienes papá, Soni?
-No, mamá dice que nos dejó cuando supo que nací chueco y…
-¡Ah, pues mira¡ Tu mamita te da consejos negativos del Diablo, cuando ella tal pareciera haberse apareado con él y tenerte.
-¿Qué es eso?
-Mira, Soni. Llévate tus pedazos de cartón y por este día no vuelvas a la escuela.
-Sólo déjeme decirle, maestra Lolita que pensé le gustaría mi idea de hacer refugios de cartón, casitas, muchas casitas para los perritos ahora que se anuncia el invierno.
-Mira arriba del escritorio, niño. ¿Qué ves? Esas sí son buenas ideas de tus compañeros para proteger el medio ambiente.
-Lo sé, maestra, pero dinero no tenemos y algo que necesitamos de inmediato y para ya, son los refugios y…
Y saqué del salón a Soni Lavanda. Lo saqué porque me hastiaba el que platicara tanto de perros y contagiara con sus ideas a sus compañeros sobre rústicos cuidados caninos. En casa yo tenía dos, pero eran finos y no de esos callejeros que la mayoría de mis alumnos tenían. Cada que había oportunidad llamaba a la perrera porque si había algo que me molestaba era precisamente el que los animales vagabundos rondaran mi casa. Más de una vez les pagué a los de la perrera para que envenenaran a ciertos perros que se atrevían a ladrarme.

Para mí mala suerte en una Navidad me tocó en el intercambio que Soni me regalara. Recuerdo que rogaba me tocaran los hermanos Ricardi o los Gatica, mínimo me obsequiarían alguna loción, bisutería o algo especial. Pero cuando abrimos los regalos y encontré en el mío unas correas y un par de mordederas para mis perros, se las aventé en la cabeza a este muchacho y lo castigué sin bolsita de dulces, aperitivos y claro, sin pegarle a la piñata.
-¡Sí que eres estúpido, Soni; el rey de los idiotas!
Y mientras los demás cantaban villancicos en la explanada, me dediqué a ver por la ventana al taradito arrodillado en el patio trasero cargando una roca en cada mano.
Cuando cayó el invierno más de una vez vi a Soni caminar por las calles cargando mantas. Incluso lo llegué a ver instalando casitas de cartón que tengo que aceptar, eran vistosas. Curiosa y asegurándome que nadie me viera, me detuve frente a la pollera del Araujo y caminé hacia uno de esos refugios. Me asomé y me sorprendió ver dibujos pegados a las paredes de la casita. Había un trozo de tela, un cuenco con agua y unos trozos de pan. Era ridículo invertir tiempo en cosas así, pero ese chamaco no sabía nada de realidades. Nunca lograría acabar de protegerlos a todos, además, ¿Cómo para qué? Eran perros callejeros, plagas nefastas que verlas aniquiladas era mucho mejor.
Tras el anuncio de que el frío pegaría duro dos noches antes de Navidad todo los habitantes del pueblo se refugiaron desde temprano. Tras ir por leña, leche y pan, alcancé a ver a Soni colocando los últimos refugios. Por accidente pisé al perro de la tienda que al verse herido en su rabo me tiró tan tremenda mordida que acabé en el hospital con siete inyecciones en la espalda y muerta de frío. Jamás había odiado tanto a los perros callejeros cuando, estando sólo yo y una enfermera de guardia, escuchábamos el tronar de los cohetones y la lejana algarabía de la gente. A media noche la enfermera me dijo que alguien me buscaba. En realidad no tenía quién si mi familia vivía en Texas y era soltera. Entonces vi entrar a Soni con una rebanada de pastel y un platillo con tamales y frijoles charros.
-No puedes meter esto a la clínica, niño.
-La enfermera me dijo que sí.
-Llévatelo. No como ese tipo de comida y menos dulces.
-Lo siento maestra… ¿La puedo acompañar un ratito? Podríamos hablar de lo que usted quiera, incluso de sus perritos, por cierto, ¿Están solitos ahora? ¿Quiere vaya y les eche un vistazo?
-¡¡Enfermera, enfermera!!

-¿Qué ocurre señora Paz?
-Ocurre que usted deja entrar a este muchacho con comida que no corresponde a mi dieta y no sólo eso, no fue para primero preguntarme si quería recibir visitas.
-Disculpe señora.
-Cuál discúlpeme, esto lo sabrá el director Acuña, que por suerte es buen amigo mío.
-No lo haga, señora Paz. Me perjudicará.
-Ah, pero usted no miro cómo unos apestosos tamales podían perjudicarme a mí, ¿verdad?
La Noche Buena tuve que salir a buscar alimento y lo necesario para mantener a mis perritos fuera del ruido de los cohetones. El tráfico estaba horrible y para cuando estaba en caja me entró la duda si había cerrado bien el portón. Al llegar allá estaba abierto como lo había temido. Mis perros no estaban y creí perder el sentido. Obvio, no tenía tiempo para eso y tras revisar la casa y los patios no estaban. Llamé a la policía, pero los muy idiotas me dijeron que estaban ocupados en algo verdaderamente importante. Antisocial como era, los vecinos ignoraron mis gritos de ayuda. Dos días con todo y sus noches en vela fueron un infierno para mí. Caminé por el centro de la ciudad sin éxito y cuando estaba por volver a casa ese tercer día, me alcanzó Soni para darme una bolsita con buñuelos.
-La veo triste, maestra…
-No veo por qué deba de importarte… y no me andes dando estas porquerías. Ya me imagino cómo ha de estar la mesa donde los preparan.
-No diga eso maestra, ¿Sabe usted que yo le aprecio mucho aunque usted no me quiera?
-El clásico mocoso peliculero haciéndose la víctima. Si no tuviera qué buscar a mis mascotas, créeme que abriría esa bolsita y te partiría esas cosas en la cabeza.
Entonces me fui dejándolo de pie con sus buñuelos mantecosos en las manos.
El veintiséis de diciembre alguien me dijo que mis perritos estaban en las calles
Dominguín cruce con Padre Mocorito. Sin dudarlo me eché a correr hasta allá envuelta en mi abrigo y con una bufanda cabiéndome hasta los ojos.
Y ahí estaban mis tesoros metidos en una asquerosa caja de cartón y siendo alimentados por una desconocida.

