La pluma del viajero

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“GALLINETA”

Para matar una gallina tienes que seguir algunos pasos. Saltarte alguno de ellos podría acabar en un desastre y en caso mío, recibir una golpiza que tardaría semanas en olvidar. Hoy por la noche cumple años Champolo y nada de la cena debe fallar. En la preparación del mole siempre me toca la parte más difícil, es decir, la captura y matanza del pollo.
Lo peor es que soy quien corretea la troca que los canjea por botellas de refrescos, los trae a casa desde pequeños, los mira perder el color azul, amarillo o celeste de las plumas y claro, verlos crecer hasta convertirse en prospectos al próximo guiso.
Tengo siete años pero soy buena para atraparlos. Hacerme la tonta para no matarlos porque mucho los quiero no es nada inteligente. La ultima vez que lointenté me gané un día completo colgada de las muñecas en el mezquite del patio.
Cloete es muy chiquito y por ello mamá busca que mis castigos sean muy secretos. Por eso digo que en lo que me toca soy buena. Las gallinas me quieren mucho y no es para menos, yo las crie desde polluelos, pero tontitas no son y como que saben cuando las persigo para hacerlas mole, tamales, caldo o enchiladas. Huyen, corren, trepan a las ramas más altas del mezquite. Ni cómo olvidar cuando en la Navidad de mis cuatro años se me fueron todas y tuve que trepar hasta lo más alto del mezquite que estaba cerca del río. Hasta allá subí
pero ya no pude bajar, ni sola ni con gallina. Tardaron horas en bajarme porque las ramas estaban secas y nadie se atrevía a subir. Los vecinos cooperaron con sus colchones miados y tras un ¡Salta, Dorita, salta! Me dejé caer y del puro rebote fui a dar a los brazos de mamá y de ahí al averno. Como siempre, nadie se dio por enterado de que esa tarde recibí a mi cortita edad muchos azotes y bueno, muchos besos de consuelo por parte de Champolo.
Se desparrama el maíz en un lugar abierto, encima se pone una tina amplia de lámina alzada con un palo atado a una cuerda. Agazapada bajo el granado espío a mis gallinas y cuando están dentro y confiadas, ¡zaz! Se cierra el telón de sus vidas. Sigue meter la mano, soportar picotazos y agarrarlas de donde se dejen.

Enseguida va la de llorar abrazándolas donde mamá no me vea, pedirles perdón y jurarles que no comeré de ellas, y si se me obliga, apenas pueda me pico el gaznate y vomito todo. Debo cuidar el no terminar con los ojos llorosos porque mamá me cachetearía y me diría: ¡Toma para que llores de verdad, pendeja! Pero lo que ella no sabe es que sí lloro de verdad cuando me despido de ellas.
Bueno, enseguida les amarro un trapito en los ojos para que no me vean y estando así las levanto en el aire cuál pesadas son y las giro mucho, mucho, mucho y mientras se dan vueltas vuelvo a llorar:
– ¡Pintita, no, Pintita, no es lo que yo quería! ¡Perdón, perdóname!

Y ¡Pum! Sale su cuerpo, me echo la cabeza en la bolsa del mandil y salgo que corro tras el cuerpo ciego de la gallina.
Champolo es muy conocedor. El otro día me enseñó cómo saber si una gallina está clueca o no. Es medio asqueroso, pero cuando lo aprendí me maravillé -Métele el dedo Dorita, yo la sostengo.
-Pero está asustada, Champolo.
-Tú métele el dedo, no le hace que cacaraquee… ¿Ya lo sientes?
-Sí, lo siento.
-¿Lo ves? cacaraqueó solo un poquito
-Si, pero yo no soy una gallina, Champolo.
-Lo se, Dorita.
-Pues tú me querías hacer lo mismo para ver si traía un huevo dentro. Yo soy una niña, no una gallina.
-¿Quieres entonces que le dé de vueltas a tu cabecita y que tú cuerpo salga corriendo?
-¡Ay, no, no quiero! Le diré a mamá que me estás asustando.
Para cuando la gallina está en mis manos el agua ya está hirviendo. La pongo ahí y en un rato hay que sacarla y quitarle las plumas. Esa es mi tercera llorada. Ya desplumada se abre, se le saca todo y listo. El corazoncito lo sepulto junto a la mora. Ya he perdido la cuenta de cuántos he enterrado ahí. El resto lo hace mamá.
Llegando de la frutería escuché a Champolo decirle a mamá que estaba aburrida de ella.
-Y qué, ¿No te basta estar con Dorita? Ya lo habíamos hablado Champo. Te quedarías conmigo si Dorita se tragaba el cuento del huevo, si se dejaba aunque fuera tocar.
-Pos hazle como quieras, Tirsa, yo ya me aburrí. Tu chamaca nomás está toda asustadiza y no estoy para eso, después de la fiesta me voy.
-No seas así, Cham. Te prometo que la convenceré, dame un par de días y verás que será tan tuya como lo soy yo.
-¿Me lo prometes?