-¡Hágase a un lado, imbécil! ¿Qué están comiendo? ¡Eso apesta a atún! ¡Ay no! ¿Qué porquerías les han estado dando? ¡Si el veterinario me dice que algo les cayó mal, le juro que la demando! ¡Mire que soy buena para recordar caras!
Asustada y pegada a la pared, la mujer me miraba asustada e intentando ponerse a salvo de mi ira.
Tomé entonces a mis perritos, los envolví en mi abrigo y volví a correr en dirección al médico. Mi desesperación fue tanta que al voltear por calle Pregoneros resbalé por el hielo derretido y al caer de lado, mis perros salieron aullando y asustados en correría. Y desde ahí, tirada en el suelo mojado, vi cuando una camioneta les arrebató la vida en un instante. Llorando me arrastré hasta allá y sin importarme que parara el tráfico, arremangué los restos diseminados. Mi lloro era agónico y apocalíptico. Cuando la policía llegó, alcancé a ver a Soni con una bolsa de cueros de pollo en las manos. Ahí estaba el culpable, ¿O no lo era? No sé, pero ahí estaba supervisando en medio del frío que sus refugios estuvieran funcionando.
Lo odiaba tanto al grado de pedirle a Dios que algún cafre lo arrollara como lo habían hecho con mis perros.
Muchos años adelante comprendí que su labor era noble, que aunque fueran simples casas de cartón con cualquier cosa dentro, habían salvado muchas vidas caninas ese invierno. Es tiempo que sigo sin depurae el dolor. Recuerdo a mis pequeños ahí, destrozados y con sus cabecitas aplastadas.
No hace mucho Soni Lavanda me tomó del brazo y me ayudó a cruzar la avenida.
Es un muchacho alto y hermoso. Yo una anciana de ochenta años. De no haber sido por él hubieran sido horas de espera. En esta ciudad nadie tiene piedades ni compasiones, pero ahí estaba él tomándome del brazo, paciente y mirándome con amor.
-Listo, maestra. Que siga teniendo una linda tarde.
-…
Sin responderle lo vi irse conservando una limpia sonrisa… ¿Qué si olvidé a mis mascotas? No, pero tampoco la entereza de este muchacho que no está por demás decirles que la Navidad pasada tocó a mi puerta. Llevaba una jarra con chocolate y un canasto con algunas piezas de pan.
-Buena tarde, maestra.
-Buena tarde, muchacho… ¿Qué hace en la calle con tanto frío?

-Hace rato pasé por aquí y escuché a don Cuco que usted tenía problemas de gas. Las filas son largas para obtenerlo y tardarán en traérselo. Por eso quise venir y compartir con usted algo de chocolate, ¿Le place?
-Caray, nada mejor que algo caliente con este clima, pero pásale.
Soni siempre fue un niño inquieto en cuanto a ideas. Odiaba su temperamento de querer solucionarlo todo, pero ahora que lo veía ahí, sirviendo el chocolate todavía humeante en la taza, amé de golpe su dulce perfil bondadoso. Y así, viejita como soy me eché a llorar frente a él.
-¡Oh, maestra, maestra! ¿Le pasa algo, algo le duele? ¿Llamo a una ambulancia?
-Tranquilo, mijo. No te inquietes. Anda, pásame el pan de cochinito, es de mis
favoritos.
-Lo sé
-…
-No me mire así, maestra, usted nos lo dijo hace muchos años.
Y me volví a echar a llorar porque mi pasado abusivo me estaba matando.
-Ven acá, mijo, ven acá, déjame abrazarte, cariño. Eres un alma elegida de Dios.
-No diga eso, maestra.
-¿Sabes una cosa, Soni Lavanda? Eres como este chocolate, calientas el alma de golpe con sólo probar tu esencia, tu personalidad. Tu luz propia es enorme.
Gracias, muchacho, gracias por existir.
Apenas llegó el gas y Soni despidió a los trabajadores y él mismo lo colocó en su lugar. Al despedirse me dio un beso en la frente y lo vi irse tan limpio como había llegado. Soni Lavanda, ese alumno que me cacheteó con guante blanco sin quererlo siquiera, enseñándome la verdadera humildad y ejemplo cristiano.

AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
#derechosreservadosindautor

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