-Me conoces. Si convencí a mi sobrina puedo hacerlo con Dorita.
-Bueno, a ver, muéstreme lo que le va a enseñar como para dejarme convencido de quedarme.
Los gallos no son buenos para comerse. Su carne es bien talluda y no, la verdad no recomiendo cocinar gallos. Para matar una gallina nomás yo soy muy buena, pero para dejar un gallo bien matado no. Esos sí te picotean y si no te cuidas hasta un espolón te clavan. Lo hice un par de veces, pero no me quedaron ganas de volver a hacerlo.
Mamá le dio un largo trago a la cerveza y sacó el pastel. Chambolo se acercó y tras darle la mordida, mamá le empujó la cabeza dejándolo embetunado. Lejos de causarle gracia, le dio tremendo manotazo a la mesa derribando desde el pastel, mole, algunas cervezas y la olla de arroz. Agarró a mamá del cuello y la replegó a la pared. Asustada me arrinconé y cuando la liberó, salió corriendo de la casa.
El rasguño de un espolón es feo, si el gallo tiene suerte puede rebanarte hasta las venas y matarte. Champolo tenía fuerza, pero no inteligencia. Agarrada del buró y mirando una jirafa amarilla de cerámica, esperé a que el novio de mamá terminara de checarme si tenía huevera. Cuando lo vi recostado en la cama caminé a la cocina y volví para rebanarle el cuello con el mismo cuchillo con el que le sacaba las tripas a mis hijitas las gallinas. Qué curioso, creí que iba a tener qué perseguirlo por el patio mientras rociaba todo con su sangre, pero no. Se quedó quietecito ensuciando solo el piso.
Una recomendación cuando maten a un Champolo: Indispensable usar agua caliente. Me arrepentí de no haber puesto agua pa pelarlo porque tenía el cuero
bien talludo. Rendida nomás lo pelé hasta la cintura y ¡ay, no!, que ojotes tan feos
se le miraban en esa cabeza sin piel. Las tripas sí las tiré al río y su corazón lo molí en el molcajete. Mamá alguna vez llegó a decirme que estaba tan enamorada de él, que seguro se comería su dulce corazón con fresas. Entonces del molcajete lo pasé a una charolita y lo guardé.
Cuando mamá llegó la alcancé en el portón y le dije que Champolo era duro de pelar. Se rió de mí y asintió con la cabeza. Su risa me dio seguridad, pero cuando abrió la puerta de la casa y vio el reguero de sangre, tripas y pedazos de cuerpo, su cara cambió.
-Champolo casi te mata, mamá… y a mí me quería sacar huevos… tu lo querías, mamá, para ti. Yo no lo quería para mí.

Ella estaba muda, nomás no decía nada. Le dije que me ayudara a tirar todo pero se quedó sentada en la orilla de la cama viendo la jirafita que era el único regalo que él le había dado desde que lo había conocido.
-¿Champolo sabrá a pollo, mamá?
Mamá no volvió a hablar jamás. A mí me llevaron a Saltillo a una escuela no sé de qué. Me escapé de ahí a los doce años y desde entonces vivo en un rancho de Arteaga. Aquí cuido los animales de mis patrones.
Cuando supe que Sabinas había quedado bajo el agua por una inundación, fui a buscar a mamá. En Cloete no había pasado gran cosa y sí, ahí estaba ella, caminando por el barrio Cocedores buscando comida en los botes de basura y acompañada por dos o tres perros. Me le puse enfrente y me extendió la mano.
-Dame pa un taco, ¿Me das pa un taco?
No tenía ni idea de quién era yo, y yo, al verla así, tampoco logré reconocerla.
A veces me gustaría ver a un médico de esos que curan a los locos, pero no para ella, sino para mí. Lo digo porque en ocasiones siento raro al tocar el cuello de las cabras, de las vacas y de los cerdos. Me dan ganas de clavarles el cuchillo y ver esa sangre regándolo todo. Extraño la adrenalina de corretear las gallinas sin cabeza.
Mamá no era mala, estaba enamorada. Me regaló a Champolo para que no la dejara y atemorizada sufrí el miedo de que me cortara el cuello como me había amenazado y no, no quería saber qué se sentía ir sin cabeza corriendo por ahí, por eso me le adelanté.
El agua de la laguna junto al terrero me pareció un buen hogar para mamá y sus dos perros. Cada que viajo a Nueva Rosita y paso por ahí echo una mirada hacia la laguna de aguas negras y me santiguo. Fue lo mejor que pude haber hecho por ella.
No hay recetas ni procedimiento para descarnar o desaparecer a un Champolo, pero siempre existirá algo grande en nuestro corazón como para sacar un buen espolón y defendernos de ellos.

AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE

@derechosreservadosindautor

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